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A BC. MIÉRCOLES I3 DE NOVIEMBRE D E 1912. EDICIÓN f PAG. 6. 3 eprava 3o. Y después, y esto es lo verdades jameate bárbaro, oye. predicar el atentado personal desde el Parlamento. Y ese hombre engañado, seducido, excitado en sus devaneos crapulosos, sueña en herir, e n matar... Y uri día lo echan de Buenos Aires, y ía fechan de Francia, y se acoge á este solar ¡español, en el que, por desdicha nuestra, crecen todos los yerbajos, y oye da nuevo el ensalzamiento de Ferrer, y se ciega su mente, y piensa en una gloria funeral que no han de regatearle sus amigos, y supone que le erigirán una estatua, y acecha el paso ¡de un grande hombre, y cuando este grande hombre, confiado á la hidalguía popular, ciudadano lleno de suave democracia, atrayiesa la Puerta del Sol y se detiene, culto, selecto, á mirar unos libros, lo asesina por la espalda, bellacamente, miserablemente, Bejando sin jefe á un partido, sin un hombre insigne a una patria, sin marido á una pobre señora desolada, sin padre á unos hijitos pequeños. ¡CanallaT Pero, más canalla todavía es. eí ¡ambiente que preparó, que dispuso la entraña de este crimen. Llegamos al Congreso persuadidos de que la sesión tendrá formidables caracteres. Si: hubieran matada al Sr. Iglesias, j- qaé actitud adoptarían sus amigos! ¡qué gran in- dignación les arrebataría! Pero no. Han; matado al Sr. Canalejas. Y así, la indignación, la indignación violentísima, capaz de todos los frenesíes, partirá del Gotierno, partirá de la mayoría democrática, ¡esta mayoría que fue llevada, casi entera ai; ¡Parlamento por esa noble mano, faciente, gue aún estará cálida, insepulta. I- Hay cuchicheos. De vez en vez se oye una voz colérica, pronto sosegada. Alguien, afee- lado, llora pusilánime. Ha caído sobre todas Jas cabezas el peso de algo tétrico, macabros ¡Suenan los timbres. Corremos desolados á la tribuna. Aún está desierto el salón. El banco azul, que parece esperar, ignorándolo todo, -al presidente gentil, fino, elocuente, acogeHor, le tiende aún sus brazos. Suenan los timbres de nuevo. Los dipu- fados, silenciosos, con las testas gachas, enlevitados en su mayoría, algunos con luto (en sus corbatas, penetran como á un futieral. La emoción es enorme. Las caras están lívidas. Ño rechista el público en sus tribunas. El Sr. García Prieto, respetando el asiento de Canalejas, como ¡i aun fuese á ocuparlo, encabeza el banco azul. El Sr. Lugue y el Sr. Pidal están de uniforme, serios, graves, con ese gesto impasible, noble, esto ico del militar viejo. Está el Sr. Maura, qae fue víctima de otros atentados, que nos ¡inspira un enternecimiento súbito, y uñá adiíniración respetuosa. Está el Parlamento. íntegro. Está, con sus ojos de gato, impertérrito, fascinándonos con atracción irresisti. ble, tremenda, obsesionante, D. Pablo Iglesias. Hay en el hemiciclo un sigilo siniestro. Esperamos. Sin duda, inminente, la ira se desbordará, la pasión que ruge en las calles tendrá en el Congreso un ademán viril. No. No. No. El conde de Romanones abre la sesión, ¡conmovido. Luego, D. Santos Arias de Miranda, sorbiéndose el llanto materialmente, Con voz entrecortada y trémula, lee la des garradora comunicación en que se le da cuenta ai Congreso del suceso bárbaro. Después, el presidente del Consejo, margues de Alhucemas, se levanta para hablar. ¿Tiembla en nosotros la esperanza de un gran discurso. El momento es inaudito. Ha caído un mártir, un verdadero y excelso mártir, bajo el arma asesina. El escalafón, inexorable, ha corrido. El Sr. García Prie. to, ungido, por. ¡a maj. es. tadj ha guscitado sobré su figura todas las grandezas momentáneas de un instante. desgarradorameaté sublime. El Sr. García Prieto hará unfgran discurso. Le bastará con decir: Ha muerto, un hombre. Aquí hay otro. Ha sucumbido un hombre en- el sagrado cumplimiento del deber. Sin redror, sin tolerancia, recojo su túnica manchada en sangre y la ciño á mi corazón buscando el bien de mi patria y el puñal del protervo. No. El marqués de Alhucemas ha hecho, temblando, una necrología incolora, sin gesto, sin ardor, fría, fría, helada. Y luego, eí conde de Romanones ha exe- erado el crimen. Pero también ha sido fría su apostura. Y al fin, desmayada, agónica, sm pulso, ha terminado la sesión. Ni un aplauso ni un grito, m una pregunta, ni, upa voz clamante, ni un dedo que se tendiera acusador, viril. La mayoría, sin ánimos, deshecha, ha permanecido callada, como atónita. Han ido saliendo lentamente, apenadamente, los diputados. D. Pablos Iglesias, con sus ojos azules, malignos, asistía al tácito desfile como si presidiera el cortejo macabro de un partido muerto. Nada más. Salimos como hipnotizados, como bajo el influjo de tina pesadilla, con uní velo en los sesos y en los ojos. Hace frío. Recorremos las calles, vagos, estupefactos, con el alma huera, sin saber qué hacer ni adonde ir. Canta en nuestro corazón la elegía de todos los infortunios. Padecemos íntimamente, despiadadamente, acaso sin precisarlo, sin. comprenderlo. Cuando nos damos cuenta, nos vemos al final de Madrid, sobre un altozano. Desde