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Versión española de H. Giner de ios Ríos Y ya habí? dejado el chai, y se había preparado para ponerse a trabajar. Contentísimo Jack al verla tan resuelta, abrazóla ds todo corazón y se fue con más alegría que nunca. ¡Con qué ánimo trabajó aquel día, pensando en las muchas obligaciones que sobre él pesaban! ¡Habíale preocupado tantas veces la situación precaria de su madre, desde sus proyectos de matrimonio! Este pensamiento le estropeaba sus alegrías, sus esperanzas. ¿Hasta dónde ie haría descender aquel hombre? ¿A qué estaba destinada? Avergonzábase a veces al dar por suegra a su querida Cecilia a aquella mujer de vida tan disipada, que otros que su hijo quizá tacharían de despreciable. En adelante, todo cambiaba. Ida, reconquistada, protegida por el amor más atento, más tierno, iba a ser digna de aquélla a quien un día llamaría ella, mi hija Parecíale a Jack que, sólo por aquel acontecimiento disminuía la distancia entre su novia y él; y en su alegría manejaba él el pesado balancín de la fábrica Eyssendeck con tal ánimo, que lo notaron los compañeros. ¡Mira allá arriba al Aristo, qué contento parece estar! Según parece, andan bien tus negocios con tu buena moza, ¡eh! aristócrata. ¡Hombre! Verdad que sí- -decía Jack riéndose. Durante todo el día, no hizo sino reírse. Pero después del trabajo, mientras subía la calle Oberkampf, tuvo miedo. ¿Iba a hallar en su cuarto a aquella que tan precipitadamente entró en él? Sabía con qué prontitud poníale Ida alas a todos sus caprichos; y luego, la pasión degradante que tuvo siempre aquella criatura por su cadena, hacíale temer que hubiese cedido a la tentación de íeanudarla después de haberla roto. Así es que salvó pronto la distancia; pero ya desde- la escalera cesó su temor. Entre los ruidos de aquella casa obrera, oíase una voz fresca, una voz sonora, que Jack conoció muy bien. Al primer paso que dio en su perrera detúvose estupefacto. Limpia 3 e cabo a rabo, libre de la mercancía de Belisario, adornada con u. i hermosa cama y con un lavabo, alquilados por Ida, el cuarto parecía agrandado, transformado. Raniilletitos comprados a las floristas ambulantes, adornaban todos los rincones; y una mesa ya servida, ostentaba sus alegrías de mantelería limpia y de vajilla común, cargada de un hermoso pastel y 1 de dos botellas vino lacrado. La misma Ida apenas si se reconocía, con enagua bordada, chambra clara, una borrilla echada sobre su lindo peinado, y, por encima de todo, la alegría de una fisonomía de mujer bonita, consolada, descansada, charlando como un pajarillo. ¡Vamos! ¿Qué dices de todo esto? -gritó ella, corriendo hacia su encuentro con los brazos abiertos 5 Jack la abrazó. ¡Soberbio! -i Te parece a ti que he tardado en arreglar todo esto? Hay que decir que Bel me ha ayudado mucho... ¡Qué muchacho tan complaciente! ¿Quién? ¿Belisariq? -Pues claro, mi amigo Bel y la señora Weber también. ¡Hola, hola! Veo que ya sois grandes amigos. ¡Pues ya lo creo! ¡Son tan cariñosos, tan atentos! Los he convidado a comer con. nosotros. ¡Demonio! ¿Y la vajilla? -Ya ves, he comprado algo de eso, muy poco. El matrimonio de al lado me ha prestado algunos- cubiertos. También son muy complacientes esos Levindré. Jack, que ignoraba la existencia de vecinos tan amables, abría los ojos, extrañado. -Y no es sólo eso, mi Jack... No has visto este pastel. He ido a comprarlo a la plaza de la Bolsa, en un sitio que yo conozco, donde los dan setenta y cinco céntimos mas baratos que en las demás tiendas. Eso, sí, está lejos; y al volver estaba ya muerta de cansancio, y tanto, que tuvo que tomar un coche. Esa era Carlota. ¡Dos pesetas en coche para economizar tres reales! Por lo demás, bien se veía que conocía ellas las mejores tiendas. Los panecillos eran de la tahona vienesa, y el café y el postre del Palais- Royal. Jack la escuchaba con estupor. Notólo ella, y preguntó candidamente ¿Quizá haya gaseadordemasiado? ¡No, mamá! -Sí, sí; bien lo veo en tu cara. Pero ¡qué quieres! aquí faltaban muchas cosas; y demás, no todos los días vivirnos juntos. Y a verás si vengo dispuesta a ser razonable... Y sacó de la cómoda un largo cuaderno verde, que