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A B C, LUNES 28 DE MARZO DE 1910. EDICIÓN i PAG. FOLLETÍN DE A B C 2. EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA Continuación. -Se habrá desesperado al no encontrarte aquí... Pepe alzó los brazos al cielo y sacudió ¡a cabeza. ¡Qué sé yo! ¿Quién sabe... ¡Ah, qué desgraciado soy! ¡Silencio, amigo, silencio... El Sr. Simón... allí... Se va... ¡por fin... ¡Pronto... al locutorio... En él estuvimos en seguida Era una pieza sin carácter alguno, bastante grande, con modestos visillos blancos en las ventanas. Su mobiliario consistía en seis sillas de paja alineadas contra la pared, un espejo encima de la chimenea y un reloj de chimenea. Había poca claridad en aquel sitio. Al entrar en aquella pieza, Pepe se descubrió con uno de esos ademanes de respeto y de recogimiento que no solemos hacer sino cuando penetramos en un sitio sagrado. Se le había empurpurado el semblante, y se adelantaba lentamente, con cierta cortedad, dando vueltas, entre sus manos, á su gorra de viaje. Se volvió hacia mí, y con voz más baja aún que en la capilla me dijo: ¡Oh, Sainclair, aquí está el locutorio... Toque usted mis manos, están abrasando. Debo de estar muy encarnado... Siempre ne ponía lo mismo cuando entraba aquí y sabía que iba á verla... He corrido... estoy jadeante... 110 he podido esperar cosa muy comprensible, ¿verdad... Mi corazón palpita como cuando era niño... Mire, llegaba hasta ahí... hasta la puerta, y me paraba, avergonzado... Pero veía su sombra negra en el rincón; me tendía en silencio los brazos, me precipitaba en ellos, y, en seguida, al abrazarnos, llorábamos... ¡Qué dulce momento! ¡Era mi madre, Sainclair! ¡Oh! no es ella quien me lo ha dicho; al contrario, ella me decía que mi madre había fallecido y que era una amiga suya... Sólo que, como me decía que la llamara también mamá y como lloraba cuando la abrazaba y la besaba, sé muy bien que era mi madre... Mire, siempre se sentaba ahí, en ese rincón obscuro, y venía siempre al obscurecer, cuando todavía no habían encendido en el locutorio... Al llegar, ponía sobre el borde de esa ventana un abultado paquete blanco atado con una cinfcita de color rosa: era un pastel... Pepe no pudo contenerse. Se recodó sobre la chimenea, y lloró, lloró... ya que se sintió algo aliviado, alzó la cabeza, me miró y me sonrió tristemente. Después se sentó, muy cansado. Me guardé de hablarle, por comprender que no era conimVo con quien conversaba, sino con sus recuerdos. Le vi sacar de su pecho la carta que le había entregado, y con mano temblona abrió el sobre. La leyó despacio. De repente, su mano cayó, y dio un gemido, y, tan encarnado hacía poco, se había vuelto pálido, sumamente pálido. Hice un movimiento, pero por señas me pidió que no me acercara, y cerró los ojos. Hubiera podido creer que dormía. Entonces me alejé, haciendo el menor ruido posible, como en el cuarto de un enfermo, y fui á apoyarme contra una ventana que daba á un patio habitado por un corpulento castaño de Indias. ¿Cuánto tiempo estuve mirando aquel castaño? Lo ignoro. Acaso sé siquiera lo que hubiéramos contestado á alguien de la casa que entrara en aquel momento? Pensaba obscuramente en el extraño y misterioso destino de mi amigo... en aauella muier que acaso fuera su madre y que acaso no lo fuera... Era tan joven, y necesitaba tanto de una madre, que quizá en su imaginación se había dado una... ¡Rouletabille... ¿Qué otro apellido le conocíamos... José Josefino... Sin duda bajo este nombre y apellido había hecho sus primeros estudios en este colegio... rosé Josefino... Razón tenía el redactor de l Epoque cuando le dijo: Eso no es un apellido Y, ahora, ¿qué había venido á hacer aquí? ¡Buscar el rastro de un perfume... ¿Revivir un recuerdo... ¿Una ilusión... Me volví al ruido que hizo. Estaba en pie; oarecía tranquilo; tenía ese semblante repentinamente serenado de los eme acaban de conseguir una gran victoria interior. -Sainclair, ahora, tenemos que irnos... ¡Vamonos, amigo mío... ¡Vamonos... Y salió del locutorio sin volver siquiera la cabeza. Yo le seguía. En la calle desierta, adonde llegamos sin haber sido vistos, le paré y le pregunté, muy intrigado: ¿Y qué, amigo, ha dado usted con el perfume de la. dama enlutada... Comprendió que mi pregunta brotaba del corazón, deseoso de que aquella visita á un sitio donde pasó parte de su infancia le devolviese en cierto modo la paz del alma. -Sí- -contestó con gravedad. -Sí, Sainclair, he dado con él... Y me enseñó la carta de la hija de Stangerson. Yo le miraba, atontado, sin comprender, puesto que ignoraba lo esencial. -Entonces me cogió ambas manos, y clavando su mirada en la mía me dijo: -Voy á confiarle á usted un gran secreto, Sainclair... el secreto de mi vida, y quizá un día el secreto de mi muerte... Suceda lo que suceda, ese secreto ha de