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A B C MIÉRCOLES 3o DE MAItZO DE 1910. EDICIÓN 1 s PAG No íaidó Pepe en ascender á la categoría de empleado y pudo hacer algunas, economías. A los diez v seis años, con unos cuartos en el bolsillo, tomó el tren para París ¿A qué iba á la capital? A buscar á la dama enlutada. Ni un solo día había dejado de pensar en la misteriosa señora que le espe Continuación. raba en el locutorio, y aunque nunca le haMis preguntas sobre su genealogía pa- bía dicho que vivía en la capital, estaba persuadido de que ninguna otra ciudad del recían no agradarle. Echó á andar por el muelle, y le seguí; universo era digna de albergar L una señollegamos á un sitio donde se resguardan los ra que tenía tan delicioso perfume. Además, barcos de recreo. El muchacho los miraba los colegiales aue pudieron ver su elegante con sumo placer. Llegó una preciosa em- porte en el momento de entrar en el locubarcación con solo una vela, una vela blan- torio decían: Ahí está la parisiense. Difícil hubiera sido precisar las verdaderas quísima, que rechazaba los rayos del sol. de Rouletabille, y acaso las ig- ¡Hermosa tela! -exclamó el chicuelo. intencionesmismo. ¿Se limitaba su deseo á noraba él Se descuidó y metió el pie en un char- ver á la dama enlutada, vena desde lequillo; saltó agua sucia y manchó el cha- jos, como un devoto mira áá una santa imaquet. Manifestó el chico viva contrariedad, gen? ¿Se atrevería á acercarse á ella? La y en seguida sacó su pañuelo para limpiar horrible historia del robo, cuya importancia aquella su querida prenda; después me miró había tomado vastas proporciones en la con aire suplicante y me dijo: imaginación de Rouletabille, ¿11 c estaba en- -Caballero, ¿no estov sucio por detrás? tre ellos como una barrera que no tenía deLe di mi palabra de que no. Entonces, recho á saltar? Quizá... pero es el caso confiado, metió de nuevo su pañuelo en el que quería verla, y de esto sí aue estaba bolsillo. seguro. Cerca de allí, en la acera de casas vetusTan pronto como llegó á la capital se fue tas, cuvas ventanas ostentaban ropa recién lavada, había, detrás de unas mesas, mu- á ver á Gastón Leroux, le recordó quién jeres que vendían almejas. Dije al pescador era y le declaró que, no rjtitiendo afición decidida por un oficio cualquiera, lo cual de naranjas: era de sentir en- -Si te gustara algo que no fuera fruta, del trabajo, había una naturaleza tan amiga resuelto hacerse periodispodría ofrecerte una docena de almejas. ta, y Sus ojos negros brillaban de deseo, y plaza le pidió, de buenas á primeras, una de repórter. de ambos nos pusimos á comer almejas. La hacerle desistir deGastón Leroux trató en tal proyecto, pero vendedora nos las abría. Quiso darnos vipara dijo: nagre, pero mi compañero, con ademán im- vano. Entonces, puesto decirle algo, le usted- -Amiguito, que tiene perioso, la paró. Abrió su saco, buscó á nada que hacer, trate usted no dar con el de tientas A sacó triunfalmente un limón. pie izquierdo de la calle Oberkampf Como éste había tenido contacto con el Y lo despidió con estas extrañas palabras, carbón, estaba negro; pero el chico sacó su que hicieron pensar á Rouletabilie que aquel pañuelo lo limpió. Después cortó el li- demonio de periodista se burlaba de él. Sin món v me ofreció la mitad; pero me gusta embargo, compró algunos periódicos y leyó el sabor mismo de las almejas, y le di las que el diario l Epoque ofrecía buena regracia- compensa á quien le llevara la parte que Terminada aquella comida, volvimos al faltaba de la mujer cortada en pedazos de muelle. El pescador de naranjas me pidió la calle Oberkampf. Lo demás va lo sabeun cigarrillo, que encendió con una cerilla mos. que sacó de otro bolsillo. En El misterio del cuarto amarillo he reEntonces, echando rumio como un hom- latado cómo Rouletabille se manifestó en bre, el muchacho se plantó sobre una bal- aquella ocasión, y también de qué manera k dosa, á orilla del agua, y. mirando hacia fue revelada entonces su singular profesión el sitio en que está Nuestra Señora de la la cual había de consistir, duraite toda su Guarda, tomó la posición del célebre chico vida, en comenzar á raciocinar cuando los que constituye el mejor adorno de Bruselas. demás habían terminado. Estaba muy tieso, muy ufano, y parecía He contado qué casualidad le conduje querer llenar el puerto. una noche al Elíseo, en donde sirtió pasar el GASTÓN LEROLX. perfume de la dama enlutada. Entonces fu ¿Dos días después, José Tosefino veía en el cuando notó que seguía á la señorita Stanmuelle á Gastón Leroux, quien vino hacia gerson. ¿Qué más podría añadir? ¿Consi él con el diario en la mano. El muchacho deraciones sobre las emociones que asaltaleyó el artículo, y el periodista le dio un ron á Pepe con motivo de dicho perfume duro. Ningún reparo en aceitarlo ouso Rou- cuando los acontecimientos de Glandier, y letabille. Hasta le pareció muy natural el sobre todo, desde su viaje á Norteamériobsequio. Tomo este dinero, le dijo á Gas- ca... El lector las adivina. Todas sus vacitón Leroux. en calidad de colaborador. Con laciones, todos