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Continuación de la novela Versión española de H, Qiner de jos Ríos 1 trabajo diario- compran la cena de la familia esperando el quien conocía todas las fábricas del Arrabal; no es fácil entrar momento de prepararla! Y gritos de los mercados, gritos de ahí. Se necesita una buena cartilla. París, alegres unos, subiendo en notas agudas, tan lentos los Y mirp fijamente a Jack, para el cual fue una revelación esa demás, tan monótonos, que parecen arrastrar en pos de ellos palabra de cartilla. Sucedíale con Belisario lo que le había sucetodo el peso de la mercancía anunciada. dido con- el Sr. llivals. También aquél le creía culpable del robo Jack, en medio de aquella animación, seguía acechando, en de los seis mil francos: tan verdad es que esas acusaciones, aun la escasa claridad que quedaba, los letreros amarillos de los cuando son reconocidas injustas, dejan manchas indelebles. Pero cuertos amuablados. Era feliz: estaba lleno de valor, de espe- cuando supo Belisario lo que había ocurrido en Indret; cuando hubo visto la declaración del director, su fisonomía camranza, impaciente por comenzar la doble vida de obrero v de estudiante que iba a emprender. Le empujaban, le atrepellaban, bió de repente, y su adorable mueca sonriente iluminó su faz y él nada notaba. No sentía el frío de aquella tarde de di- terrosa, como en tiempos mejores: -Mire usted, Jack, es muy tarde para buscar un cuarto. Va ciembre, no oía las obreríllas decirse una a otra, al pasar usted a venir a mi casa, pues ahora estoy por cuenta mía y tengo junto a éd: Qué buen mozo! Sólo le parecía que el injnenso arrabal participaba de su alegría, de su confianza, y le ani- una gran habitación, en donde dormirá usted esta noche... Sí, maba con ese continuo buen humor, que es el fondo del ca- hombre, sí... Es más; tengo algo muy bueno que proponerle. Pero hablaremos de eso comiendo... ¡Vamos andando! rácter parisiense. En aquel momento, la retreta, tocando en la calle, trajo en medio de la muchedumbre ttn grupo compacto, Y ya van los tres: Jack, el vendedor ambulante y el niño de apenas distinto, pasos acompasadas, un poco de armonía, una la señora Weber, cuyos zapatos nuevos sonaban en. la acera, suespecie de Ángelus con clarín que seguían los muchachos sil- biendo el Arrabal hacia Menilmontant, en donde vivía Belisario, bando. Y todas las caras se alegraban al oir aquella nota viva en la calle de Panoyoux. en medio del cansancio. Durarite el trayecto contábale a Jack que habiéndose quedado ¡Qué agradable es vivir! ¡Cuánto voy a trabajar! de- viuda su- hermana de Nantes, había vuelto a París con ella; que ya no recorría la provincia, y que no había que quejarse mucho cíase Jack mientras iba andando. del comercio... y de cuando en cuando, en medio de su historia, De repente chocó contra una gran cesta, cuadrada corno un órgano, llena de sombreros de fieltro y de gorras. Al verlo interrumpíase para lanzar su grito de Sombreros! ¿Sombreros! ¡Sombreros! en aquel trayecto, en el que le conocían todas las arrimado contra la paired, recordó Jack la fisonomía de Belisafábricas. Pero tuvo que coger en sus brazos al niño de la señora rio. Ya le parecía el cesto aquel; pero ío- que completó él paWeber, que se quejaba. recido es que el cesto descansaba a la puerta de un tenducho- -jPobrecito! lecía Belisario; no tiene costumbre de anque olía a cuero y a pez y presentaba en su estrecho escaparate varias hileras de fuertes suidas, adornadas de clavos dar. Nunca sale, y para llevármelo conmigo algunas veces acabo de mandarle hacer ese hermoso par de zapatos a la medida. La fuertes y relucientes. madre esta fuera todo el día. Su oficio es llevar pan a las casas. Jack recordó el eterno sufrimiento de su amigo el vende ¡Un oficio muy duro, y una mujer muy buena y muy valiente... dor ambulante, su ensueño no satisfecho de calzado hedió a Sale por la mañana a las cinco, distribuye pan hasta las doce, su medida; y mirando hacia la tienda, vio en efecto, la sivuelve para comer algo, y echa a andar otra vez a su panadería lueta pesada y grotesca del vendedor óe ¿gorras, siempre tan hasta por la noche. Mientras tanto, queda el niño en casa. Una feo, pero más limpio, -mejor vestido. Sintió Jack verdadera vecina te- vigila, y cuando nadie puede ocuparse de él lo poneaalegría al verle, y después de haber llamado dos o tres