Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C SÁBADO i DE ABRIL DE 1910. EDICIÓN i. PAG. 2. FOLLETÍN DE ABC EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA (Continuación. Con c ¿motivo, acaso sea tiempo de que sepa el lector, á trueque de interrumpir un instante el relato de Roberto, que Ranee, quien, según dije en El misterio del cuarto amarillo, estuvo durante años enamorado de Matilde, de tal suerte había renunciado á aquel amor, que hacía poco se había casado con una joven norteamericana que en nada recordaba la misteriosa hija del ilustre profesor. Después del drama de Glandier, y mien- tras estaba Matilde en una casa de salud en donde ya iba terminando su curación, súpose que Arturo Ranee se disponía á casarse con la sobrina de un viejo geólogo de la Academia de Ciencias de Filadelfia. Cuantos estaban al tanto de su pasión por Matilde y de los excesos á que Ranee se entregó, los cuales llegaron á convertirlo casi en un alcohólico, dijeron que se casaba por despecho, y formularon pronósticos nefastos respecto de tan inesperada unión. Decíase que el matrimonio, favorable para Ranee, pues miss Edit Prescott era rica, había sido decidido de una manera bastante rara; pero todos estos cuentos se los referiré á ustedes cuando tenga tiempo; también sabrán entonces á consecuencia de que circunstancias se instalaron los Ranee en Rochers Rouges, en la antigua fortaleza de la península de Hércules, comprada por ellos el otoño pasado. Y dicho esto, devuelvo la palabra a Dar zac, quien continúa refiriéndonos su extraño viaje. -Al oir nuestras explicaciones, pareció el profesor no comprenderlas, y notamos que, lejos de regocijarse, se entristeció. Sospechaba que había ocurrido algo y que no le decíamos la verdad. Matilde hizo como que no notaba nada anormal en su padre, y se puso á hablar de la ceremonia efectuada aquella misma mañana. Con tal motivo habló de usted (Darzac se dirigía á Rouletabille) y entonces aproveche la ocasión para hacer comprender al señor Stangerson que agradaría á usted una invitación que le permitiera pasar con nosctros los días que tenía de licencia. No falta sitio en Rochers Rouges, y tanto Ranee como su mujer desean serle a usted lo más agradable posible. Mientras hablaba yo de esta manera, Matilde me apretó la mano con tanta ternura, que comprendí cuanta alegría le causaba mi proposición. Al llegar á Valence pude depositar el telegrama que, á instigación mía, acababa de redactar el señor Stangerson. Inútil decir que no pegamos los ojos en toda la noche. Mientras descansaba su padre en el compartimiento vecino, Matilde, abriendo su saco de noche, extrajo de él un revólver; lo armó y me lo metió en el bolsillo diciéndome: -Si nos atacan, defendámonos. ¡Ah, qué noche, amigo mío, qué noche pasamos... Nos callábamos, engañandonos mutuamente, haciendo como que dormíamos, cerrando los ojos en plena luz, pues no nos atrevimos á quedarnos á obscuras. Aunque estaban cerradas con cerrojo las portezuelas de nuestro coche, todavía temíamos verle aparecer. Cuando se oía ruido en el pasillo, nos estremecíamos. Nos parecía reconocer su paso... Matilde había tapado el espejo, por miedo á ver de nuevo su cara... ¿Nos había seguido... ¿Habíamos conseguido despistarle... ¿Estábamos lejos de sus garras... ¿Se había marchado por el tren de Culoz... ¿Podíamos contar con tal dicha... Yo no lo creía... ¡Y ella! ¡ella... La sentía silenciosa v como muerta en su rincón... 1 sentía del todo desesperada, más desgraciada aún que yo, á causa de toda la desdicha que arrastraba tras ella, como una fatalidad... Hubiera querido consolarla, confortarla, pero sin duda no daba con las palabras que eran necesarias, pues, no bien comencé á hablar, me hizo una seña desolada, y comprendí que sería más caritativo callarme. Entonces, imitándola, cerré los ojos... Así habló Darzac, y esto no es más que una relación aproximada de su relato. Juzgamos Rouletabille y yo que tal importancia entrañaba dicha narración, que, de común acuerdo, desde nuestra llegada á Mentón, la escribimos con la mayor fidelidad posible. Ya que estuvo listo el texto que ambos habíamos redactado, lo sometimos á Darzac, que sólo le hizo sufrir algunas modificaciones sin importancia, quedando tal como lo reproduzco aquí. La noche del viaje del profesor y de los recién casados no presentó ningún incidenté digno de ser mencionado. En la estación de Méntón- Garaván hallaron al Sr. Ranee, á quien extrañó mucho ver á la pareja; pero cuando supo que habían decidido pasar algunos días al lado del profesor, aceptanio así una uvit- ción cnie Darzac, ba ¡o varios pretextos, había hasta entonces rehusado, se mostró satisfechísimo y declaró que iba á ser grande la alegría de su mujer. También se regocijó de antemano al saber la próxima llegada de Rouletabille. Le había lastimado á Ranee la extremada reserva con que le trataba Roberto desde sU casamiento con miss Edit Prescott. Cuando su último viaje á San- Remo, el joven profesor de la Sorbona se había limitado á una ceremoniosa visita. Sin embargo, á su regreso á Francia, los Ranee, avisados por los Stangerson, se apresuraron á acudir á la estación de Mentón- Garaván, la primera después de la frontera, y