agitó con ademán triunfall- -Mira ese hermoso libro de apuntaciones que he comprado en casa de la señora Levéque. ¡Levéque, Levindré! Por lo visto, ya conoces a toda la gente del barrio... ¡Ya lo creo! Levéque, el librero de al lado. Una buena anciana, que tiene, además, gabinete de lectura. Es muy cómodo, porque, ya ves, hay que seguir el movimiento literario... Mientras tanto, he subido un cuaderno para apuntar los gastos. Esto, hijo mío, era indispensable. En una casa ordenada no se puede dar un paso sin esto. Esta noche, después de comer, haremos, si gustas, nuestro arqueo. Mira, todo está escrito. -Entonces, si todo está escrito... Interrumpióles la llegada de Belisario, de la señora Weber, y del niño de cabeza gorda. Nada más- cómico que la familiaridad protectora con que hablaba Ida de Barancy a sus nuevos amigos. -Diga usted, amiguito Belr sin que sea esto mandarle Señora Weber, cierre usted la puerta, que ha estornudado el niño. Y grandes aires, una dignidad de reina amable, maneras condescendientes de tratar a aquellas pobres gentes, procurando ponerlas a sus anchas. A sus anchas, pues ya lo estaba la señora Weber. Era una buena mujer, que no se intimidaba, pues tenía conciencia de su oficio modesto, pero muy útil, y del vigor de sus brazos. Y tampoco parecía corto de genio el joven Weber, atracándose de corteza de pastel. El único que estaba poco animado era Belisario, y sus razones tenía. Creerse a quince días de la felicidad, estar a punto de tocar la dicha y ver alejarse todo en el quizá del porvenir, francarñente, eso es terrible. Volvía de cuando en cuando una mirada lamentosa hacia la señora Weber, que parecía soportar con bastante tranquilidad aquella pérdida del compañero, o hacia Jack, contentísimo, ocupándose en servir a su madre con atenciones de enamoiado. ¡Con cuánta razón puede decirse que los acontecimientos de este mundo son como esos columpios que arman los chiquillos en una viga, y que no alzan a uno de los jugadores sin hacerle sentir al otro todas las durezas, todas las asperezas del suelo Jack subía hacia la, luí, mientras bajaba, su- gobro. compañero, con todos sus ensueños, hacia la implacable realidad. Para principiar, él que tan bien sa hallaba en su cuarto, que tan orgulloso estaba ea í, u habitación, iba a vivir, detcie aquel momento, en una especie de hoyo abierto en la pared, y ventilado únicamente por un ventanillo. No había más cuarto desocupado en todo el piso, y por nada del mundo se habría alejado Behsario de la señora Weber la distancia de diez metros. Aquel ser llamábase Belisario; pero también se llamaba Resignación, Bondad, Abnegación, Paciencia. Tenía muchos nombres nobles, que no añadía al suyo, de los que no se vanagloriaba nunca, pero que adivinaban fácilmente los que vivían con él. Una vez se marcharon los convidados, cuando quedaron solos Jack y su madre, extrañóle mucho a ella verle quitar en seguida el mantel, y poner encima de la mesa gruesos libros de estudio. ¿Qué vas a acer? -Pues, ya ves, voy 1 a trabajar. ¿En qué? -Es verdad... No sabes nada aún. Y le dijo entonces el secreto de su corazón, la doble vida que hacía, y la espléndida esperanza que le estimulaba. Hasta entonces, nunca le había dicho Jack nada a su madre. Demasiado conocía él aquella cabeza desternillada, llena de hendeduras, para que se atreviera a confiarle sus preyetos de felicidad. Temía Jack demasiado el que fuera ella a contárselo todo a D Argenton; y el pensar que su ensueño de amor sería profanado en aquella casa, en donde no veía más que odios hacia su persona, causábale espanto, le irritaba. Desconfiaba del poeta, de su camarilla, y parecíale que corría riesgo su felicidad en semejantes manos. Pero ahora que había vuelto a él su midre, ahora que la poseía ya por fin, sola e independiente, podía hablarle de Cecilia, concederse esa alegría suprema. Jack contó, puc su amor con la embriague el ardor de sus hermosos veinte años, la elocuencia ciue hallaba en la sinceridad de su palabia y en esa madurez de impresiones, íiuío cb antiguos sufrimientos. ¡Ay! Su madre no le compiendía. No comprendía ella cuánto había de grande, de serio en el cariño de aquel desheredado. Continuará.