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ABC. FOLLETÍN DE A B C V I E R N E S i. D E A B R I L D E 1910. E D I C I Ó N i. P A G 2. EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA Continuación. Después de la comida, el profesor se despidió de su hija y de su yerno 11 el andén mismo de la estación. Roberto y Matilde subieron á su compartimiento, el de los bagajes menudos, y se asomaron á la ventanilla, conversando con el profesor hasta la salida cicl tren. De Dijón á Bourg, HÍ Roberto ni Matilde entraron e el otro compartimiento. La portezuela, que daba al pasillo, había sido cerrada en París tan pro to como quedaron en él el saco de viaje y demás. Pero aquella portezuela no había sido cerrada ni exteriormente con llave por el empleado, ni interiormente con cerrojo por los Darzac. Matilde había corrido la cortinilla, de suerte que desde el pasillo lao podía verse nada de lo que ocurría ex el compartimiento. La cortinilla del otro compartimiento no había sido corrida. Todo esto quedó sentado por Rouletabille, merced á un minucioso interrogatorio del que sólo doy el resultado ara establecer claramente las condiciones exteriores del viaje de los Darzac hasta Bourg v del profesor hasta Dijón. Llegados á Bourg, los viajeros suoieron que, á consecuencia de un percance ocurrido en la línea de Culoz, el tren no saldría de Bourg hasta hora y media después. Entonces, Roberto y Matilde bajaron y se pasearon un rato. Roberto, en el transcurso de la conversación, recordó que se le había olvidado escribir algunas cartas urgentes antes de su salida. Ambos entraron en la fonda. Mientras el marido escribía, su mujer, durante ua rato, estuvo sentada á su lado, y luego se levantó, diciendo que iba á pasearse un poco por el andén. Muy bien- -contestó Darzac. -Tan pronto como termine iré á reunirme contigo. Y ahora dejo la palabra á Darzac: -Había terminado mis cartas y me levanté para reunirme con Matilde, cuando la vi entrar, como alocada, en la fonda. Tan pronto como me vio lanzó un gritp y se echó en mis brazos. ¡Oh, Dios mío, decía, oh, Dios mío! Y sólo eso podía decir. Temblaba atrozmente. La tranquilicé, le dije que nada tenía que temer, puesto que estaba yo allí, y le pregunté con cariño el motivo de su repentino terror. La hice sentarse, pues sus piernas no la sostenían, y le supliqué rute tomara algo; oero me contestó que en aquel momento le sería imposible tragar una gota de agua; sus dientes castañeteaban. Por- fin pudo hablar, y me contó, interrumpiéndose á cada frase y mirando con espamto en torno de ella, que había ido á pasearse delante de ía estación, pero que, temiendo que acabara yo pronto, se había apresurado a regresar al andén. En el momento de dirigirse hacíanla fonda, había visto, á través de los cristales alumbrados del tren, á los emoleados de los vagones- camas que preparaban las camas en un vagón al lado del nuestro. De repente se acordó de que su saco de noche, en el cual estaban sus joyas, había quedado abierto, y quiso ir á cerrarlo, no porque sospechara de la honradez de los empleados, sino por prudente precaución, muy natural en viaje. Subió, pues, al vagón, se metió en el pasillo y llegó á la portezuela del compartimiento que se había reservado, y en el que no habíamos entrado desde nuestra salida de París. Abrió aquella portezuela y en seguida un grito espantoso se escapó de su pecho. Aquel grito no había sido oicio, pues no había quedado nadie en el vagón, y un tren pasaba en aquel momento llenando la estación de silbidos de su locomotora. ¿Qué había ccuíido? Esta cosa inaudita, enloquecedora, monstruosa. En el compartimiento, la puertecilla que abría sobre el cuartito tocador estaba medio entornada hacia dentro, ofreciéndose de soslayo á la persona que entraba. Aquella puertecilla teoía un espejo. ¡En el espejo, Matilde acababa de ver la cara de Larsán! Retrocedió, pidiendo á gritos socorro, y con tal precipitación huyó, que, al saltar del vagón, cayó sobre las rodillas. Se levantó y llegó por fin á la fonda en el estado que les he dicho. Cuan io me refirió esto, mi primer cuidado fue no creer en ello, porque no quería creerlo, por ser harto horrible el suceso, y luego porque debía, so pena de ver á Matilde volverse loca otra vez, hacer- como que no creía en tal cosa, ¿Pues qué, no estaba muerto Larsán, y muy muerte. Realmente, lo creía como lo decía persuadido de que en todo aquello no había sino un efecto de espejo y de imaginación. Quise, m turalmente, cerciorarme de la verdad y le ofrecí ir en seguida con ella á su compartimiento para probarle que había sido víctima de una especie de alucinamiento. Pero se opuso, gritándome que ni ella ni yo volveríamos á aquel compartimiento, y que, además, rehusaba ponerse de nuevo en camino aquella noche. Todo esto lo decía con frases entrecortadas, faltándole la respiración... Me tenía apenado en extreme. Cuanto más le afirmaba que semejante aparición era imposible, más insistía ella en su realidad. También la dije que muy poco pudo ver á Larsán cuando el drama de Glandier, lo cual era verdad, y que no conocía lo suficiente aquella cara para estar segura de no haberse hallado frente á la imagen de alguien que se le pareciera. Me contesto que recordaba muy