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ción reverente; el sordo hervor de! a portentosa máquina de transporte, hija de nuestro siglo- -no menos portentosa por familiar ¡ue ¡nos sea- resuena allí como una profanación yolvemos la espalda a (a edad presente y nos internamos en un dédalo de callejuelas trazadas en senecta edad. Todas las muchachas pregonan la fiesta con su policromo atavío: manteos redondos y cortos de vivos, colores, sayuela de tisú encima, altas gorgueras blancas bordadas de negro, medias encarnadas, bordadas también con seda verde y amarilla; zapatos picados de alto tacón, sartas de corales y dijes de oro al cuello, pendientes inmensos de filigrana de oro adornando sus orejas, pañuelo blanco con vistosas guirnaldas en relieve de seda sobre la cabeza; nada más atractivo, más extraño, más pintoresco que aquella indumentaria original. Rodeadas de tantos y tan brillantes colores, parecen las alegres muchachas flores campestres llenas de frescor y lozanía. -Estamos de boda- -responden a nuestra curiosidad. Una boda en Lagartera rompe la monotonía de la vida cotidiana, conmueve a todo el lugar, despuebla el fondo de las arcas, hace vibrar los aires y palpitar los corazones. Asistir a una boda en Lagartera es dar un salto atávico a un remoto tiempo de ayer. Las costumbres se conservan como los vestidas. Merece, verse, en verdad, una solemnidad matrimonial en el típico pueblo toledano. Una boda en Lagartera dura cuatro días, y cada uno de ellos tiene su propia personalidad y su individual denominación; llárnanse, respectivamente, esos días, desde tiempo inmemorial, día de la carne, día de la boda, día de la manzana y día de la bodilia. Así, el acontecimiento íntimo adquiere proporciones de festividad general a poca importancia que tengan en e! pueblo las personas contrayentes. Unos, parientes; otros, allegados; éste, amigo, y aquél, curioso, el pueblo, en su totalidad, se adhiere al solernoie festejo; la vida ordinaria se suspende en Lagartera durante los cuatro días cuando se celebra una boda principal. El día de la carne, víspera del de la boda, toma su nombre de la que en gran cantidad se dispone para los sucesivos banquetes. Las familias de ambos novios matan ovejas, gallinas, pavos, tal vez algún ternero, y si se pudo decir que por las vísperas se conoce la fiesta, en Lagartera andarían acertados al afirmar que por la matanza se conoce la boda. Aparte esta solemnidad, elocuente promesa de interminables saboreos gastronómicos para días sucesivos, dos costumbres curiosísimas caracterizan al día de la carne; es una, la de que cuatro muchachas, elegidas por la novia y designadas en el pueblo con el nombre de jamaüeras, vayan a visitar al novio, portadoras del jato, o regalo de prendas- -camisa, pañuelos de seda, corbata, alfiler o cadena- -que le hace la novia; es otra, la de que el novio acuda a visitar a la movía y a invitar a cuantos hombres haya con ella a acompañarle a la barbería; y, en efecto, parientes e invitados se hacen la barba ese día a costa del novio. Desde que las cuatro muchachas preferidas por la novia son designadas jamalleras, constituyera como su corte de honor y no la abandonan en ninguno de los actos públicos sucesivos, ni en la intimidad familiar del día de la carne, durante el cual la novia no puede abandonar su domicilio. Y llega el soñado día de la boda. Le inaugura la madrina llevando el desayuno a la EL BAILE EL DÍA DE LA BODILLA novia a su propia casa; jamón, pechuga y chocolate debe procurar cuando menos para entonces la generosidad de la madrina. Próxima la hora señalada para la ceremonia nupcial, el cortejo de invitados llama en, casa de la novia, y ej novio, que le preside, pronuncia desde la puerta la frase de rúbrica: ¿Estás aviada? Vamos. Es como la confirmación de su palabra de matrkrsonio, y la comitiva se dirige al templo. El programa del día exige además la práctica de varias ceremonias inalterables. Han de ir todos, una vez verificado el casamiento, a desayunar a casa de la novia; han de acudir los mozos después del desayuno a casa del novio para recibir de sus manos el cigarro con que éste les obsequia; han de reunirse, cuantos figuran entre los invitados, en casa del nuevo jefe de familia para comer; han de recorrer los recién casados, acompañados de las jamalleras, las casas de sus parientes, y han de cenar en casa de la novia los mismos que al mediodía prendieron servilleta en casa del novio. El día de la manzana empieza mal, muy mal. La madrina, las jamalleras y todo el acompañamiento de la boda van a sacar a ia novia de su dulce sueño a las cinco o las seis de la mañana. A mí me parece que esta conducta inconsiderada encierra una imperdonable ¡ingratitud. Los obsequios, los banquetes, los cigarros, los servicios gratuitos de barbería reclamaban muy otra correspondencia; pero el ceremonial lo exige, y la novia se ve en la precisión de vestirse mientras los hombres se van al aguardiente. La desposada, con sus amigas, luce traje distinto del que utilizó el día anterior para su ornato, y ha de recorrer nuevamente los domicilios de su parentela para hacer ver sus galas. En fin, como tantas veces en la vida, lo que empieza mal acaba bien. Por la tarde tiene lugar en la plaza del pueblo el baile de la manzana, que da nombre al día. Todos los invitados han de bailar esa tarde con la novia; pero antes de satisfacer ese deseo o de cumplir con ese deber- -que de todo habrá- -el invitado ha de colocar una moneda, o varias, de plata o de oro, según su rumbo y posibles, en una manzana- -o naranja o limón- -que, seccionada verticalmente y clavada en un cuchillo, sostiene la madrina. No es la manzana de la discordia, ni la de su perdición, sino hucha improvisada aquella fruta, y es solemnidad imprescindible la de contar el dinero reunido, una vez terminado el baile, en casa del novio y a presencia del acompañamiento. El día de la bodilla pone fin a los festejos públicos. Transcurre, como los días anteriores, comiendo y cenando en casa del novio, luciendo las mujeres nuevas galas pintorescas y hasta bailando alrededor de un, a manzana, que, no por su tamaño, sino por el de las monedas que en ella se colocan, da nombre al acto en confuso diminutivo: baile de la manzanilla se llama éste, al que Uegan ya los mozos cansados de bolsillo y de fuerzas. Antaño regalaba el novio los zapatos a la novia el día de la carne, y obsequiaban los contrayentes al ministro del sacramento con unos calzoncillos de elaboración lagarterana; pero hoy ambas prácticas han desaparecido del ritual. ¡Lástima sería que desapareciesen las restantes! Por respeto a la tradición, por amor regional, hasta por vanidad plausible debían conservar cuidadosamente los hijos de Lagartera el tesoro de sus costumbres. Con demasiada frecuencia creemos que no es posible mirar hacia el mañana sin volver la espalda por entero al ayer. Luis MARTÍNEZ KLEISER. RINCÓN DE UNA COCINA EN LAGARTERA