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A B C SÁBADO 7 DE MAYO DE 1910. EDICIÓN i. PAG, r. P- MTET 1 N DE A B C EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA (Continuación. 1 profesor Stangerson está tan lejos de nosotros por el espíritu- -pronunció Pepe con su simpática solemnidad infantil, -que no necesito su cuerpo... Aunque el profesor Stangerson ha vivido á nuestro lado en el castillo de Hércules, nunca ha estado con nosotros En cambio, Larsán vio nos ha dejado nunca. Esta vez todos nos miramos de soslayo, y tan loca me pareció la idea de que, en efecto, podía estar Larsán en medo de nosotros, que, olvidando que no había de dirigirle más la palabra Pepe, dije: -Pero á aquel almuerzo de los lentes ahumados asistía también un personaje á quien no veo aquí... Rouletabille gruñó, y, il mismo tiempo que me disparaba una ojeada iracunda, contestó: ¡Todavía el príncipe Galitch! Ya he dicho á usted, Sainclair, en qué se ocupa el príncipe en esta frontera... y puede tener por seguro que no le interesan las desdichas de la hija del profesor Stangerson. Deje usted al príncipe Galitch entregado á su humanitaria ocupación... -Todo eso- -hice observar con mala fe- -no es razonar. -Justamente, Sainclair, sus- charlas me impiden iodo razonamiento. Sentía yo una importuna necesidad de hablar, y, olvidando que había prometido á Edit defender al viejo Bob, de nuevo me puse á atacarle, por el solo placer de coger en falta á Pepe; por cierto que Edit ha tardado bastante en perdonarme mi tontería. Dije, pues, en tono claro y firme: -También el viejo Bob asistía al almuerzo de los lentes ahumados, y lo apartó usted de lleno de sus razonamientos á causa del alfileríto de cabeza de rubí. Ese alfiler, que está, aquí para probarnos que el viejo Bob se ha entendido con Tulio, el cual se hallaba con su barca á la entrada de una galería que pone en comunicación el mar con el pozo, según afirma el viejo Bob, ese alfiler no nos explica cómo el viejo Bob pudo, según él pretende, tomar el camino del pozo, puesto que el pozo no ha cesado de estar exteriormente cerrado. ¡Para usted- -dijo el repórter mirándome con una severidad que me dejó cortado, -para usted habrá estado siempre cerrado pero yo lo he encontrado abierto! Le envié á usted junto á Mattoni y Santiago para ver si había novedad; cuando regresó, me halló en el mismo sitio, en la torre del Temerario; pero, mientras, tuve tiempo suficiente para ir al pozo, y entonces vi que estaba abierto... ¡Y lo volvió usted á cerrar! -exclamé. ¿Por qué lo volvió á cerrar? ¿A quién quería usted engañar? ¡A usted, caballero! Pronunció estas dos palabras con tan aplastante desprecio, que se me encendió ¡a sangre. Me levanté. Ahora, todas las miradas estaban fijas en mí, -y en el momento mismo en que recordaba con qué brutalidad me había tratado el joven, poco antes, en presencia de Darzac, sentí con horror que cuantas personas estaban en 1 aquella habitación sospechaban de mí, me acusaban. ¡Si, sentí que los circunstantes pensaban que quizá fviera yo Larsán ¡Yo! 1 ¡Larsán! Miré á todos, uno por uno. No bajó los oíos Pepe al leer en los míos mi indignada protesta. Mi sangre ardía r i0 venas. ¡Es preciso poner esto en claro! -ex- clamé. -Si descontamos al viejo Bob, al príncipe Galitch y al profesor Stangerson, no queda más que nosotros, los que aquí estamos encerrados; si está entre nosotros Larsán, desígnalo. Rouletabille, y acabemos. Repetí, furioso: ¡Muéstralo! ¡Nómbralo! ¡Ostentas tanta calma como ante el Tribunal, en Versalles... ¿No tenía yo razones para ostentar entonces la calma que me reprochas? -contestó Pepe sin inmutarse. -Por lo visto, i quieres darle tiempo para que se escape otra vez... ¡No, te juro que esta vez no se escapará! ¿Por qué, al hablarme, seguía tan amenazador su tono? ¿Acaso creía de veras que Larsán estaba en mi? ¡Mis ojos hallaron los de la dama enlutada! ¡Me miraba con espanto! -Rouletabille- -dije con voz alterada, -supongo que no crees, que no sospechas... En aquel momento se oyó un tiro fuera, muy cerca de la torre Cuadrada, y todos temblamos, recordando la consigna dada por el repórter á los tres hombres: que tiraran sobre quien intentara salir de la torre Cuadrada. Edit lanzó un grito y quiso, salir; pero Pepe, que había permanecido inmóvil, la tranquilizó con una frase: -De haber tirado sobre él, los tres hombres habrían tirado. Ese tiro no es más que una seña para decirme que comience Se volvió hacia mí y dijo: -Señor Sainclair, debería usted saber que nunca sospecho de nada ni de nadie sin antes haberme apoyado sobre el lado sano de la razón. A todos aconsejo que hagan lo mismo, y les irá bien... Larsán está aquí, entre nosotros, y mi razonamiento va á probarlo: vuelvan á sentarse todos, y no aparten de mí sus miradas, porque voy