bien la cara de Larsán, por haberla visto en dos circunstancias que jamás se le olvidarían, aunque viviese cien años. La primera vez, cuando el asunto de la galería inexplicable, y, la segunda, en el minuto mismo en que, en su cuarto, había venido á arrestarme. Además, desde que había sabido quién era Larsán, no sólo había reconocido las facciones del policía, sino, detrás de éstas al tipo temible del hombre que no había cesado de perseguirla desde hacía tantos años. Juraba sobre su cabeza y bobre la mía que acababa de ver á Ballmeyer... que Ballmeyer vivía, que lo había yisto en el espejo, con su cara del todo. afeitada y su amplia frente calva... Se agarraba á mí cual si temiera una separación más terrible aun que las demás. Me llevó al andén, y de repente se tapó los ojos con la mano y se metió en el despacho del jefe de estación... Este se asustó tanto como yo al ver el estado de aquella desgraciada. Me decía yo: ¡Se va á volver loca! Expliqué al jefe de estación que mi mujer había tenido miedo, estando sola en su compartimiento, y que le rogaba que velara por ella mientras yo iba á ver qué era lo que había motivado aquel susto... Entonces, amigos míos, entonces... -prosiguió Roberto- -salí del despacho del jefe de estación; mas no bien hube salido regresé, cerrando precipitadamente la puerta. Debió yo de tener una cara especial, pues el jefe me miró con p- ran curiosidad. ¡Y era que también yo acababa de ver á Larsán! ¡No, no! Mi mujer no había soñado despierta... Larsán estaba allí, en la estación, en el andén, detrás de aquella puerta. Dicho esto, Roberto se calló un momento, como si el recuerdo de aquella visión personal le quitara fuerza para continuar su relato. Pasó la mano por su frente, suspiró y prosiguió: -Delante de ía puerta del jeie ae esta- ción había un mechero de gas, y bajo la farola estaba Larsán. Era evidente que nos esperaba, que nos acechaba... Y, cosa extraordinaria, no se ocultaba... Al contrario, hubiérase dicho que se había puesto allí para que le viéramos. Mi movimiento de cerrar la puerta fue puramente instintivo. Cuando la abrí, decidido á ir hacia el miserable, había desaparecido... El jefe de estación creía habérselas con dos locos. Matilde lo miraba todo sin pronunciar una palabra, con los ojos muy abiertos, como una sonámbula. Volvió á la realidad de las cosas para preguntar si estaba lejos de Bourg Lyón y á qué hora salía el más próximo tren. Ai mismo tiempo me pedía que diese órdenes para nuestro equipaje y que le concediera que fuéramos á reunimos con su padre lo más pronto posible. Sólo este medio veía para calmarla y en seguida accedí á sus deseos. Además, ahora que había visto á Larsán con mis propios ojos, comprendía que no era ya posible nuestro largo viaje, y que, lo confieso- -añadió Roberto volviéndose hacia Pepe, -dado el inmenso peligro que corríamos, pensé que sólo usted podía sacarnos de apuro, si aun era tiempo. Matilde me agradeció con efusión mi docilidad y se mostró llena de júbilo al saber que minutos después, á las nueve y veintinueve, íbamos á tomar el tren que llegaba á Lyón á eso de las diez; el indicador nos mostró que hasta podíamos reunimos en Lyón mismo con el Sr. Stangerson. De nuevo extremó Matilde su agradecimiento, cual sLyo fuera causa de tal coincidencia. Había recobrado cierta calma cuando llegó á la estación el tren de las nueve; pero en el momento de subir al vagón, y al pasar bajo la farola en que vi á Larsán, la sentí desfallecer; miré en toma nuestro, pero no vi ninguna cara sospechosa. Le pregunté si había vuelto á notar algo anormal, pero no me contestó. No obstante, su trastorno seguía en aumento y me pidió que no nos aisláramos, sino que entráramos en un compartimiento en el que había bastantes viajeros. So pretexto de ir á dar un vistazo á nuestro equipaje, la dejé sola un momento y me fui á. poner el telegrama que usted ha recibido. No le hablé de ese telegrama, porque seguía insistiendo en que s e había equivocado, no queriendo parecer creer en semejante resurrección. Por otra parte, al abrir el saco de noche de mi mujer, vi que estaban intactas las ioyas. Las pocas palabras que cambiamos fueron para ponernos de acuerdo en que nada de todo aquello había de serle referido al profesor, temiendo las funestas consecuencias de semejante noticia en un hombre de edad y que tanto había padecido. No hablo del asombro de éste al vernos en la estación de Lyón. Matilde le dijo que, á consecuencia de una avería y puesto que teníamos que dar un rodeo, habíamos decidido reunimos con él y pasar algunos días con Arturo Ranee y con su mujer, ouesto que, además, así nos lo pedía aquel fiel amigo de la familia. (Continuará. EL CLUB ALPINO ESPAÑOL Mi debír de cronista me obliga á ae dicar el presente artículo á esta benemérita Sociedad, ya que por su importancia y rápido desenvolvimiento merece que el lector fije su atención en ella. El Club Alpino Español no es una agrupación dedicada sólo á los deportes de montaña, aunque éste sea su principio fundamental. Es también una Sociedad dispuesta á realizar una labor científica, meritoria. ofreciendo su concurso y poniendo sus valiosos medios de acción al servicio del Instituto Geográfico y Estadístico, que ha en- inmwm itimntT