sus cambios de humor, ¿quiér aquellos cinco francos se fue á comprar habrá ahora que no los comprenda? Los inarreos de limpiabotas y se instaló frente á formes traídos por él de Cincinati sobre el iBregaillon. Durante dos años limpió el cal- hijo de la que fue esposa de Juan Rousse) zado de cuantos iban á aquel sitio para co- debieron de ser lo suficientemente explícitos mer la tradicional bouillabaisse Entre para hacerle creer que bien pudiera él ser parroquiano y parroquiano, se sentaba sobre aquel hijo, pero no lo bastante para que lo su caía y leía. El verse propietario, siquie- tuviera por seguro. Sin embargo, su instinra fuera de aquella modesta caja, despertó to le empujaba tan victoriosamente hacia en él b ambición. Había recibido una edu- la hija del profesor, que le costaba á veces cación y una instrucción primaria demasia- muchísimo trabajo no abrazarse á ella, grido buenas para no comprender que si no tándole ¡Eres mi madre! ¡Eres mi materminaba él por sí lo que otros habían co- dre! menzado ían bien, se privaba de la mejor Y se escapaba, como se había escapado de probabilidad que le quedaba de crearse una la sacristía, para no divulgar en un mi ¡posición en el mundo. nuto de enternecimiento aquel secreto que- Los parroquianos acabaron por interesar- desde hacía tantos años le abrasaba... Y se por aquel muchacho que siempre tenía además, preciso es decirlo, tenía miedo... sobre su caja algunos libros de historia ó ¡Si ella le rechazara... ¡aleja- lo con hode matemáticas, y de tal manera le agradó rror... ¡él, ladronzuelo del colegio de á un armador, que lo tomó de dependiente Eu... j él... el hijo de Roussel- Ballmeen sus oficinas. yer... ¡él, el heredero de los crímenes de FOLLETÍN DE A B C 2, EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA Laroán... ¡No volverla á ver, no vivir ya á su lado, no respirar más su querido perfume, el perfume de la Dama enlutada. ¡Ah, con qué vigor había tenido que combatir, á causa de esa espantosa visión, el primer movimiento que le incitaba á preguntarle cada vez que la veía: ¿Eres tú? ¿Eres tú la Dama enlutada 9 En cuan á ella, en seguida le había querido; pero sin duda por su conducta en Glandier... Si era verdaderamente ella, debía creer que había muerto... Y si no era ella... Si por una fatalidad que desconcertaba su puro instinto y su razonamiento. Si no era ella... ¿Podía correr el riesgo, por su, imprudencia, de hacerle saber que se había escapado del colegio de Eu... por robo... ¡No, no; eso, no... Más de una vez le había preguntado ¿Dónde ha hecho usted sus primeros estudios? -En Burdeos- -le había contestado. Hubiese querido poder contestar: En Pekín. No obstante, semejante suplicio 110 podía durar. Si era ella ya sabría decirle cosas que le derritieran el corazón. Todo era preferible á no ser abrazado por ella. Tales eran, á veces, sus meditaciones. Pero tenía que estar seguro... Seguro hasta más allá de la razón misma; seguro de saber que se hallaba frente á la Dama enlutada, como el perro está seguro de oler á su amo. Esta mala figura de retórica que se presentaba, naturalmente, á su espíritu, debía de conducirle á la idea de seguir de nuevo la pista Nos llevó, en las condiciones que el lector sabe, al Treport y á Eu. Sin embargo, me atreveré á decir que esa expedición no diera acaso resultados decisivos á los ojos de una tercera persona que, como vo, no estaba influenciada por el olor, de no haber venido la carta de Matilde á manifestarle aquella seguridad que habíamos ido á buscar. Esa carta no la he leído. Constituía para mi amigo un documento tan sagrado, que tampoco otros la leerán; pero sé que los cariñosos reproches que solía hacerle por su carácter adusto y su falta de confianza habían tomado en aquel papel tal acento de dolor, que Rouleí Vlle no hubiera podido equivocarse, aun o I do se le hubiese olvidado á la hija de btangerson confiarle, en una frase final en la que sollozaba toda su desesperación de madre, que el interés que sentía por él procedía menos de los servicios prestados que del recuerdo que había conservado de un niño, hijo de una amiga suya, á quien había querido mucho, y que se había suicidado como un hombrecito á la edad de nueve años. Rouletabille se le parecí? mucho... Continuará. DE NUESTRO CORRESPONSA 1 A B C HSÍ ROMA PE POLÍTICA El Ministerio Sonnino ha presentado la dimisión, después de ejercer durante cien días un ajetreado gobierno. El Gabinete ha dimitido en forma extraparlamentaria, para tleiar A salyo la integridad de las convenciones marítimas que había gestionado, y que sus adversarios políticos hubieran hecho objeto de oposición. Giolitti ha querido abstenerse de intervenir en favor del Ministerio Sonnino, al que dispensaba su protección, y los pretorianos de Giolitti se han coaligado para derrocar al mismo Gabinete, que tal vez hubiera podido vivir indefinidamente en e, Podei. Al presente, el Gobierno italiano atra ¡esa una crisis que amenaza no resolveise con facilidad. Sólo existen tres soluciones u l fTT liirrr W l l l l l I lu I T r n 1 inmrrniinTTrT- inm! nrr lnniimHiriiTninii iirrrmrir- níi- TT