morir con usted y conmigo... Matilde Stangerson tenía un hijo... un hijo... aquel hijo murió, está muerto para todos, excepto para usted para mí... Retrocedí, estupefacto, aturdido, bajo semejante revelación... ¡Rouletabille hijo de Matilde Stangerson... Y, de repente, recibí un choque más violento aún... ¡Pero entonces... pero entonces... Rouletabille era hijo de Larsán! Ahora comprendía todas las vacilaciones de Pepe; comprendía por qué, esta mañana, mi amigo, sospechando toda la verdad, decía: ¿Por qué no se habrá muerto? ¡De estar él vivo, preferiría yo estar muerto! Seguramente leyó Pepe esa frase en mis miradas, pues hizo ademán que significaba: Eso mismo, Sainclair; ahora está usted enterado de todo Después terminó en voz alta su pensamiento ¡Silencio! Al llegar á París nos reparamos para encontrarnos de nuevo en la estación. En ésta, Pepe me tendió un nuevo telegrama que venía de Valence y que estaba firmado por el profesor Stangerson. Decía: El señor Darzac me dice que dispone usted de algunos días de asueto. Mucho nos alegraría que pudiese venir á pasarlos con nosotros. Le esperamos en Rochers Rouges, en casa de D. Arturo Ranee, quien tendrá mucho placer en presentarle á su mujer. También á mi hija le agradaría mucho verle. Une sus instancias á las mías. Amistades. En fin, cuando ya subíamos al tren, el portero de Rouletabille acudió corriendo, portador de un tercer telegrama. Venía éste de Mentón y lo firmaba Matilde. Sólo contenía esta palabra: Socorro! fancia, y sé también por qué no teme nada tanto como ver á la señora de Darzac penetrar el misterio que los separa. Ya no me atrevo á decir nada, á aconsejar nada á mi amigo. ¡Ah, desdichado niño! Cuando hubo leído aquel telegrama: ¡Socorro! lo besó; luego, estrujándome la mano, dijo: ¡Si llego demasiado tarde, vengaré á los dos! ¡Ah, qué fría y fiera energía contenían aquellas palabras! De cuando en cuando, un gesto demasiado brusco delata la pasión de su alma; pero, en general, estaba tranquilo. Su calma me e: t anta... ¿Qué resolución ha tomado en el silencio del locutorio, cuando estaba inmóvil y con los ojos cerrados en el rincón en que se sentaba la dama enlutada... Mientras rodamos hacia Lyón y Pepet tendido sobre los asientos, está soñando, diré al lector cómo y por qué se escapó el niño del colegio de Eu. y lo que fue de él. Pepe huyó del colegio como un ladrón. No hay que buscar otra expresión, puesto que se le acusaba de robo... He aquí el suceso: á los nueve años tenía una inteligencia extraordinariamente nrecoz é inclinada í la resolución de los más difíciles y raros problemas. Dotado de una fuerza de lógica sorprendente, casi incomoarable por su sencillez y por la unidad son: era de su razonamiento, asombraba á su profesor de Matemáticas por su modo filosófico de trabajo. Jamás pudo aprender la tabla de multiplicar y contaba con los dedos. Solía encargar de sus operaciones matemáticas á sus compañeros, como quien encomienda á un criado una tarea vulgar... Pero antes tes indicaba Ir. marcha del oroblema. Ignorando aún ios principios del áleebra clásica, había inventado para su uso personal una, hecha con signos extraños rué recordaban la escritura cuneiforme, con ayuda de la cual señalaba todas las etapas de su razonamiento matemático, con lo cual llegó á inscribir fórmulas generales que sólo él entendía. Su profesor lo comparaba, orgulloso, con Pascal, quien por su solo esfuerzo consiguió encontrar las primeras proposiciones de Euclides. Aplicaba á la vida cotidiana aquella adiliitable facultad de raciocinar. Y eso, material y moralmente; es decir, que, por ejemplo, dado un hecho cualquera: farsa de colegial, escándalo, denuncia, etc. efectuado por un desconocido entre diez personas conocidas de él, entresacaba casi fatalmente á aquel desconocido por medio de los datos morales que le proporcionaban, ó que por sus observaciones personales se había proporcionaüu. Continuará. DE NUESTKO CORRESPONSAL A B C EN NUEVA YOFK EL TRIUNFO DE UNA ESPAÑOLA IV EN CAMINO. Ahora lo sé todo. Rouletabille acaba de contarme su extraordinaria y azarosa in- i Viva España! ¡Y ole nuestras barbianas, que sacan de sus casillas al dorado público del Metropolitan! No hubo rey ni reina del petróleo, del carbón ó de la banca que, olvidando la majestad, no aplaudiese con entusiasmo á Rosina. ¡Y vaya una Rosina más simpática, más auténtica, más española... -She is a regular spanish tipe- -oímos decir á algunos aristócratas del dollar. ¡Bravo, bravo! -se gritaba en todas las localidades, hasta que Rosina repitió la lección de canto. De seguro adivina el lector que se trata de una representación de El barbero de Sevilla. Rosina era nuestra compatriota Elvira de Hidalgo, á quien la empresa del Metropolitan Opera House hizo un previo j muy regular reclamo. Su debut en América es la nota teatral de actualidad. J