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ABC. JUEVES 24 DE MARZO DE JOIO. EDICIÓN s. AG, a hacer por ella los mayores sacrificios, si alguna e ¿la biterte. le ponía en caso de sacrificar algo por alguien. También tenía incomprensibles cambios de humor. Por ejemplo, después de haber manifestado uña alegría infantil al hablar de un día de descanso que proyectaba pasar en la nueva casa de los Stangerson, quienes, no queriendo habitar ya Glandier, habían alquilado una finca á orillas del Mame, en Chcnnevieres, rehusó de repente y sin motivo plausible el acompañarme. Y tuve que marcharme solo, dejándolo en el cuartito en que seguía viviendo, esquina del bulevar Saint- Michel y de la calle Monsieur- le- Prince. Le guardaba yo cierto rencor por la pena que iba á tener Matilde al verme llegar solo. Un domingo, ésta, ofendida por la actitud de mi amigo, resolvió ir á sorprenderle conmigo. Cuando entramos en su cuarto, Pepe, que había contestado con mi enérgico: ¡Adelante! al campanillazo dado por mí, Pepe, que estaba sentado á su mesita de trabajo, se levantó al vernos y se puso tan pálido, tan pálido, que creímos que iba á desmayarse. Matilde, lanzando una exclamación, se precipitó hacia él; pero Pepe, con rapidísimo movimiento, pudo tapar por completo, antes de que llegara á él la joven, los papeles desparramados sobre su mesa. Matilde, naturalmente, había visto el movimiento, y se detuvo sorprendida. ¿Le molestamos á usted? -dijo con tono de suave reproche. -No; ya terminé mi tarea. Más tarde les enseñaré esos papeles: se trata de una obra maestra, de un drama en cinco actos, con cuyo desenlace no consigo dar. Se sonrió y no tardó en serenarse por completo; nos dijo cosas muy graciosas, nos dio las gracias por haber ido á turbar sit soledad, y se empeñó en convidarnos á comer, llevándonos al restaurant Foyot, del barrio latino. ¡Qué horas tan gratas pasamos! Pepe había telefoneado al Sr. Darzac, quien acudió á los postres. Entonces, aun no estaba malo Roberto; todavía no había llegado Brignolles á París. Se divirtieron como chiquillos. Aquella noche de verano resultaba dulcísima en el solitario Luxemburgo. Antes de despedirse de Matilde, Pepe le pidió que le perdonara sus excentricidades, y dijo que en el fondo tenía malísimo carácter. Matilde le abrazó, y también Roberto. Tal emoción le causó e to, que 00 pronur ó una palabra hasta la puerta de su casa; pero en el momento de separarnos me apretó la mano como nunca lo había hecho hasta entonces. Demonio de hombrecillo... ¡Ah, si 30 hubiera sabido... Cómo me reprocho ahora el haberlo juzgado con sobrada ligereza. Así, pues, triste, é invadido por presentimientos que en vano trataba de ahuyentar. regresaba de la estación de Lyón, recordando las genialidades y á veces los caprichos de Rouletabiile en el transcurso de los dos últimos años; pero, no obstante, nada podía hacerme prever, y menos explicarme, lo que acababa de ocurrir. ¿Dónde estaba Rouletabiile? Me fui á su casa, diciéndomc que, aun suponiendo que no le encontrara en ella, podría dejar la carta de Matilde ¡Cuál no sería mi asombro al entrar en el hotel y ver á mi criado llevando de la mano mi maleta! Le pedí que me explicara qué significaba aquello, y me contestó que nada sabía, que era menester preguntárselo al señor Rouletabiile. Este, en efecto, mientras yo le buscaba por todas partes, excepto, naturalmente, en mi casa, había ido allí, calle de Rivoli, se había dirigido á mi cuarto, y, mandando á mi criado que le diera una maleta, se puso á meter en ella la cantidad de ropa que mi hombre ptiede necesitar para un viaje de cuatro ó emeo días. Después dio orden a mi criado de que una hora más tarde llevara la maleta á su hotel. Me precipité hacia el cuarto de mi- amigo y le vi llenaydo un saco de noche con ropa blanca. Ni una. palabra pude sacarle