a comenzar sobre este papel la demostración corporal de la posibilidad del cuerpo que está de más. Hizo aquello con el mismo esmero que ya me había llamado la atención cuando, en U torre del Temerario, estaba Pepe dibujando tranquilamente, mientras, no lejos de allí ocurría el tremendo drama... Ya que hubo acabado, miró la hora en su reloj, y dijo: -Ya ven ustedes, señoras y caballeros, que la capa de pintura que cubre mi círculo no es ni más ni menos espesa que la que colorea el círculo del Sr. Darzac. -Sin duda- -contestó éste; -pero ¿qué significa todo e 5 v? -Un momento- -replicó el repórter. -Queda bien entendido que usted es el autor de este plano y de esta pintura... -Sí, y por cierto que me disgustó bastante el hallarla en nial estado al entrar con usted en el gabinete del viejo Bob, á nuestra salida de la torre Cuadrada. El viejo Bob había manchado todo mi dibujo haciendo rodar en él su famosa calavera. -Ya vamos llegando... -dijo pausadamente Pepe. Y tomó, sobre la mesa, el cráneo más antiguo de la humanidad. Lo volcó, y, enseñándole á Darzac la mandíbula manchada de rojo, le preguntó- ¿Usted sestá en que el encarnado que se halla sobre esta mandíbula no es sino la pintura encarnada quitada á su plano de usted... -No puede haber duda. La calavera estaba todavía vuelta al revés sobre mi plano cuando entramos en la torre del Temerario... -Seguimos siendo del mismo parecer- -apoyó el repórter Entonces se levantó, llevando el cráneo, y penetró en la abertura de la muralla, alumbrada por una espaciosa ventana pro- vista de una reja, que en otro tiempo fue tronera, y que Darzac había convertido en tocador. Encendió una cerilla y la acercó k un infiernillo de alcohol, bobre el infiernillo puso una cacerola llena de agua. Mientras estaba dedicado á tan extraña cocina, nuestras miradas no se apartaban de él. Jamás nos había parecido tan incomprensible ni tan inquietante la actitud del repórter. Cuantas más explicaciones nos daba y cuantas más cosas hacía, menos le comprendíamos. Y teníamos miedo, porque sentíamos que alguien, entre los circunstantes, tenía miedo, mucho miedo... ¿Quién era el eme tanto miedo tenía? ¡Acaso el que. aparentaba más serenidad! Ahora bien, el más sereno de todos era Rouletabille, entre la calavera y la cacerola; Pero, Jpor aué retrocedemos todos á un tiempo? ¡Porque Darzae, con l o s ojos agrandados por nuevo espanto; porque la dama enlutada, oorque Ranee, porque yo; comenzamos á pronunciar un apellido que expira en nuestros labios: Larsán... ¿Dónde le hemos visto? ¿Dónde le hemos descubierto esta vez nosotros, que miramos á Rouletabille? ¡Ah, ese perfil, en la sombra rojiza de la noche que comienza, esa frente, en el hueco de la ventana, ensangrentada por el crepúsculo como en la mañana del crimen ensangrentó esas mismas paredes la aurora de color de sangre! ¡Ohf, esa quijada dura y osbtinada que, hace un rato, resultaba más atenuada, y hasta simpática, aunque un tanto amarga, bañada por la luz del día, y que ahora aparece perversa y amenazadora! ¡Cómo se parece Rouletabille á Larsán! ¡Cómo se narece en este momento á su padre! ¡Es Larsán! Otra emoción: al oir un suspiro quejumbroso de su madre, sale Rouletabille de aquel marco fúnebre en que acababa de aparecemos con cara de bandido, viene hacia nosotros y vuelve á ser Rouletabille. Todavía estábamos temblando. Edit, que nunen Antes de comenzar, fue á asegurarse de que, detrás de él, estaban corridos los cerrojos de la puerta; tomó un compás, y dijo: -He querido hacer mi demostración en los lugares mismos en que el cuerpo de másse ha producido. Con lo cual resultará más irrefutable. Con el compás, tomó, sobre el dibujo de Darzac, la medida del radio del círculo que figuraba el espacio ocupado por la torre del Temerario, lo cual le permitió trazar de nuevo, inmediatamente, aquel mismo círculo sobre un pedazo de papel blanco inmaculado, fijo con chinches de cobre sobre la tabla de dibujo. Una vez trazado el círculo, Pepe, dejando el compás, tomó el tarro de pintura encarnada y preguntó á Darzac si reconocía su propia pintura. Este, que no parecía tampoco darse cuenta de lo que el joven estaba haciendo, contestó que, en efecto, había preparado aquella pintura para su dibujo. Lo menos la mitad de la pintura se había secado en el fondo del tarro, pero afirmó Darzac que la que quedaba daría sobre el papel casi casi el mismo tono que la con que había él hecho el plano de la península de Hércules. ¡No se ha tocado á ella! -repuso con suma gravedad Rouletabille; -sólo una lágrima se ha mezclado con esta pintura. Por cierto que, una lágrima más ó menos, en nada puede alterar el contenido de este tarro. Al decir esto, mojó su pincel en la pintura y luego se puso á llenar todo el espacio ocupado por el círculo trazado, antes. I ñ H nn