
CUENTOS DE HUMOR
Las mangas de la camisa de un neurasténico.
ENGO observando que las camisas son el símbolo de un ideal: los camisas negras de Italia, ¿OÍ camisas azules de Rusia, ¿OÍ camisas rotas de Sudamérica, los camisas limpias de las estaciones veraniegas, que van suprimiendo las chaquetas... Pero ¿hasta ahora, esa gama de camisas respondía siempre al pecho que guardaban, no al suyo propio. Eran camisas disciplinadas de hombres disciplinados Pero ahora resulta que estas mías... y esas que tiende en su terraza mi vecina, y aquellas de los tendederos del Manzanares... todas ellas responden sus instintos propios, ¡y si vierais que me dan mucho miedo... No, ya no son los camisas, sino las camisas, y eso es peor, porque t eiien su brujería. Pero voy a relatar los hechos, y ahora, que el Gobierno, el director de Seguridad y Jos guardias ele asalto tomen sus precauciones, si les parece oportuno. Lina vez me esperaban a cenar, v vnte el espejo de nú cuarto fui a ponerme con urgencia la camisa de etiqueta Filia tenia, naturalmente, k pechera abierta y dura. Y al asomar yo un ojo por la rendija, sorprendí en la imagen del reflejo qiK. 1. las mangas a medio meter se daban a! aire burlonas, indisciplinada A smonKÍ adas, podríamos decir... Yo. cerno tengo este temperamento tan nervioso, me asusté; hasta cerré los r ojos detitro de ese capuchón blanco que e a 3 a camisa sin acabar de poner. Mi corazón tw 1 golpeaba violentamente... Por fin fui asomando de nuevo, sacando mi mirada por la abertura con la timidez
V
del cuerno de un caracol, y ya las mangas estaban como mustias, imitan- 1o esos ñecos de guiñol i- tie se mueren colgados por fuera del escenario. Hipócrita! Hipócrita: Su muerte era comedia, seguramente: su muerte falsa era porque habían sorprendido mi mirada. No, no rae digáis que siempre, al deslizar rápidamente nuestras manos por el tubo ele tela de las mangas, las l.io camangns se agitan en latigazos al aire. Fso ya lo sé: pero no es nunca tanto, amigas míos; no es nunca tanto como aquel día. Desde entonces, al vestirme asomo sólo un ojo por la pechera, como si vo fuera un miedoso en una esquina. Y hasta recuerdo haberme sorprendido tosiendo alguna vez antes de- asomar, para que las mangas, audaces depusieran su rebeldía al sentirme aparecer. Diréis que esa tos es miedo; que algunos fosen al entrar en su casa para que huyan los ladrones, si es ana los hay... Ks pos y p ble, es posible... Pero íam- bién es verdad sibl que. a nssar de todo, siempre las noio algún movimiento de. impulso propio, incortienido. que nad tiene que ver con. el rjuft yo les doy. Y nua vez- -ésto no ine diréis que es
cosa de los nervios, porque hubiera inquietado a cualquiera- una vez que al entrar en mi cuarto sorprendí inedia manga fuera de! cajón? En seguida llamé: -i juana... J Ha dejado usted esto así? -No. señorito. Habrá sido el sesión! o cuando se volvió desde la puerta a sacar un pañuelo. Se conoce que con Ir. precipitación... ¿Yo? Yo que voy a ser. -exclamé con el entrecejo lleno de arrugas revueltas por la preocupación. Se marchó la criada, y yo me quedé mirando f. jatneníe aquel brazo traidorzuelo, que seguramente no ¡abría tenido tiempo de esconderse al sentirme llegar, que é; mismo se había pillado como en un cepo. ¿Que yo soy muy nervioso? No lo píen- so ocultar. Pero sé hasta dónde 3 eg; ii) una cosa y la otra. Por ejemplo, nadie tiene que decirme, poique io sé de sobra, que íué obra de los nervios aquella mala noche que pasé a continuación, creyendo sentir que el cajón se abria y que una manga se. escapaba