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Continuación de la novela JflCK, original defl. Daodet Versión española de H. Giner de los Ríos loca de contenta. ¡Figúrense ustedes que acababa de ostentarse en público con su poeta, y ostentarse bonita, como lo estaba aquel día, con la tez avivada por el frío, envuelta en ese lujo del invierno, en que la belleza de la mujer toma el aspecto delicado, brillante, de una joya protegida por el fino algodón en rama del estuche! Una mujer del pueblo, alta, robusta, que acechaba delante de la puerta, se abalanzó sobne ella al pasar; -T ¡Señora, -señora! Ha. y que veni en seguida. -I La señora de Belisarib! -dijo Carlota, palideciendo. -Su hijo de usted está muy enfermo... La llama a usted... Venga usted. ¡Pero esto es una persecución! -dijo D Argentan- Déjenos usted pasar... Si el señor ese está, enfermo, pues le mandaremos nuestro médico. ¡Si lo que sobran son médicos! Está en el hospital. ¿En el hospital? -Sí, allí está por ahora; pero no estará mucho tiempo, se lo prevengo a usted... Si quiere usted verle, hay que darse prisa. ¡Venga usted, venga usted; Carlota; eso es una mentira I Hay un lío en ese cuento... -decía el poeta, tratando de llevársela hacia la escalera. -Señora, su hijo de usted va a morir... ¡Dios de Dios, y que baya mujeres así! Carlota no pudo resistir más. -Lléveme usted- -dijo. Y las dos mujeres echaron a correr por el muelle, dejando a D Argentan estupefacto y furioso, convencido de que era aquello una farsa de su enemigo. En el momento de abandonar el Hospital la repartidora de pan, dos personas penetraban allí, presurosas, inquietas, en el tumulto de la muchedumbre, que principiaba a retirarse: una joven y un anciano. ¿En dónde está? ¿En dónde está? Un rostro divino se inclinó sobre el lecho de Jack: ¡Jack, soy yo... soy Cecilia! Ella es, ella es. He ahí su cara pura, pálida por lar; vigilias y las lágrimas; y esa mano que él tiene cogida en la suya, es esa tnanita bendita que tanto bien le ha hecho en otro tiempo, y que, sin embargo, le ha conducido adonde está; pues tiene a veces el destino crueldad- es de esas, hiriéndonos de lejos por mano de los mejores, de los más queridos. El enfermo abre y cierra los ojos para asegurarse de que no sueña. Cecilia continúa allí. Jack oye su VQZ dé oro. Ella lftnafek, le piáé ei dón, xpllea por- qwé- le- ha- eaos -do tanta pena... j Ah! Si hubiese podido sospechar que sus dos sinos corrían pareja... Y mientras hablaba, Un gran sosiego descendía en el corazón de Jack, ahuyentitisdo la ira, la amargura, el sufrimiento. -I De modo que sigue usted amándome? -i Nunca he cesado de quererle a usted, Jack! ¡Nunca amaré a otro! Cuchicheada en aquella estancia anónima, que tantas muertes lúgubres había visto, aquella palabra amar tomaba, una dulzura extraordinaria, como si alguna paloma perdida se hubiese refugiado entre Jos pliegues de aquellas cortinas de hospital. ¡Qué buena es usted viniendo a verme, Cecilia! Ahora ya no me quejo. No me importa el morir, al lado de usted, ciliaüo. i- ¡Morir! ¿Y quién habla de morir? decía gl señor con voz henchida de emoción. -No tengas miedo, hijo mío, ya te sacaremos de ésta. Ya no tienes la misma cara que cuando vinimos. Desde hacía un momento, en efecto, estaba Jack transfigurado por aquella subida de llama, aquella luz de poniente que las existencias o los astros que desaparecen proyectan en torno suyo en un últijho y espléndido esíuefzó. Coriséryaba contra su mejilla la mano de Cecilia, descansando sobre ella con amor y diciendo cosas en voz muy baja: -Todo cuanto me faltaba en la vida, usted me lo ha dado. ¡Ha sido usted todo para mí: mi amiga, mi hermana, mi mujer, mi madre! Pero a su exaltación sucedió pronto un letargo inerte, y al color de sus mejillas, livideces fatales. Señaláronse entonces todos los estragos del mal en aquellas facciones algo crispadas por la dificultad de la respiración, que salía como un silbido. Cecilia lanzaba a su abuelo miradas de espanto, la sala se llenaba de sombra, y el corazón de los que aquello presenciaban se estrechaba, sintiendo acercarse algo más lúgubre, más misterioso que la noche. De repente, trató Jack de incorporarse, con los ojos abiertos de par en par: -Escuchen... escuchen... alguien sube... Ya viene. Oyóse el viento, de invierno en Jas escaleras, lps últimos murmullos de una- uchedumbre que se dispersa y lejanos ruidos de coches en la calle. Dos mujeres subían precipitadamente la escalera. Las habían dejado entrar, aunque ya había pasado la hora de las visitas. Hay casos en que las consignas deponen su rigor. Al llegar a la puerta dé la sala de San Juan, después de aquellos patios, aquellos pisos recorridos con paso rápido, Carlota se detuvo. ¡Tengo miedo! -dijo. r- ¡Vamos, vamos! Es preciso... -dijo la otra. ¡Señora, las mujeres como usted nb deberían tener hijos! Y la mpujó brutalmente delante de ella. ¡Oh! Aquella gran pieza desnuda, con las lamparillas encendidas, con todos aquellos fantasmas arrodillados, proyectándose la sombra de las cortinas... Ida vio todo aquello con una ojeada, y allá, allá en el fondo, una cama, dos hombres inclinados, y Cecilia Rivals de pie, tan pálida como una muerta, tan pálida como aquel cuya cabeza sostenía ella en sumano, apoyada sobre la almohada. ¡Jack, hijo mío! El señor Rivals se volvió. ¡Silencio! -T- dijo. -Escuchaban. Hubo un murmullo que apenas se distinguía, un ligero silbido quejumbroso, y luego un gran suspiro. Cariota se, acercó, desfallecida y. temerosa. Era su Jack. aquel rostro inerte, aquellas manos, alargadas, aquel cuerpo inmóvil, en el que su mirada desesperada buscaba la ilusión de un aliento de vida. El doctor se inclinó: -Jack, ami ¿o mío, es tu madre... Ha venido. Y ella, la desgraciada, con los brazos tendidos, a punto de echarse sobre éj, exclamó: -Jack soy yo... aquí estoy. Ni siquiera tin movimiento. La madre lanzó un grito de espanto: ¿Muerto? -No... -dijo el viejo Rivals, con voz ronca- no... ¡Líber- tadol. FIN