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A B C. MJERCOL S 24 DE MAYO DE i 9 n EDiCI- ON i PAG. 4. LA, REVOLUCIÓN EN GHiNA DECAPITACIÓN DE UNO DE LOS REBELDES, EN CANTÓN, ANTE NUMEROSO PUBLICO ot. abstención y oposición a priori son inconciliables con el amor á la Religión y á la Patria. 6. En todos- los casos prácticos en que el bien común lo exija, conviene sacrificar las opiniones privadas y las divisiones de partido por los intereses supremos de la Religión y de la Patria, salvada la existen- cia de los partidos mismos, cuya disolución por nadie se ha de pretender. 7. No se puede exigir de nadie como obligación de conciencia la adhesión á un partido político determinado con exclusión de otros, ni pretender que esté alguien obligado á renunciar á, las propias honestas convicciones políticas; ya que en el campo meramente político se pueden tener lícitamente diversas opiniones, tanto sobre, el origen inmediato, del Poder civil cómo acerca de su ejercicio y de las varias formas de gobierno. 8. Los que entran á formar parte de un partido político cualquiera deben conservar siempre íntegra su libertad de acción y de voto para negarse á cooperar de cualquier manera á leyes ó disposiciones contrarias á los derechos de Dios y de la Iglesia; antes bien, están obligados á hacer en toda ocasión oportuna cuanto de ellos dependa para sostener positivamente los derechos sobredichos. Exigir de los afiliados á un partido una subordinación incondicional á la dirección de sus jefes, aun en el caso de ser opuesta á la justicia, á los intereses religiosos ó á las enseñanzas y reclamaciones de la Santa Sede y del episcopa- do, sería una pretensión ínmoraj que no puede suponerse en ios que dirigen esos mismos partidos, sin hacer ultraje á su rectitud y á sus sentimientos cristianos. 9.0 Para defender la Religión y los derechos de la Iglesia en España contra los ataques crecientes que frecuentemente se fraguan invocando el liberalismo es lícito á los católicos organizarse en las diversas regiones fuera de los. partidos políticos hasta ahora existentes, é invocar la cooperación de- todos los católicos indistintamente, dentro ó fuera de tales partidos, con tal que dicha organización no tenga carácter antidinástico, ni pretenda ucear la cualidad de, católicos á los que prefieren abstenerse de, tener parte en ella. 10. -Habiendo demostrado, la experiencia cuánta dificultad hay siempre en obtener uniones habituales entre los católicos de España, es necesario é indispensable que el acuerdo. se haga á lo menos per niodum acius íranseuntis, siempre que los intereses de la Religión y de la Patria exijan una. acción coinún, especialmente ante, cualquier amenaza de atentado en daño: de la Iglesia. Adherirse prontamente á tal unión o acción práctica común es deber imprescindible de todo católico, sea cual fuere el partido político á que pertenece. 11. En las elecciones, todos los buenos católicos están obligados á apoyar, no sólo á sus propios candidatos, cuando las circunstancias permitan presentarlos, sino también, cuando esto no sea oportuno, á todos los demás que ofrezcan garantías para el bien de la Religión y de la Patria, á fin de que saiga elegido el mayor número posible de personas dignas. Cooperar con la propia conducta ó con la propia abstención á la ruina del orden social. con la. esperanza de que nazca de tal catástrofe una condición de cosas mejor sería actitud reprobapie que, por sus fatales efectos, se reduciría casi a traición para con la Religión y con la Patria. ...J 2. No, merecen reprensión los que. declaran ser su ardiente deseo el que en el gobierno del Estado vayan renaciendo, según las leyes de la prudencia y las necesidades de la patria, las grandes instituciones y tradiciones religioso- sociales que hicieron tan gloriosa en otro, tiempo á la Monarquía española; -y, por tanto, trabajan para la elevación progresiva de las; leyes y de las reglas de Gobierno hacia aq ael grande ideal; pero es. necesario que á estas nobles aspiraciones junten siempre el propósito firme de aprovechar cuanto, bueno y honesto hay en las costumbres y legislación vigente para mejorar eficazmente las condiciones religiosas y sociales de España. Por vó ntad del Padre Santo ruego a vuestra eminencia dé conocimiento de estas Normas á todos los reverendísimos prelados de España. Confía Su Santidad que tales reglas, no menos que todas las otras enseñanzas y direcciones de los Sumos Pontífices relativas á la acción religioso- social de nuestros tiempos, serán acogidas por todos los verdaderos católicos y puestas en prácticas sin reserva, -absteniéndose de inútiles y perjudiciales polémicas acerca de las mis-