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TODO EL MUN P O R CORREO, S BLE, TÉLÉGRAFÓ TELÉFONO jg) DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE, TELÉGRAFO Y TELEFONO g EDITADO POR LA EMPRESA PERIODÍSTICA PRENSA ESPAÑOLA ATENTADO ANARQUISTA SESINATO DEL SEÑOR CANALEJAS LA PUERTA DEL SOL. -UN BALAZO AL PRESIDENTE SUICIDIO DEL CRIMINAL- -INDIGNACIÓN PUBLICA. -VISITA DEL REY. -LA CRISIS. -DUELO NACIONAL La- demencia fue siempre su inspiración. fEn vano sé registrará minuciosamente su Ida pública y privada para encontrarle un pr encor, una venganza, un despecho, nada jjque pareciese violencia ni aun severidad. ¡Éso era, sobre todo, Canalejas: un hombre lelemente, piadoso, todo blandura y toleranpia, tan pródigo y tan exaltado en. sus efussiones generosas, que para llegar adonde le impulsaban sus sentimientos habría ne hesitado la omnipotencia. Todas las contra, piedades y las amarguras que le deparó la fbolítica se originaron de esa noble condición suya. Quiso hacer más de lo hacedero fen. la situación y en las circunstancias- del país. Querer mucho, querer sin límites, fue jsu mérito y su flaco entre tanta gente sin iypluntad; querer una solución para cada (problema, un remedio para cada necesidad, luna mejora para cada interés, una satisfacción para cada descontento, una merced- ¿ara cada ambicioso... í- -Le bastaron sü talento excepcional y su (elocuencia soberana para subir- -y muy jo aren- -á las más altas ierarauías; no tuvo ue buscar con propagandas, promesas y alagos, masas que lo encumbrasen; se enIpumbró él solo; y ya en lo alto, cuando á ¿adié necesitaba, se fue hacia el pueblo- Jal que suelen olvidar los que se lo deben ¡todo- -y con el pueblo se comprometió en ¡una política radical, reparadora, un poco Jromántica, demasiada quizá; pero tan desinteresada, que sólo había de procurarle entorpecimientos de su carrera. ¡Y: este hombre bueno, fervoroso procurador de los humildes, indulgente con los extravíos populares, prudente y suave en Sas represiones, que había suprimido de he; cho la pena de muerte, y pretendía borrarla Sdel Código, muere asesinado alevosamente, cuando caminaba, indefenso y descuidado, amparándose en su notoria bondad. ¿Quiénes, qué sugestiones perversas, qué ¡brutales enseñanzas han armado la mano asesina contra un gobernante al que no podían odiar ai los mismos que falsamente le acusaron de imaginarias persecuciones? He aquí lo que todo; el mundo se pregunta, en re los clamores de protesta y de dolor que jeí crimen arranca á la conciencia pública. OEs una pregunta que caerá como un oprobio y como un remordimiento sobre los pesaímados que, con sus feroces desenfrenos, deshonran ía política y giitristccen á la Semblante del día. ¡LA MUERTE 1 S sación N Cuando nos encaminamos hacia el Congreso habíamos recibido ya el mazazo en mitad del cráneo, dejándonos atónitos. Un, miserable acababa de asesinar al Sr. Cana- i lejas en la Puerta del Sol. D. José, nuestro D. José, aquel hombre tan bueno, tan fino, tan insinuante, había sido asesinado. Cana- lejas, aquel político tan probo, tan demócrata, que fue todo resignación ante la ola invasora y aciaga, que fue todo blandura, suavidad, había sido asesinado. El golpe, fulminante, bárbaro, sin entrañas, arrancó un llanto femenil á la virilidad de nuestros ojos. Después, vueltos á nuestra ecuanimidad, á nuestra fortaleza, hemos vuelto á ser hombres. Y movidos por una ira suprema y desesperada, hemos alzado en alto los puños y nos hemos lanzado á la calle para buscar en el sano corazón de las