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Bronces del siglo XIX La gran figura de Echegaray solicita hoy nuestra atención. Durante treinta años fue dictador irredocable, arbitro de la escena española, p. cse al furor iconoclasta de los que acibararon sus triunfales horas del premio Nobel. Tan combatido como admirado por la crítica de su tiempo, hay, sin embargo, cu sus contradicciones juicios, extremos de- unánime apreciación: el reconocimiento de su facultad creadora, de su naturaleza excepcional, de su ímpetu romántico. Si lo que condiciona esencialmente la facultad creadora es la fantasía, como entiende Wilde, no hay duda que en potencia imaginativa pocos autores han aventajado a Echegaray. Su lirismo arrebatado, declamatorio, era adecuado al gusto de la época, de la que fue Echegaray su más alto valor representativo. Era lina época de anhelos idealistas, de ensueños románticos, de fervientes luchas por la libertad individual y por las libertades públicas, de conflictos entre la ciencia y le- El fenómeno psicológico que se producía en Echegaray era curioso. Mientras borbollaban en la sala del Español los aplausos de la multitud, deslumhrada por el fulgor lírico v dramático de esa- fantasía echerjaresca, hábil taumaturgia de que se valía el autor para dar apariencias de realidad a conflictos y personajes falsos y absurdos- -el efectismo de Echegaray- las Academias técnicas y culturales le disputaban por maestro en las profundidades analíticas de sus ciencias. La antítesis no era sino aparente, porque en Echegaray, sobre la rigidez abstracta del matemático, que desarrollaba la tesis de sus dramas, con la misma fría exactitud calculadora de una demostración algebraica, y no contó vivos expon- entes de vn conflicto humano, sino corrió factores de un problema- -idealismo y no- realidad- alentaba el último romántico de capa y espada con la tragedia del amor y del honor al- modo calderoniano, salpicado de sangre. La contraposición entre el matemático y el poeta era puramente externa, porque en lo hondo Echegaray fue siempre el apóstol de la verdad y de la luz: en la ciencia, conira el error; en la literatura, contra la pasión bastarda e impune. Su acento dramático arrebataba. ¡Los famosos parlamentos de Echegaray! ¡Noches memorables de estreno! Grandes triunfos y grandes fracasos del ídolo. Apasionadas, acaloradas discusiones en los entreactos, vehemencia, réplicas y contrarréplicas de la crítica, lucha, zuda en fin; otra cosa muy distinta a la, de hoy. Aquel público sería más ingenuo -el de los años bobos, que dijo Galdós- pero ponía otro interés, otra atención, -mayor respeto al esfuerzo y a la intención del dramaturgo v a su nombre; no era como el de hoy, desencantado, aburrido, falto de pulso, extraño, indiferente a ca si todo. Tal dominación de Echegaray, que en los momentos de mayor penuria de nuestra escena supo dar una impresión de resurgimiento, no se alcanza, según exacta frase de Meñéndez Pclayo, sin una fuerza genial que triunfa en literatura, como en todas partes, aue se impone al espectador, que le subyuga y le hace entrar de grado o por violencia en el mundo artificial de conflictos y catástrofes imaginado por el dramaturgo Más hiperbólico es el juicio de Mariano de Cavia, cuando escribe sobre las cenizas aún calientes de Echegaray este epitafio: Españoles: aquí yace nuestro siglo XIX. Alargó su vida hasta el año tgió y el horror le obligó a poner fin a tal milagro. Finalmente, Manuel de la Revilla, agudo crítico, injustamente olvidado, resume su admirable estudio sobre Echegaray con es- tas palabras: He aquí el espíritu singular de este genio de la Naturaleza; titán poderoso, que toca con la frente en las nubes y hunde los pies en el abismo; igualmente familiarizado con lo sublime y con lo absurdo, con lo- misterioso y con lo bello. En todo extremado, y expuesto, por tanto, lo mismo a grandes caídas que a grandes victorias. Los intérpretes y el autor Un autor importante puede, sin duda, iníluir sobre sus intérpretes y lograr de ellos una especial modalidad, ajustada a la interpretación de sus obras. Pero también es cierto que prestigiosos actores pueden influir sobre el autor y determinar un género apto a sus condiciones artísticas y también a las físicas en ocasiones. Shakespeare alude a la obesidad de Hamlet, y hoy no podemos figurarnos al príncipe de Dinamarca como un luchador grecorromano. Se ha discutido con vehemencia- -en París, al representar Sarah Bernhardt el Ha- mlet hubo un duelo entre Catullc Mentles y otro crítico por discrepancias en este punto- -la razón que tuviera Shakespeare para imaginar a su principe Hamlet n. etido en carnes y hasta en grasas. De discusión en discusión, algunos eruditos- -no hay otros para arreglar cuestiones- -dieron al fin con la razón verdadera: Burbage, el actor intérprete de Hmidet en su estreno, el coempresario de Shakespeare, era hombre gordo. Shakespeare tal vez no imaginaba asi a su príncipe, pero hubo de atenerse al material de que disponía. ¡Si los autores pudiéramos alegar en descargo de nuestros desaciertos y errores el material de que disponemos! EL GRAN ÉXITO DE Lfl PRESENTACIÓN DE EL RODEO EN VALENCIA El Rodeo es, sin duda alguna, el gran espectáculo de 1932 y el que hace el milagro de llenar las plazas hasta las banderas como dicen los aficionados. Plazas en las que el público está retraído se llenan al anuncio de El Rodeo como- demuestran las fo- i or pi huera ves en la- temporada se llena la placa de Falencia cu el débuf de El Rodeo He aquí este bonito aspecto del paseo, con tendidos, gradas y andanadas abarrotados de público. Clara Violet, la bellísima y temeraria cow- girl jineteando un toro. tografías del pasado domingo en Valencia que publicamos. Corregidas ya las deficiencias naturales en artistas americanos que vienen a Europa por primera vez, la actuación en Valencia fue ün éxito redondo y definitivo, transcurriendo el espectáculo entre glandes ovaciones y siendo. contratado para dos actuaciones más en lá feria de julio. El Rodeo interesa a los elementos taurinos y a los que están al margen ée la fiesta. El Rodeo es una película viva y un espectáculo nuevo, de costosísima organización, y por ello grandes, chicos y medianos agotan los bufetes a su anuncio.