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A B C SÁBADO 26 MARZO DE i 91 o. EDICIÓN 2. PAG. 2. FOLLETÍN DE A B C EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTA DA Continuación. Ni siquiera le contesté, de tal ma. icra me había irritado su conducta, y también por lo estúpido que me parecía ir a contemplar el Océano ó la Mancha con aquel abominable tiempo de primavera que todos los años, durante dos ó tres semanas, nos hace echar de menos el invierno. No le alteró en lo más mínimo mi actitud, y cogiendo con una mano la maleta y el saco con la otra me empujó hacia la escalera, y momentos después subimos á un coche de alquiler que estaba esperando delante del hotel. Media hora más tarde, ambos nos hallábamos en un compartimiento de primera clase de la línea del Norte; íbamos al Treport, por Amiéns. En el momento de entrar en la estación de Creil, me dijo. ¿Por qué no me da usted la carta que le han entregado para mí? Le miré. Había adivinado que Matilde sentiría pena al no verle en el momento de marcharse y que le escribiría. No me pareció sorprendente la adivinación. Le contesté -Porque no la merece usted. Y le hice amargos reproches que apenas escuchó; ni siquiera trató de disculparse, cosa que me enfureció más que nada. Por fin le di la carta, la miró y respiró el suave perfume que exhalaba. Al notar que le miraba con curiosidad, frunció las cejas, disimulando bajo aquel semblante adusto riña emoción soberana. Pero queriendo sustraer del todo su cara á mis miradas, pegó la frente contra un cristal y se puso á contemplar el paisaje. ¿Qué, 110 la lee usted? -le pregunté. -Aquí, no... allá Llegamos al Treport ya de noche y con tiempo malísimo. El viento del mar nos helaba y barría el muelle desierto. No vimos sino á un carabinero, metido en su capote y su capuchón, de guardia en el canal. Ni ari solo coche, naturalmente. Algunos escasos mecheros de gas alumbraban los charcos en que nos zampábamos como adrede, mientras el viento nos obligaba á bajar la cabeza. A lo lejos se oía el ruido de los zuecos de una mujer sobre las baldosas sonoras. A punto estm irnos de caer al agua. Estaba yo furioso contra Pepe, quien á duras penas nos conducía por aquellos parajes. Sin embargo, debía conocer el sitio, pues por fin llegamos ante la puerta de la nica fonda que queda abierta duran. te la mala estación; la fonda estaba situada en la playa. Pepe pidió en seguida cena y lumbre, pues teníamos mucha hambre y mucho frío. ¿Se dignará usted decirme- -le pregunté- -qué hemos venido á buscar aquí, fuera del reuma y la pleuresía que nos acechan? -Con mucho gusto: hemos venido en busca del perfume de la dama enlutada. De tal manera me hizo reflexionar esta frase, que apenas pegué los ojos en toda la noche. Fuera, el viento del mar seguía mugiendo; sus quejidos llegaban hasta la costa, y de repente se engolfaba en las callejuelas de la ciudad como en corredores. Creí oir ruido en el cuarto vecino, que era el de mi amigo. A pesar del frío y del viento, había abierto la ventana, y le vi distintamente enviar besos á la sombra. I Besaba á la noche! Cerré la puerta y regresé á mi cama. Al día siguiente fui despertado por Rouletabille. Su semblante denotaba espanto, na angustia extrema; me tendía un telegrama puesto en Baurg, y, según orden suya, reexpedido de París. El telegrama de- cía: Venga en seguida, sin perder un minuto. Hemos renunciado á nuestro viaje á Oriente y vamos á juntarnos con el señor Stangerson, en Mentón, en casa de los Ranee, en Rouchers Rouges. Que este telegrama quede entre nosotros. Es menester no asustar á nadie. Dirá usted que ha pedido licencia para descansar unos días, lo que usted quiera: ¡pero venga! Telegrafíeme á la lista de Correos á Mentón. Pronto, pronto, le espero. Su desesperado, Darzac III EL PERFUME pantos, inexcusables en un mozo de su temple. ¡Inexcusables... ¡Sí, Sainclair, inex cusables... -Me asusta usted. Vamos, ¿qué ocurre? j- -Va- usted á saberlo... La situación es horrible... P. or qué no se habrá muerto 31- -Después de todo, ¿qué le prueba que, no ha fallecido? -Mire, Sainclair... Cállese cállese. Mire, Sainclair, si él está vivo, yo preferid ría estar muerto! ¡Loco, loco, íoco Al contrario: si éí está vivo, entonces sí eme conviene aue usted lo esté también, para defenderla, á 1 ella... -No me pilla de susto este telegrama- -le dije mientras se levantaba. ¿No ha creído usted nunca en su muerte? -me preguntó Pepe con una emoción que no podía explicarme, á pesar del horror que entrañaba la situación, y aun admitiendo que hubiésemos de tomar á la letra los términos del tele- grama de Roberto. -No mucho- -contesté. -De tal manera le convenía pasar por muerto, que bien pudo hacer el sacrificio de alo- unos papeles, cuando la catástrofe del Dordoane. Pero, ¿qué le ocurre á usted, amigo mío... Parece usted estar muy débil. ¿Está enfermo... Pepe se había dejado caer sobre una silla. Con voz temblona me confió á su vez que sólo después de efectuado el matrimonio había realmente creído en su muerte. No podía caber en el espíritu del joven que Larsán, si aun vivía, hubiera dejado cumplirse el acto que entregaba á Matilde Stangerson á Roberto Darzac. Larsán no tenía más que presentarse para impedir el matrimonio; y, por peligrosa que resultara para él semejante manifestación. 