muchedumbres el fuerte latido generoso de la indignación y de la cólera. I ran las doce. Hacía frío. Un sol ya de invierno, gualdo, suave, diríamos que insensible, caía lento sobre las vías consternadas. Dos hombres cuchicheaban misteriosos: Han matado á Canalejas ¡Qué horror! En el tranvía, unas mujerucas sollozan. Más adelante, dos militares, indignados, con las faces llenas de arrebato, exclaman líenos de santa cólera: ¡Es una iniquidad! ¡Esto no es posible tolerarlo! ¡Así no puede vivir un pueblo! En todas las fisonomías advertimos la misma expresión. Asombro, ira, un ansia varonil de venganza, algo hermoso, épico, lícito, ese algo que sabe arrancar la vileza al corazón de los hombres buenos. Alguien, vibrante, dice: Pardinas! ¡Qué infame! j Está bien muerto; pero debiera morir mil veces! Nosotros, sin embargo, nó hemos sentido por ese bellaco, por ese miserable, por ese vil. tanta, indignación. Está bien muerto. Debiera morir mil veces, que su vida, la vida mentecata de un ignaro no compensa de la muerte que le dio á an grande hombre, á un gran ciudadano, á an gran político. Nosotros, sin embargo- -lo repetimos con marcada insistencia- hemos sentido contra ese reptil una indignación tan furibunda. ña del hecho. Y nosotros hemos visto S Pardinas en toda su diafanidad- Pardinas, ¿quién lo duda? sería urí predispuesto, ün anormal, un degenerado. Su alma tenébro- í sá, equívoca, viviendo bajo la tutela de utí intelectualismo falso, sumida en una esjpe- cié de idiotez culterana, estaría dispuesta áj perpetrar grandes iniquidades. Un azar de la vida, la absoluta pérdida del sentido mo- i ral, acaso un desengaño funesto, quizá su propia debilidad mental, arrastráronlo ha- i cia el anarquismo. El doctor Simarro, que tanto ha colaborado en la formación de las psicologías funestas, jpodría añadir á estas impresiones alguna pincelada inequívoca. Claro está que Pardinas sería un morbo- so. Claro está que su fin no podía ser bue- ¡no. Claro está que la cárcel ó la mesa do disección eran su inevitable paradero. Mas ¿no le ha llevado el ambiente ciertas pro- í pagandas, ciertas campañas literarias y pe- í riodísticas, el eco de ciertas voces autori zadas que pregonaron el atentado personal, al designio de cometer este absurdo y mise rabie crimen? Nosotros nos formamos cuenta exacta üe cómo se fue preparando esta iniquidad. ¿No han podido leer esos ojos La catedral, del Sr. Blasco Ibáñez? Nosotros he- mos leído esa obra y nos ha hecho reir. Sabíamos que. su autor acabaría en la Pata- gonia explotando sangre, valenciana. Pero, ¿y los enclenques, y los crédulos, y los de. generados? ¿iMo pudieron haber influido tácitamente esa ú otra lectura semejante en el espíritu de Pardinas r Pardinas oyó decir luego que vive nuestra raza bajo una opresión despótica, y co- mo sus vicios, sus deliquios mentales no le permitieron buscar en el taller, en el tra- i bajo digno, la paz, ni la justa, -noble ambición de los hombres honrados, achacó males de Gobierno lo que no era sino pro- pia ineptitud, propia vileza. Pardinas oyó decir que había sido asesinado Ferrer, que Ferrer era un mártir de la humanidad, que se había perpetrado un crimen bárbaro. Y esto no lo oyó decir en. las tabernas, en los garitos, sino que lo leyó en una Prensa civilizada, y no sólo en una Prensa de arrebato, sino hasta en una Pren- sa más ecuánime. Pardinas oyó decir que Maura es un déspota, un verdugo. Y oyó decir que Canalejas era un traidor, más sórdido aún que Maura, más inicuo. Y. así fueron incubán- d edfeaJl MÜ os í 28