allí columbramos entera, vasta, á la gran urbe. Hace frío, un. frío invernal; desolador, agudo, siniestro. Anochece. El sol, un sol rojo, inmenso, tristísimo, como una lágrima absurda, cae, se hunde... Hay un momento de silencio en la Nattar a l e z a dormida. Callamos, enmudecidos, consternados. Luego, de pronto, inopinadamente, nos echamos á llorar como niños. Y al ver cómo se sume Madrid en las tinieblas, grises, cárdenas, fúnebres, gritamos: España, patria nuestra, ¿qué será de ti? todos sus alíñelos en I- resurgimiento dé la patria, y porque Canalejas cae muerto euan do desarrollaba su programa, democrático, y ¡cifraba todo el éxitode; ¿gestión en déswj envolver, dentro de la, forma monárquica j todo el contenido de sa programa radica Pero Cánovas! Maura y Canalejas, sobre í la accidentalidad de los principios políticos, tenían- un lazó cümún: representaban el ¡I principio de autoridad, eran los defensores del orden, de la Monarquía y de lá socie- sl dad, y por ello han sido el blanco del odia 1 que rebosa de seres perturbados. H Del Heraldo: El crimen execrable cometido hoy- cS; Madrid merecerá la condenación de todo ¡5 ¡los pueblos cultos, como ha merecido yajds! toda España, consternada por la noticiada hecho tan malvado. Pueblo ingobernable há sido llamada, éste. Lo parecerá más desde hoy á cuantos. sepan cómo puede ser escarnecida aquí M vida honrada de un español insigne por la bárbara agresión de un- miserable asesino Del, Diario Universal: Frente á la figura grandiosa, sublima? da por el sacrificio, del Sr. Canalejas, ¡qué tristes, qué repulsivas las figuras dé los ques constantemente predican la política dé laí perfidia, del ataque personal, del asesinato! íi Y otros apóstoles de la ciencia y de lá 1 tazón, que no saben de la vida, porqua constantemente la huyeron, tal vez incapa- ees de sentirla con toda su ardiente inten- sidad, acumulan en libros y en discursos frías deducciones de una lógica sin alma 1 más fría aún; ocultos armazones de teorías; construidas como si la vida pudiese ser re- i guiada por leyes puramente mecánicas, in- i flexibles como las piezas de acero de ima máquina, y esas teorías, al caer después! como fulminantes sobre cerebros expiosi- i ¡yos, vienen á producir hechos abominables como el que hoy condenan todas las almashonradas haciendo que sucumba un hom- j bre tan noble, tan grande como el Sr. Ca- naíejas: la más recia representación de la mentalidad española actual. D e El Mundo: D. José Canalejas era tal vez la víctís ma más inocente que pudieron elegir los. sicarios de la disolución social. Su demo- cracia probada, su tolerante espíritu, abier- JUICIO UNÁNIME to á todas las libertades de pensamiento y; de la propaganda, parecían ponerle á en bíerto de un crimen de esta clase. No há De Ecos: Digan lo que quieran los que han sido sido así. La ceguera criminal de la. secta sus adversarios, la Historia hará justicia- á roja le ha elegido por su, víctima, sin coneste estadista, que ha hecho de su existen- sideraciones de ninguna clase. cia en el Poder un sacrificio constante, por Duerma en paz el sueño glorioso del que á las contrariedades de la política ge- descanso eterno. Su memoria perdurará en neral se unían las de la discordia en el el sentimiento nacional, y su muerte será! seno de su partido, dificultando el desen- citada siempre como digno coronamiento, volvimiento de sus planes. de su fama. Nadie podrá negarle tampoco el mérito Que los demás hombres mediten sobre de haber afrontado con gran serenidad y la tragedia de hoy, continuación de ¡as traresuelto con práctico acierto conflictos que gedias pasadas, y que cada cual cumpla seeran una amenaza, y en ocasiones una renamente con su deber, para salvar al país ran actividad para la vida nacional, en su de la terrible guerra, que los enemigos de ase interior como en la exterior. Dios y de la patria le tienen declarada. De La Época: De España Nueva: ¡Cánovas, Maura, Canalejas! El odio No queremos refrenar el natural impulno distingue, el crimen no establece dife- so del corazón, que ha comenzado por senrencias, y en esto únicamente es lógico y tir humanamente el fin brutal y trágico de consecuente, pero con lógica y consecuen- una vida en plena inteligencia. Canalejas cia que entrañan una gran lección, una pro- estaba unido á nuestra propia historia por funda, elocuentísima enseñanza. Porque muchos lazos, muy íntimos, muy estrechos, Cánovas es asesinado cuando, después de que no habían acabado de romper los dos haber afirmado la Monarquía constitucional últimos años de su acción en eí Poder. Era, y aceptado las soluciones que constituían la dentro de la política española, una culmiesencia democrática, hacía frente á graví- nación. Era- ¡fue! -durante muchos años, j simos problemas; porque Maura es herido, con su palabra cálida, con su espíritu inI una y otra vez, cuando daba ejemplo desde quieto, con su cerebro, ávido de nociones i el Poder de la más amplia tolerancia y prac- nuevas, el único puente que podía tender la í tifiaba la ás honrada QlíÉica cifrando M Í h l l j Í U del La Prensa. f III M Ü iilHHBlfl! lililí