110 vacilaría en entregarse, conociendo los sentimientos religiosos de Matilde v sabiendo que jamás consentiría en unir su suerte á otro hombre mientras iviera su primer marido, aunque de éste la librara la ley humana. En vano hubieran invocado ante ella la nulidad de acmel primer matrimonio respecto de las leyes francesas: no por eso quedaba borrado el que un sacerdote la había hecho esposa de un miserable, para siempre... Y Pepe, enjugando el sudor que corría por su frente, añadió: -Recuerde usted, amisro mío... Para Larsán no ha perdido su encanto el presbiterio ni su lozanía el jardín Cogí la mano de Rouletabille: tenía fiebre. Quise calmarle; pero no me oía. -Ha esperado algunas horas después de la boda para aparecer de nuevo- -exclamó. -Porque, tanto para mí como para usted, Sainclair, nada significaría el telegrama del Sr. Darzac si no quisiera decir que el otro ha vuelto; ¿no le parece á usted? -Sí... pero Roberto lia podido equivocarse. -Darzac no es un chiquillo medroso. No obstante, esperemos. ¿verdad, Sainclair? Esperemos que se habrá eauivocado... ¡No no; eso no es posible: sería demasiado espantoso... ¡Demasiado espantoso, amiso mío... 1 Oh, Sainclair, eso sería demasiado terrible... Nunca había visto, ni en los peores momentos de Glandier. semejante agitación en Pepe. Ahora se había levantado se pa- aba por la habitación, mudando los objetos de un lado á otro, mirándome de cuando en cuando y repitiendo: ¡Demasiado terrible... ¡Demasiado terrible... Le hice notar que no era razonable ponerse en semejante estado sólo por un telegrama que nada concreto decía y que podía ser resultado de aWm alucinamiento... Añadí que no era oportuno, en el momento en que íbamos á necesitar de toda nuestra sangre fría, abandonarse á semejantes es- ¡Cierto, cierto, Sainclair! ¡Es muy? justo lo que acaba usted de decir! ¡Gracias, amigo mío! Acaba usted de decir la única palabra que pueda hacerme vivir: ¡Ella! ¡Le parece á usted! Sólo en mí pensaba, sólo en mí. Pepe soltó una risa extraña que me dio miedo; le estreché en mis brazos, rogándole me dijera por qué estaba tan espantado, por qué hablaba de morirse y por qué se reía de aquella manera... ¡Como á un amigo, como á tu mejor amigo, Pepe... ¡Habla, habla! ¡Quítate ese peso de encima, dime tu secreto; dímelo puesto que te ahoga... Te abro mi corazón... Rouletabille puso su mano sobre mi hombro... me miro hasta el fondo de los ojos, hasta el fondo del corazón, y me dijo: -Va usted á saberlo todo, Sainclair, va usted á saber tanto como yo, y va á tener el mismo espanto, amigo mío, porque es usted bueno y sé que me quiere. Dicho esto, supuse que iba á enternecerse, pero se limitó á pedir el indicador de ferrocarriles. -Salimos de aquí á la una- ne dijo, -no hay tren directo entre Eu y París en invierno; á las siete llegaremos á París y nos quedará tiempo para hacer nuestros baúles y tomar, en la estación de Lyon, el tren de las nueve para Marsella y Mentón. Ni siquiera me pedía mi parecer; me llevaba á Mentón como me había traído al Treport; sabía que, dada la gravedad de jos acontecimientos, nada había de rehusarle. Además, le veía en estado tan anormal, que, aun cuando me lo prohibiera, le habría seguido. Por otra parte, comenzaba una época en que mis asuntos del Palacio de Justicia iban á dejarme muchos días libres. ¿De modo que vamos á la ciudad de Eu? -pregunté. -Sí, tomaremos el tren allá. Es menester apenas media hora pira ir del Treport á Eu... -Poco tiempo habremos estado en este país- -le dije. -El suficiente para lo que, por desgracia, he enido á buscar aquí. Continuará. DE NUESTRO CO RrSPONSAL A B C T Ñ SUIZA EL TESTAMENTO DE M. LOR r Pue? eñor, ahí tienen ustedes tres ó cuatro millones de francos que no sirven para maldita la cosa sin un milagro del cielo. ¡Lo que tiene el hacer testamentos con los pies! A quien se diga... Vean y juzguen en qué quebraderos de cabeza ha metido M. Lory al hospital de Uey; cómo lo que él quiso que fuera un acto de filantropía, digno del mas entusiasta aplauso, se convierte en un mar de confusiones en manos de la gente de toga, ó cual dirían muchos, porque viene á ser lo mismo, se lo come todo el diablo Trátase de que el citado señor dejó al morir la no despreciable suma de tres ó. cuatro millones- -aunque la diferencia nu ir; iiiJi ikiu itil 1 IHIF rTrrr 1 imnrníinTTnnniTmirm- iiinnrfiiiTrinj