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PELOTA VASCA El viejo jugador representativo. Es un curioso fenómeno el que ofrece hoy el juego de pelota, al que fuera del país, por el número y extensión de sus manifestaciones, reguladas, periódicas y organizadas en espectáculo, se le asignará seguramente una boga y auge que no ha tenido desde hace treinta años. En el mismo rincón nativo o adoptivo del juego, vistas las cosas exteriormente, pudiera pensarse lo mismo: Muchos frontones, algunos suntuosos; muchos partidos, con habitual comentario, que antes se le negaba en la Prensa; organización federativa, a tono con otras manifestaciones deportiyas; casi multitudes, atacadas de impaciencias, y fervores de neófito, moviéndose en torno del sensacionalismo de algunos partidos... Todo este cuadro, auscultado un poco de prisa, asegura un recrudecimiento de aficiones; y, sin embargo, la realidad es otra. El pueblo pasa por el moiiiento de máximo despego al juego, que fue el suyo fundamental y de adopción universal. Sin ser muchos los años que puedo traer a cuenta, recuerdo los de mi niñez, y durante ellos, y los que le siguieron de mi adolescencia y juventud, apenas podría recordar más de media docena de chicos que no cultivaran con más o menos fortuna el juego de pelota, sin exceptuar cojos, mancos, distinguir clases ni separaciones sociales, que el frontón sabía nivelar, para no establecer más categorías que las que derivaban, de la perfección lograda en el juego mismo, acatada y respetada en el frontón y- fuera de él. Los pelotaris viejos, antes de que sus luchas tuvieran el carácter de ordinario espectáculo que vinieron a tener en los juegos de empresa, eran héroes populares cantados en romances, figuras representativas, atendidas y queridas en. todo el pueblo. Loba, el famoso cura marquinés, tenía esculpida en el muro de piedra del frontón una cruz tallada, que perpetuaba la marca, como se decía entonces (el record, que diríamos hoy) de la extensión de un pelotazo suyo. Bisimodu e Itzela representaban a la villa de Durango, como los Pellos, Benito Sugarri y luego Pola, mantenían los prestigios de Marquina, enfrente de los jugadores guipuzcoanos, que igualmente ostentaban la representación de azcoitianos y elgoíbarreses. Más que partidos entre artistas vinieron a serlo entre pueblos los que se jugaba entonces. Y no sin que hubiera más de un serio motivo para entenderlo asi. Desde el rector (párroco en Guipúzcoa) que aconsejaba al pelotari moderación y austeridad de vida, hasta el hidalgo, que proveía con largueza a los extraordinarios de alimentación, pasando por el estudiante, que le entrenaba, y el módico, que lo cuidaba, todo el pueblo infundía a su artista entusiasmo, valor y fuerza positiva, esperando que reflejara en él la gloria que su adalid alcanzara en las plazas pueblerinas de tradición gloriosa. Así paseaba Pranizisko Kabicr, el zapatero de Lequeitio (padre de Zapqtcrito) su garbosa planta en Arránegui, en medio de los cánticos que sus paisanas pescadoras le dedicaban con asidua y apasionada inventiva poética, ¡Así entraba en triunfo Benito Sugarri en Marquina, precedido del pueblo entero, que entonaba en su honor curioso romance, que vive ya enp historias. En el phaetón de un grande de España entraba el viejo Aldachárren en Azcoitia. Tan popular como éstos y tan artista, pero mucho más modesto que ellos y más representativo y entrañable, fue Txambolín (tamborilero) de Elgoibar. Casi impersonal representación. total de un pueblo, pueblo mismo, elevado a la categoría de arte, fue este José Luis Ansola, muerto todavía hace cuatro años. Hablar dé arte pelotístico popular y no nombrarle y recordarle con cariño sería renegar de aquello que tenemos por más representativo de nuestro juego en su aspecto artístico, social y deportivo. Con ocasión de su muerte escribí este comentario, que viene ahora oportunamente, para destacar el ambiente de la pelota, juego artístico y arte popular. Txambolín fue de la época de los precursores de la pelota espectáculo. Héroe popular, representó decorosamente a su pueblo en aquellos partidos concertados para- festividades solemnes, por mediación del rector de la parroquia, escribano del pueblo, médico o mayorazgo, que tenían a orgullo calzar, el guante corto, hacer el dúo a jugadores famosos, entrenándoles en vísperas de partidos, y atenderles con largueza en ocasiones. José Luis Ansola (Txambolín) levantó de las canchas onzas y medias onzas del rubio y precioso metal, que cantó sobre las piedras gozoso tintineo de ofrenda a su arte. Se vio opuesto a las más representativas figuras del pelotarismo tradicional. Alcanzó con el recuerdo a Loba, el cura marquines, caballeroso