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MADR 1 DD 1 A 23 DE SEPTBRE. DE 1925 NUMERO SUELTO 10 CENTS. innni iuiuu DIARIO ILUSTRADO, A Ñ O V I G E SIMOPRIMERO. N: 7.093 ie ¡llulul F U N D A D O E L i. D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A MARRUECOS. EN LA ZONA FRANCESA LLEGADA DE H E R I D O S DURANTE UN COiMBATE, A LA AMBULANCIA INSTALADA EN AIN DEFALI (F O T O R O L) DESDE POLONIA. H l l A DE ESPAÑOLA En una alameda del melancólico parque de Drozdowo, hoy en abandono, y aquel ti: a en vísperas de la invasión bolchevique, vínose a mí el admirable monseñor Lutoslawski y me dijo: Te traigo una nueva pena que consolar. A ti que te interesan todas las criaturas, ésta te será más cercana; es hija de española... En la casita donde se instalaron provisionalmente a la vuelta de Rusia servidores de la familia y jornaleros encontré a la señora Sowievska. Entré en la habitación enorme en la que comían aquéllos. La mujer, que, con delantal cubriendo el cuerpo y con un pañolín a la cabeza, sacaba las cazuelas de la esitrechita y larga mesa, desapareció al oírme llamar a la Sowievska. Aguardé un instante, y ésta entró- -era la misma del delantal- -con raidísimo traje de luto. A riii abrazo y nrí beso correspondió balbuciente: -Sabia que vendría usted a verme... pero aquí... está todo tan sucio. Los ojos, la fina cabeza morena, surcada de mechones blancos; la línea de los hombros y la suave muñeca no desmentían su origen materno. -Acabo de llegar aquí y estoy contenta... Tengo un rincón de refugio seguro y el pan... Y sueldo... ¿Su trabajo? -interrogué. -Cocino para los jornaleros, cuido los cerdos. A las cinco voy al establo paia hacer ordeñar las vacas... ¿No encontró usted ocupación menos dura? -lEn estos tiempos de guerra y aglomeración de fugitivos en las ciudades, huyendo de los boloheviques, no se encuentran medios de vida. A mí me conviene el campo y el ocuparme en quehaceres de menaje... Se me ha quedado la cabeza débil, muy débil, y ni en fábricas ni en oficinas podría trabajar. Intelectiialmente no sirvo para nada... Ni memoria ni atención- tengo firmes todavía. Con mi madre, que era española, y en Burdeos se casó con mi padre, polaco, hablaba el español. Ella venía a nuestra casa de Polonia, y allí la tengo enterrada. El español y el francés se me han olvidado desde, desde mi desgracia. En aquella nocihe. Se expresaba en polaco premiosamente, y algo en la voz, en la mirada, en el movimiento de los ojos, profundamente ne- gros, indicaba dolencia imprecisa. No toqué sus heridas aquella tarde de nuestro conocimiento. ¡Se puede hacer tan poco por las almas que sufren de lo irremediable! Cuatro días pasados, en la calma del domingo, vino a verme y a hablar... Había sido felicísima con su marido y dos niñas, en Kiéw, y en las cercanías de esa capital, donde poseían magníficos bienes y era su marido copropietario y director de una gran Azucarera. Los primeros bolcheviques saquearon la fábrica; los siguientes la deimolieron, y como el director, prisionero de sus propios obreros, convertidos en malhechores, intentaba escaparse, salvando un resto de su patrimonio para la mujer y las hijas, la Cherczzvychaika, la terrible Checa de Dzierzinski, arrestó un día a la familia en su casa. Llegada la noche, anuncia una patrulla de la Checa que serán llevados al muro los condenados en cuanto amanezca. Promediada la noche, asaltan y rompen la ventana del cuarto donde se recluían los prisioneros dos enmascarado! Uno se abalanza a registrar los muebles, y el otro apunta coii su carabina al señor. La esposa y la niña mayor, de quince años, í