veces, delante de Ja mesa, atado a su silla, por causa de las cerillas. Ya entró sin que lo nolara Belisario, absorto en la contemplación hemos llegado. de un calzado que le estaba enseñando el tendero. No era para Entraron en ana de esas grandes casas obreras agujereadas de él; era para un niño de unos cuatro a cinco años, pálido, mil ventanas estrechas, surcadas por largos pasillos en los que hinchado, cuya cabeza enorme se movía sobre unos hombros los pobres ponen su cocina y su cuarto ropero, pues nada cabe en delgaduchos. Mientras le probaba el zapatero las botitas, hasus reducidas viviendas. Las puertas dan a esos pasillos y dejan blábale ei vendedor al niño con su cariñosa, sonrisa: ver cuartos Henos de htono y de chiquillos que gritan. En aquel- ¿Se está bien ahí dentro, verdad, querido? ¿Quién va momento comía la gente. Jack, al pasar, veja personas sentadas a tener calorcito en sus piececkos? Mi amiguito Weber. a la mesa, alumbrándoles una mala vela, y oía sobre las mesas el No pareció sorprenderle la aparición de Jatík. ruido de ujia grosera vajilla. -i Hombre, está usted ahí! le j o tan tranquilamente como- ¡Qué aproveche, amigos! -decía el vendedor ambulante. si lo hubiera visto la víspera. -i Buenas noches, Belisario contestaban bocas llenas, voces- ¡Hola Belisario! ¿Qué hace usted ahí? ¿Es de usted alegres, amigables. En ciertos sitios era la tosa más triste. Ni es. te niño? lumbre, ni tez; una mujer, niños acechando al padre, esperando- ¡Oh, n o! Es d nene de la señora Weber, dijo el vende- que trajes aquella noche, lunes, lo que le quedaba de su paga dor ambulante con una sonrisa que significaba daramente: De del sábado 1. El cuafto de Belisario estaba en el sexto piso, en el fondo buena gana quisiera yo que fuese mío del pasillo, y vio Jack todos esos miserables interiores obreros, Y añadió dirigiéndose al tendero: ¿Se los ha hecho usted bien anchos, ¿verdad? Que pueda estrechados como alvéolos de una colmena cuya cúspide hubiese alargar bien los dedos... ¡Qué desgraciado es el que tiene un habitado su amigo. Y, sin embargo, el pobre Belisario parecía estar muy orgulloso de su habitación. calzado que le aprieta! -Va usted a ver, Jack, qué bien instalado estoy, cuánto sitio Y el pobre diablo miraba sus pies con una desesperación que de sobra daba a entender que si podía encargarla calzado tengo... Soto que espere usted... Antes de entrar en nuestra casa, preciso es que lleve al niño a casa de la señora Weber. a la medida al hijo de la señora Weber, no era él suficientemenBuscó delante de la puerta contigua a la suya una llave bajo te rico para permitirse el mismo lujo. Por fin, cuando le hubo preguntado veinte veces al niño el ruedo, abrió como hombre al corriente de las costumbres de a cas fu e e si estaba a gusto, haciéndole dar patadas en el suelo, sacó la casa, se fue derecho a la estufa, en donde cocía desde las doce l h dió l l dé dt l la p d Belisario penosamente de su chaqueta un largo bolsillo de l sopa de por la noche, y encendió luz; luego, después de atar al la silla, mesa, tapalana encarnada, con sortijas de metal, y cogió algunas mone- niño en l niño en lo dto $l a silla delante de la mesa y darle dos tapa ra que distrajera: das de piata, que puso en 3 a mano del zapatero, con ese aire deras de amónos pronto. La señora Weber va a volver reflexivo, importante, que toman las gentes del pueblo cuando ir lo que dirá cuando vea las botas nuevas del y tengo gaifeas se trata de dar dinero. ted que broma... Claro que la pobre no puede chiquillo. Y ya una vez fuera; sospechar T dó de cae ese calzado. ¡Hay tanta gente en casa, y- ¿Por dónde va usted, compañero... -preguntóle a Jack con toco significativo, como si le ¡quedara por deeir; Si usted va por la quíerenutónto. H Vamos a divertirnos. Veíasfe yá, abundo la puerta de su cuarto, una larga pieza abuya, aquí yo me marcharé por allí en dos por una espeie de alcoba con cristales, Jack, que notaba aquella frialdad, sin podérsela explicar, hardillada, dividí iras y de sombreros anunciaba la profesión del Un montón de contestó: ez de las paredes delataba su pobreza. inquflitió, y la -Pues, la verdad, no sé a dónde voy... Estoy como jornalero ¡e preguntó lack- no vive usted con su- -Pero, Beli erí casa de Eyssendeck, v busco un cuarto que no esté demasiado familia? lejos de mi taller. -I En casa de Eyssendeck... -dijo el vendedor ambulante, -91-