y grave en la cancha; a Bisiinodu, el elegantísimo durangués, y pudo, como ellos, sentirse paladín del pue. blo, -que alentaba expectante detrás de él. Jugó con Aldachárren, al. que supo ganar, y con Ckirloya, y con el fuerte Pola, y. con Polónio, el arlóte guerquinés, y con muchos menos destacados perdidos en la memoria. Adivinó primero y vio después la honda transformación que aguardaba al juego de pelota, que sé orientaba ahora, francamente, hacia la chistera, que, nacida al pie. de La Rhüñe, adquiría por momentos una boga insultante, amenazando con relegar a segundo término al juego de mano, duro en su simplicidad, al de guante, señoril y de técnica difícil, y al de pala, en el que se especializaba Arrísala y ensayaba Chiquito de Eibar, niño todavía. Un par de años bastaron para que la nueva era se iniciare con un capítulo, nuevo también en la historia de la pelota. En Azpeitia, en Rentería, en Irún, en San Sebastián, Vergara, Tolosa y Eibar, mozos espigados ensayaban con tenacidad sus chisteras con boleas, sotarnanos y botiboleqs, endureciendo aquellas articulaciones de hom- J. M. Brito. Alcalá 84. Teléfono 56321 Loa perfumes de gran luje, vendiflos sueltos, A. Pgñalvert 3, bros que harían restallar la pelota en frontones levantados en todas las latitudes del planeta. Txambolín se asustó de aquel vértigo, pero sin marearse por él. No le cabía en la cabeza que un muchachito aldeano de los que bajaban a la villa, con cantimplora de leche y una cesta bajo el brazo, se dispusiera al año a embarcar en Burdeos con rumbo a Buenos Aires, a Rosario, Montevideo, Río Janeiro. ¡Tumulto, ruido que hasta entonces no se conocía en nuestros púebl- osH El juego de pelota andaba sobre nuevos carriles. Txambolín tuvo ocasión de comprobar por sí mismo la preparación de la gente nueva para el juego que iba a ser en adelante un, modo de vivir. Chiquito de Eibar, un niño todavía, se atrevía a jugarle un partido a miaño, y precisamente en la especialidad que era la suya: ¡la de pelota de media libra! ¿Cómo era posible empalmar una pelota con mano delicada, con escasa fuerza en la articulación de la muñeca, sin la obligada preparación que requería aquella especialidad... Llegó el partido y le adelantaba Txambolín los tantos al joven en la primera mi tad, pero los iba perdiendo luego, sin poderse explicar aquel milagro, que se operaba en el frontón que le era familiar. Eran dos concepciones distintas del juego y de la utilización de los recursos físicos del jugador. Eran dos generaciones, con sello y personalidad distintos, y que tuvieron aquel único contacto. En lo sucesivo, cada una de las tendencias se iría separando, y, lo que fue más triste, anulando la espectacular a la tradicional, con todos los gravísimos quebrantos consiguientes. Ansola declinaba en años y en popularidad. Nuevos nombres llenaban ahora periódicos y carteles, con porfiados anuncios de mentidas competencias. Los pelotaris eran un ridículo remedo de los elegantes a la moda: aquellos pelajes aldeanos, hirsutos y rebeldes, eran planchados y domados a bandolina y más de un zafio baserritar (aldeano) iniciaba pasos de can- can, de remate de juerga. Los hermanos Bran, tan modosos joviales y finos, se hacían acompañar del popular Leocadio, gran dulzainero. Ellos mismos sab n tocar- ocarinas y acordeones, y sobre la imperial de las diligencias, de Aristizábal de Vergara, de Lapico y Moreno de Durango, de Ituarte de Marquina, de Ugaldé de Zumárragaj de Musatadi de Guer- nica, los viajes de los pelotaris, desde Zumárraga a las- villas, y entre éstas, eran jolgorio y estruendo, de una inacabable romería, de botilleros (ayudantes) peloteros, catedráticos (jugadores de dinero) y algún cronista, que ensayaba ún género nuevo en periodismo. Con Txambolín, en cambio, parecía retirarse discretamente una generación de honradísimos artistas, que lo eran, sin desdeñar aquellos oficios primitivos, ni alejarse del rincón, donde teñían todos sus afecciones y al que en solemnidades ofrendaban su arte ingenuo, fresco, sin desplantes ni alborotos. Nuestro Txambolín volvió a ser tamborilero; cartero más tarde. Y su tnn- tun y su trajín diario, aporreando aldabas con el correo, volvieron a marcar un ritmo inalterable, el de siempre, en su pueblo, siendo algo consubstancial á él. Su repique característico anunciaba en las casas sucesos de toda clase, confiados al papel, y las muchachas de servicio oyeron galanterías del viejo régimen al alegre cartero, que tenía siempre a punto una inocente picardía o algún sifri, casi involuntario homenaje, cuando la ocasión lo reclamaba. Como este tipo eran nuestros viejos pelotaris, y como ellos el pueblo entero que los modelaba. de iÍ nm tur 77; ir