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SAGASTA: H I S T O R I A DE UN BUSTO ir i, prefinítarle cuál había sido el suceso que más satisfacción le había producido durante su dilatada vida política, me dijo: No sabe usted lo que me agrada tratar ese tenia. Nadie me lo preguntó, ni yo recuerdo haberlo referido fuera del círculo íntimo de mi familia y amigos, y nunca con detalles y pormenores que ahora explicaré. Existió un hombre en la política española, cuyo apellido conocen ustedes sobradamente, a quien profesé cariño entrañable, y al qui mientras vivió tuv por maestro. Era éstej Pedro Calvo Asensio, fundador y director de La Iberia. No he tratado ni conocido durante mi actuación pública un ser más equilibrado y completo. Talento superior, cultura extensísima, palabra elocuente y energía incomparable. Había nacido para acaudillar muchedumbres, rendirlas a su albedrío y dirigirlas a su antojo. Üe recia voluntad castellana, hacía compatible su acción robusta y viril, por nadie superada, c on una simpatía tan dulce y atrayente, que en fíales conquistaba sin MEDINACRU EN resistencia. Fue la s u JUVENTUD más legitima y segura esperanza del partido progresista, y de no haber muerto tan prematuramente hubiera encarnado y simbolizado la revolución de septiembre. Prim y Rivero, con ser tan grandes, habrían sido sus seguidores. Fuimos elegidos diputados por vez primera para las mismas Cortes, él por Valladolid y yo por Zamora, y desde entonces nuestra vida corrió la misma suerte hasta su fallecimiento. Le. quise como jamás he querido a ningún amigo. Su esclarecido entendimiento y su gran popularidad le otorgaron desde el. primer día puestos distinguidos, siendo designado secretario, de la Cámara constituyente. Mi convivencia con Calvo Asensio no fue sólo parlamentaria y política, sino también periodística. Yo me honraba con ser redactor de La Iberia bajo su dirección, y le mismo en los escaños del Congreso que en la Redacción del periódico nuestras campañas siempre estuvieron, informadas por el mismo ideal y por idénticos sentimientos. Terminaron su vida, ametralladas por O Donnell, a q u e 3 a s Cortes inolvidables. 1 Nunca se apartará de mi memoria la aciaga noche del 14 de Julio de 1856. El pérfido general desplazó, valiéndose de malas artes, a Espartero y a Escosura, genuinos representantes del partido progresista, en una crisis de encrucijada, tan frecuentes en la historia de nuestro país. Ál conocer el pueblo de Madrid la solución del problelos momentos más diLA DUQUESA DE A ma político se lanzó a la calles indignado, la milicia nacional requirió las armas, nosotros los diputados, que seguíamos fieles, a la libertad, nos reunimos en el salón de sesiones, convocados por el general Infante, que presidía la Cámara, y cuando nos disponíamos a ejercer la soberanía de que éramos depositarios, restaurando al héroe de Luchana en el Poder, la artillería. mandada por el duque de la Torre, a la sazón capitán general de Madrid, disparó sus cañones contra el edificio del Congreso, que no abandonamos hasta que se nos hizo imposible permanecer en él, porque las granadas caían en el hemiciclo, y recuerdo que alguna de ellas estalló casi a nuestros pies en un grupo que formábamos Rivero, García Ruiz y yo. No temíamos el riesgo de perder la vida, sino la ineficacia del sacrificio. Desde aquel día quedó España gobernada arbitrariamente y su suerte confiada a intrigantes y cortesanos. Los progresistas seguimos nuestra campaña de oposición enérgica y tenaz, lo mismo en el Parlamento que en la Prensa, hasta que en agosto de 1863, convocadas elecciones por el Ministerio Miraflores, tuvimos que acordar el retraimiento electoral ante las coacciones y atropellos, que hacían imposible la lucha. No hay que decir que desde las tristes jomadas de julio Calvo Asensio y yo ac- acuerdo en el combate, cada vez más apasionado y violento, contra los Gobiernos que se sucedieron. Fue 3 a verdadera edad de oro de La Iberia. V Después de acordar- fl nuestra retirada de los comicios comenzamos a planear nuestros trabajos de conspiración, que fueron bruscamente interrumpidos en septiembre del mismo año 63 por la inesperada enfermedad que en pocos días acabó con la vida de mi entrañable amigo. España y la libertad tuvieron la desgracia inmensa de perder urt grande hombre, sintiendo yo desgarrarse mi alnia ante aquel infortunio, -que me condenaba al más solitario y triste aislamiento. El partido progresista, que comprendió perfectamente el descalabro que para él significaba el verse privado para siempre de tan relevante figura, en la que ya todos presentíamos un caudillo glorioso, no pudo consolarse, de tan enorme desgracia. Nunca presencié sentimiento más sincero ni más espontáneo, ni contemplé manifestación de pena más unánimemente sentida, ni Ma, drid vio jamás entierro más popular y concurrido. T r e i n t a y nueve años van pasados y todavía recuerdo aquel espectáculo con vivísima emoción. A los nueve días del fallecimiento tuvieron lugar los funerales en la iglesia de Nuestro jefe, el insigne. Olózaga, los presidió, habiendo hecho previamente saber que terminada la ceremonia religiosa acudiéramos todos a la Redacción de La Iberia. Concurrimos todos cuantos pudimos acomodarnos en el amplio salón de actos del periódico. No se borrará nunca de mi memoria aquel acto solemnísimo. Una vez reunidos, Olózaga, en medio de un silencio absoluto y de un ambiente doloroso, pronunció en elogio de Calvo Aseasio uno de los mejores, más sentidos y elocuentes discursos de su vida, terminándolo con estas o parecidas palabras: La vida nos ofrece pesadumbres que, por mucho que nos amarguen y nos duelan, hay que afrontarlas con serenidad y con resignación. Con la muerte de Calvo Asensio queda vacante la dirección de La Iberia, que es el órgano que expresa diariamente nuestras ideas y sentimientos, además de ser nuestra más poderosa arma de combate. Nadie puede substituirle, porque hay seres privilegiados corrió él que no tienen reemplazo posible; pero la realidad nos obliga a no deternqs, a. no suspender nuestra marcha, a seguir luchando por nuestros ideales, y en la triste situación de proveer a la tuamos siempre de San José.