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Don- Rtjberto Levülier. En la ruda tormenta que nos sacude a España, cuando todos son gritos, blasfemias y lamentos, y está casi olvidado el eco de la Hazaña que naves de Castilla lanzaron a los vientos, es una voz fraterna la que le- dice a Europa, cuanto la Patria hizo, cuanto la í? atria iué... Paladín: por tus armas levantemos la copa; que seas bien llegado, Roberto Levillier: En las rutas anárquicas del viejo Continente, por la Reforma aradas y la Revolución, nuestra verdad proclamas, tan elocuentemente, que antes que la cabeza, ganas el corazón. Y ya Europa nos vuelve su mirada de asombro; la calumnia deshace su niebla bajo el sol, y de tanta miseria, por entre tanto escombro, torna a surgir, altivo, el nombre de español. i Jo ceses en tu empeño, Embajador; no ceses. Los Andes te respaldan, te guía el. Almanzor, que en la hora suprema de todos los. reveses, de una princesa mu- erta eres Embajador. De- aquella- flor, de Arévalo y gala de Medina, que al creciente. orgulloso, se impuso en Santa Fe. Por su recuerdo canta tu palabra argentina. Que el, Señor te lo premie, Roberto Levillier. E i CONDE DE SANTIBAÑEZ DEL RIO Con tu noble equipaje, bkn repleto de ideas, surcaste el mare nostrum bajo el cielo de azur. Al arribar a España, Embajador, no creas que Orion es menos tuya que lo es la Cruz del Sur. iodo es el mismo manto sobre la Patria única, tachonado de estrellas, todo el mismo dosel; para tierras y mares todo- la misma túnica que tejieran las manos lejanas de Isabel.