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LA MUERTE DE LE BLON EN SAN SEBASTIAN EL INFORTUNADO AVIADOR M. LE BLON (X) CON SUS MECÁNICOS MOMENTOS ANTES DE EMPRENDER EL VUELO QUE LE COSTO LA VIDA Fot. García Rasqum DE NUESTRO CORRESPONSAL A B C EN SAN SEBASTIAN TRÁGICA MUERTE DE UN AVIADOR La historia de la aviación cuenta con una nueva víctima: M. Leblón, el hombre bueno y arriesgado, ha muerto. Es difícil sustraerse á la emoción de esta brusca, y estúpida desgracia. En San Sebastián lloran iodos, con lágrimas sinceras; ninguna muerte ha producido aquí tan honda y universal congoja. Era un hombre bueno, y el público ie amaba. Le había dado al, público una sensación gloriosa, cuando voló por primera vez una mañana de domingo, riente y luminosa el público le agradecía aquella sensación de entusia smo y de júbilo, y le amaba fervientemente. De pronto, cuando las experiencias habían terminado, después de un banquete de despedida, al final de los homenajes, el aparato se quiebra y el héroe muere. Era un hombre sin tacha. Alto, rubio; de rostro místico, de mirada serena, tranquilo y modesto, incapaz de toda pose, -silencioso. Pero la manera de morir fue acondicionada á su misma vida; un hombre como aquél debía necesariamente morir como murió: bruscamente, sin utr gesto, en el silencio de una tarde gris, sin apoteosis, casi sin público que le contemplara. Había nevado mucho. Las montañas tenían una suavidad de paisaje noruego; la nieve cubría los tejados y la playa. Un cielo quieto v dínso cubría el c rculo de la Concha. No soplaba ni un aliento de brisa. Era una tarde reconcentrada, de calma absoluta, una tarde de ensueño religioso. Inopinadamente, cuando nadie podía esnerarlo, el aviador montó en su monoplano y se lanzó al aire. Como otras veces, le sedujo, la curva graciosa de la bahía, y con su aparato recorrió la línea impecable de la Concha, al borde de la playa. Algunos espectadores asistían al vuelo, y se o- ozaban de ver aquel ave tácita y veloz volando en la serenidad de la tarde gris. Parecía una cosa de leyenda, algo que correspondía á los cuentos septentrionales; un ser fantástico corriendo por el espacio en medio de la calma y del silencio, en la quietud de la tarde nevada. La imaginación germánica no hubiera concebido nada tan encantador. Era un Lohengrin mecánico, que surría de las brumas del mar para asistir al sueño de la ciudad cubierta de. nieve. Pero ese hombre rubio y casi místico estaba sin duda tocado por el dedo de la tragedia. Había algo de fatal en aquel hombre silencioso y bueno. Iba á marcharse ya, iba á despedirse dé su público; el cielo le concedió sus dones primaverales, y una muchedumbre emocionada le había aclamado con delirio; el aolauso, la gloria y el amor vinieron á él rodeados de las galas primaverales. Pero la fatalidad le esoeraba. Las galas- primaverales se convirtieron en nieve y en bruma y en frío. El entusiasmo de la muchedumbre numerosa se cambió en soledad y en silencio. Como llevado por la mano de la fatalidad, Leblón fue á morir obscura y repentinamente, una tarde de nieve. A la segunda vuelta, estando á 30 metros c e altura, el monoplano dio tina brusca cabezada y cayó rápido al mar. Otra tarde también, á la hora en que el sol moría, el aviador cavó al a ta; pero cayó suavemente, como un ave eme se posa en el suelo: el aparato quedó flotando, y el aviador salió del agua sin ningún riesgo. Pero ahora no caía el monoplano como un ave que abate el vuelo; cayó como un pájaro á miien una bala quita la vida bruscamente. Muerta el ave, volteó en el aire y se hundió en el agua, cerca de la playa. Corrió la gente, acudió una canoa de salvamento, sacaron al héroe del agua: estaba muerto. Fue como si la cabeza del pájaro consistiera en la misma cabeza del hombre: el hombre y el pájaro mecánico murieron simultáneamente. Entonces corrió por la ciudad un aliento de tragedia. Salía la gente de sus cuchitriles, como hormigas. En la tristeza de la tarde gris, era de ver el aspecto tétrico de aquella camilla, escoltada por mioueletes y guardias civiles. El, público callaba, se descubría un silencio capital hacia más trágico aquel desfile de la comitiva. Pero eran vanos todos los remedios; los médicos no tenían allí nada que hacer: estaba muerto definitivamente. La muerte vino donde el hombre rubio, amado de la fatalidad, y te lo había llevado. Un golpe en la frente, las entrañas destrozadas, v todo concluyó. Cuando llegó la esposa del aviador á la Casa de Socorro, la gente se descubrió. Esta mujer fuerte, que ha vivido en un continuo anhelo, cuya vida habrá sido una perpetua zozobra. se acercó á su esposo, lo llamó dos veces, le acarició el rostro... Después, enjugándose las lágrimas, salió firmemente á la, calle. Sin duda, su alma, llena de zozobra, tenía descontada la tragedia final. Como, quien sale de un apuro, de un angustia moral, la mujer del aviador tomó un gesto de increíble serenidad. La ley estaba cumplida: el fin no podía evitarse. Todo había terminado. En verdad, estas cosas modernas tienen un tono de tragedia suprema, como no tuvieron las cosas antiguas. Los actos clásicos adoptan un aire bello. La poesía y la tradición, el comentario de los poetas, la misma alegre v radiante naturaleza en que se desenvolvían, les quitan sabor tétrico. La leyenda de Icaro, con ser tan lamentable, se nos representa adornada con los atributos n ii ininililliiilii ilnnrul