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Tejados, azoteas, cimborrios, veletas... O B S E R VA C I O N E S Y C O N SI D E R A C 1 O N E S DE UN S U I C I D A F R A C A S A D O XA CALLE DE SEGOVIA VISTA DESDE EL VIADUCTO. (FOTO ALFONSO) la calle de Bailen para humillar a la de Segovia, acoge al dimisionario de la existencia entre sus barandillas altas como pasamanos de, gigantes, y a una de ellas se encarama el desesperado; asciende en flexión de brazos por los barrotes; saca la cabeza por el borde; luego, el busto; luego, se inclina... Pronuncia unas palabras... ¿Para despedirse de la vida? No. ¡Para saludar a la calle de Segovia! ¡A la. gloriosa calle de Segovia! A la matrona de las vías madri leñas, que, con todo el prestigio de su pasado y la formidable Carga de su historia, se pone de pie majestuosamente y rechaza con digno ademán esta nueva profanación que un insensato quiere hacer en su suelo, que empedraron consejas de antaño y leyendas de misterio. Y es entonces y sobre el vacio cuando surge el diálogo del suicida y su conciencia. ¿Adonde vas? -A dar una vuelta, -Darás varías. -No importa. Quiero estrellarme. ¿Aquí? ¡Nunca! Deja que para tal insensatez utilicen este lugar los analfabetos que turban inconscientes el sagrado de esta barriada. En ella nació Madrid; aún quedan vestigios de las murallas que cercaron el recinto de aquel castillo famoso Extiende la vista por esa aglomeración de tejados y aprende a conocer por las tejas la psicología de los pueblos. ¿Ves aquéllas que cubren el edificio cercano al viejo caserón? El viaducto. ¿Qué otro sitio podía elegir Debajo de ellas nació Mariano José de Lael poseedor de la carta- que antecede? El rra, i Ves por este c- tro lado, allá lejos, el viaducto; esa estratagema de que se valió remate dé la cúpula de Santa María? A su Señor juez de guardia: Lo he pensado mucho antes de tomar. esta trágica resolución. Sé que es una inconveniencia levantarle a usted para que luego me levante us ted a mí; pero así es la vida, o, mejor dicho, así es la muerte, porque yo, señor juez, decido entrar en el reino de las sombras, ya que mi estancia en el del alumbrado por gas no tiene justificación posible desde la malhadada hora en que se les ocurrió a ustedes las autoridades suprimir el piropo callejero. Yo era un castigador en cuyos labios florecía el madrigal al paso de la hembra retadora, aunque debo confesar que no siempre fueron madrigales los que de mis- labios salieron, ya qué lo que originó mi última detención fue una gansada que motivó el que me reconociera el forense del distrito, curioso de comprobar si yo poseía, en electo, las facultades de deglución de que había hecho gala confidencialmente al oído de la damisela asustadiza que llamó al guardia. Pero ya que la única finalidad de mi vida se ha truncado, decido precipitarme desde la altura contra ese suelo sobre el que tantas veces se extendió mi capa en demanda de las huellas de unos píes femeninos, y conste que elijo este procedimiento, por ser él que. utilizó mi antecesor D. Juan Tenorio, como lo demuestra bien claramente la frase de A esto D. jiiah se arrojó Y usted perdone, señor juez. Suyo afectísimo y aterrizante servidor. izquierda, en la calle de la Villa, enseñó humanidades D. Juan López de Hoyos a Miguel de Cervantes, y, finalmente, ¿ves esos tajos profundos que seccionan en todas direcciones ese inmenso y accidentado campo de tejas donde florecen chimenas, tenderetes y gatos? Son- los callejones tortuosos, las calles estrechucas y los históricos rincones del Madrid de la leyenda, en el que aún puedes ver, así, a vista de pájaro, airones de chambergos que el viento tremola, recogidas alas de sombreros de corchetes, pardas capuchas dé frailes mendicantes, rizadas golas, techos de literas, bonetillos de rufianes y cortabolsas... Todo lo romántico y lo pintoresco de este castizo distrito de la Latina, al cual ahora pretendes ofender con la estupidez de un suicidio. ¡Vete! Y así fue como el aspirante a suicida, respetuoso con los lugares donde se forjó la Historia, pero consecuente con la idea de su propia eliminación, abandonó aquella frontera de los distritos de Palacio y de la Latina para hacer que se cumpliera en sitio menos tocado por las tradiciones la ley de gravedad de los cuerpos. Avenida de Pi y Margáll. Terraza de la Compañía Telefónica. Desde los remates que coronan la edificación hasta el flamante adoquinado hay 98. metros. El busto del que se hartó de vivir se inclina en el espacio hasta formar un siete con la línea de fachada. La horizontal del siete reflexiona. ¡Noventa y ocho metros sobre la vía ultramoderna! Aquí no hay profanación posible, i Noventa y ocho metros! Es decir, que, calculando los jetenta y cinco kilogra-