felicitaron á Roberto por su notable mejoría. En suma, no dependía de Ranee el que se estrecharan las relaciones con los Darzac. Hemos visto cómolla reaparición de Larsán en la estación de Bourg había, desbaratado los planes de viaje de los Darzac, transformando al mismo tiempo su estado de alma hasta el punto de hacerles olvidar la reservasque se proponían tener con Ranee, arrojándolos así, con el profesor, que de nada estaba avisado, pero que sospechaba algo, en casa de personas que no les eran simpáticas, pero á quienes consideraban como gentes honradas y leales, capaces de sdefenderlos. Al mismo tiempo, llamaban en socorro suyo á Rouletabille. Padecían un verdadero pánico. Tomó éste proporciones I alarmantes en Roberto cuando, al llegar á la estación de Niza, se llegó á nosotros (Ranee en persona. Pero, antes de acercarse, ocurrió un ligero incidente que no puedo omitir. Tan pronto como paró el tren, me precipité á la oficina de telégrafos para ver si había un despacho para mí. Me dieron el panel azul, y, sin abrirlo, corrí hacia Pepe y Roberto. -Lea usted- -le dije al joven. Pepe abrió el telegrama, v leyó: Brignolles no se ha ausentado de París desde el 6 de Abril; lo certifico. Rouletabille me miró y soltó una risotada. ¿Usted es quien ha pedido tal informe? ¿A qué obedece eso? -En Dijón- -le contesté algo molestado á Pepe, -en Dijón es donde se me ocurrió que bien pudiera Brignolles no ser extraño á las desgracias que hacen prever los despachos aue usted ha recibido. Y pedí á un amigo que me informara acerca de los actos de tal individuo. Tenía curiosidad por saber si se había ausentado de París. -Pues ya está usted informado- -contestó Pepe. Supongo aue r -e le habrá ocurrido pensar que las pálidas facciones de Brignolles ocultaban á Larsán resucitado 1- ¡Eso no! -exclamé, sospechando que Pepe se burlaba de jní. Lo cierto es que sí lo había creído. ¿Qué, todavía le tienen ustedes tirria á Brignolles? -rae preguntó tristemente Darzac. -Es un pobre hombre, pero es bueno. -No creo tal- -protesté. Y me hundí en mi rincón. En general, no tenía mucha suerte en mis apreciaciones personales para con Rouletabille, que se reía mucho cuando me equivocaba. Pero esta vez habíamos de tener pocos días después la prueba de que si Brignolles no ocultaba una nueva transformación de Larsán, 10 por eso dejaba de ocultarse en él un miserable. Pepe y Roberto, al celebrar mi clarividencia, me pidieron les perdonara sus bromas. Pero no anticipemos. Si he hablado de ese incidente ha sido también para mostrar hasta qué punto me obsesionaba la idea de un Larsán disimulado bajo alguna persona de las que nos rodeaban y á quienes conocíamos poco. ¡Tantas veces había dado Ballmeyer pruebas de su genio en circunstancias parecidas, que me parecía prudente desconfiar de todos. No había de tardar en comprender- -y la inopinada llegada de Ranee influyó mucho en la modificación de mis ideas- -que esta vez Larsán babía cambiado de táctica. Lejos de disimularse, ahora se exhibía el bandido, siquiera á algunos de nosotros, con audacia sin igual. ¿Qué podía temer en aquel país? Ni Darzac ni su mujer iban á denunciarle, ni, por consiguiente, los amigos de éstos. Sú ostentación parecía tener por objeto destruir la dicha de dos esposos que se creían ya libres de él para siempre. Pero, en este caso, una objeción se presentaba. ¿Por qué tal venganza? No resultara más vendado mostrándose antes de la celebración de la boda? ¡La habría impedido! Sí, pero era preciso mostrarse en París. Por otra parte, ¿podíamos creer que le asustara á Larsán ser visto en París? ¿Quién podría afirmarlo? Mas escuchemos á Ranee, aue acaba de reunirse con nosotros en nuestro compartimiento. Nada sabe, por supuesto, de lo ocu- rrido con Larsán en Bourg, y, sin embargo, viene á anunciarnos una terrible noticia. Si contábamos, en cierto mpdo, con que Larsán se hubiera ido por la línea de Culoz, preciso era renunciar á aqtulla esperanza; ¡también Ranee acababa de ver á Larsán! y venía á avisarnos, antes de nuestra llegada á su casa, para que nos pusiéramos de acuerdo sobre lo que convenía hacer. -Acabábamos de conducirle á usted á la estación- -dice Ranee á Darzac. -Una vez partió el tren, su mujer, el Sr. Stangerson y yo fuimos paseándonos hasta el dique de Mentón. El profesor daba el brazo á su hija. (Continuará. DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL ABCEÑ PARJS EL TERCER ACTO DE CARMEN El duque de Orleáns es- -ya lo saben ustedes- -uno de los innumerables pretendientes que tiene el trono de Francia. Supongo que las pretensiones de estos pretendientes deben traducirse en alguna ventaja práctica, porque de otro modo no se comprende que exista todavía un mortal en su o juicio que crea en la posibilidad de restaurar aquí la Monarquía... Después de ocho elecciones presidenciales, el derecho divino quedó en Francia hecho pedazos... Además, el señor duque de Orleáns no es hombre capaz de descubrir ningún Mediterráneo, y los franceses se entera- cn muy pronto de este detalle... El Pretendiente, pues, se pasea por Europa luciendo sus derechos al trono y haciéndose llamar Majestad por las dos docenas de domésticos 3 d diferentes categorías, aue le rodean.