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t r W? T C TORRECILLA DE CAMEROS (LOGROÑO) EN EL FONDO DÉ UN PRECIPICIO ESTADO EN QUE QUEDO UN AUTOCAMIÓN, CARGADO DE MADERA, QUE SE DESPEÑO DESDE UNA ALTURA DE 15 METROS LOS OCUPANTES DEL VEHÍCULO RESULTARON ILESOS. (FOTO BETONES) tro cinematográfico, hombres y mujeres, desfilan en su tamaño natural, y los edificios que les rodean, destacándose con sus propio colores, producen la impresión de que, asomándonos a un invisible ventanal, esta. mos contemplando a España. Arma Christian Auchincloss tiene ya una colección de más de dos mil fotografías en colores, y constantemente las exhibe a cuantos quieren verlas. Y como ella pertenece al grupo de los multimillonarios que la gente bautizó Los Cuatrocientos su público suele ser el más selecto que pudiera desearse. Durante la guerra, esas exhibiciones las hizo en los mas aristocráticos Qubs de los Estados Unidos, cobrándolas y destinando íntegros sus productos a la Cruz Roja. Ahora, ayudada por Nena Belmonte. quiere dar una serie de conferencias en favor del fondo de cien mil dólares que el Instituto de las Eápañas necesita para la ampliación de sus actividades. Y otro simpático proyecto acaricia místress Auchincloss: el de conseguir que los jardines particulares de España se abran, por lo menos, para los miembros de los Gardens Clubs de América, gente muy adinerada toda ella, que se dedican a visitar todos los más bellos jardines del mundo, especialmente los particulares, lamentándose de que España sea el único país que no da facilidades para que sus jardines los admire el extranjero. En esos jardines de las grandes casas españolas hay, indudablemente, una caudalosa fuente de turismo, que tfien pudiera explotarse en beiieSeio de España. Millares de gentes ricas. cpe ya admiraron los principales jardines privados de Europa, irían a España con el exclusivo propósito dé deleitarse ante los nuestros... Así nos lo decía esta encantadora mi sJress Aniia Qiristían. Auchincloss en víspe- lentas fachadas de piedra les daban aspecto de palacios. En una de las. aceras, al resguardo de diminuta ventana rasante, sentado sobre escasa silla de tijera vieron a un pobre ciego, el cual rascaba con las uñas, de vez en cuando, las tirantes cuerdas de vetusto vioMIGUEL DE ZAKRAGA íín, trasto sucio que yacía de largo a largo Nueva York, agosto, 1929. sobre las flacas piernas. del mendigo. Esta era la canción: ¡Ran, raír! ¡Trin, trin! nada más; las piedras se encargaban de repetirla, utilizando ecos y resaltos. El infeliz po tocaba; R. O- C H AZ OS A L desconocía el no sabía música, sólo su alma manejo del arco; y sus desdichas hacían gemir las cuerdas T EMPL E del desvencijado instrumento, para indicar que Cómo se disipa Ja niebla de a los transeúntesaflictivapedía limosna, sin tender la mano, posición, que no toleraba la. Policía. -El acorde extravagante Londres hacía el efecto de quejumbrosa demanda, o, Estuve en Londres cuando el inolvidable mejor dicho, de triste oración, que solicita Gáyarre, el de la voz angélica, cantaba, en dádivas; éstas rara vez sobrevenían desCovent- Garden, y Sarasate, el brujo del vio- pués, de la cadencia inarmónica 1; pero el deslín, daba conciertos en el Palacio de Cris- dichado ciego, como no veía, su desgracia, tal. Quiero significar con estos recuerdos ni a. la errante, indiferente providencia, que que el arte español había hecho su entrada se alejaba sin socorrerle; repetía el aviso triunfal en la corte de la Gréat British. para. no perder, del todo la esperanza. Estaba Hasta los negros adoquines de. las calles seguro de no disponer de otro troquel que gritaban desde el barro: ¡Viva España! del pizzicato romántico y desacorde, así Me sentí orgulloso de haber nacido en tie- es que, cuando a su estribillo petitorio no rra de garbanzos y manzanas. seguía, el tintineo de- la moneda piadosa, Cierto en que, por excepción, la niebla no rascaba de nuevo las cuerdas de! violín. era exageradamente fría ni demasiado den- Gayarre, al contarme la aventura, añadió, sa; Gayarre y Sarasate, hartos de tener por con emocionante sencillez: Vimos al mencárcel él hotel y por diversión el teatro, digo tan desamparado, aguantando, el frío salieron de paseo con ánimo de esparcir la de Londres, en una calle de casas húmemente, desentumecer los músculos y admi- das, cuyos balcones permanecían herméticarar los escaparates de las tiendas, que. cons- mente cerrados, como si dijesen: Ño estituyen en Londres una verdadera delicia peres nada; la limosna que solicita. podría para el forastero. Al doblar la primera es- costamos cruel enfermedad, o ía muerte; quina se entraron por una calleja estrechí- tus arpeados sin ritmo, confusos, estridensima, formada por lujosas viviendas, casas; tes y raros se pierden en el aire; los vide vecinos eñ su mayor parte, cuyas opu- drios de nuestras ventarías nos impiden oír ras de embarcarse con rumbo a esa tierra española, rebosante de tesoros artísticos, donde mujeres extranjera como ella y como la doctora M abel Smith Douglass rezan anualmente la oración de su culto fervoroso a España.