mientras duró aquella operación, pues en las cosas de la vida corriente tenía sus rarezas; también, á pesar de la modicidad de sus recursos, quería vivir correctamente, repugnándole todo io que olía á vida de desorden. Se dignó, por fin, anunciarme que íbamos á tomar nuestras vacaciones de Pascuas y que, puesto que yo estaba libre y que su periódico l Epoque le concedía una licencia de tres días, lo mejor que podíamos hacer era ir á descansar á orillas del mar Continuará. DE NUESTRO CORRESPONSAL FOLtETIN DE ABC- PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA (Continuación. bre perverso, y, sobre todo, un envidioso, pues no perdonaba á su pariente el favor que le había hecho. Tenía la tez amarilla, ¡talle largo, brazos largos, piernas largas y la cabeza alargada; los pies y las manos formaban excepción: eran muy pequeños y casi elegantes. Resentido por la áspera reconvención del abogado, abandonó la estación tan pronto como hubo saludado á los nuevos esposos. Es decir, supongo que saldría, pues no le vi más. Faltaban tres minutos para la salida del tren, y aun esperábamos la llegada de Rouletabiile, pensando ver surgir, por fin. entre los viajeros retrasados que á toda prisa acudían, el simpático semblante de nuestro amigo. ¿Cómo no aparecía, según costumbre suya, atrepellándolo todo y á todos, sin cuidarse de las protestas y de tos gritos que solían señalar su paso? ¿Qué estaba haciendo. Ya cerraban los empleados las portezuelas y metían prisa á los viajeros jue todavía estaban en el andén. Silbó la locomotora, y arrancó... ¡No estaba Pepe... Tanta extrañeza y tal tristeza nos causó su ausencia que ni pensábamos en desear feliz viaje á los que se iban. Matilde registró el andén con la mirada, y, segura de no ver á su amigo antes de su salida, me tendió, ya cuando el tren estuvo en marcha, un sobre por la ventanilla. i Para él! -me dijo. Y añadió en seguida con caía de espanto y con voz tan especial que no pude menos de pensar en las nefastas reflexiones de Brignolles: ¡Hasta la vista, amigos mío ¡ó adiós! EX DOSUE SE TKATA DEL HUMOR TORNADIZO 1 E PEPE HOULETABIIXE ABC EN LONDRES; f IDA SUBTERRÁNEA Yo bien sé que, en mi calidad de corresponsal en Londres de un periódico como A B C, mi misión consiste en dar cuenta de lo más saliente que ocurra en la Gran Bretaña, y esto, hoy por hoy, no es más que la tremenda crisis política que nos amenaza. Tan importante es esta cuestión, que 110 solamente Europa, sino el universo entero, tiene fija en nosotros su mirada; y en verdad que el asunto bien merece la pena. Esto no obstante, alguna vez he de permitirme dar á conocer al lector otros extremos, relatarle algunos detalles de la vida corriente de este país, que ofrezcan en España algo que pueda resultar nuevo, ó por lo menos curioso. Esto es lo que me propongo hacer hoy, y para ello he de referir la extraña, pero aquí ya casi habitual, vida subterránea que lleva una gran parte de la población londinense. No hace mucho tiempo que un gran autor inglés describía la pobjación futura de la humanidad como dividida en áoa grandes razas, una de ellas que habitaría sobre la superficie del suelo, y la otra en la 3 profundidades de éste. Por lo que concierne á los habitantes de Londres, parece que esta predicción empieza á realizarse ya, pues el londinense pasa la mayor parte del tiempo debajo de tierra, lo mismo que los topos. Hoy, para ir de un extremo á otro de la capital, es preciso descender en un ascensor, más valdría decir descensor hasta lo menos cincuenta metros de profundidad, y después tomar el tube, nombre que aquí se da al ferrocarril eléctrico que viaja baio tierra. Adviértase que también existen tranvías subterráneos. Con mucha frecuencia, casi á diario, para tomar el lunch, el almuerzo ó el five ó dock tea, el londinense se ve obligado á acudir á restaurante iluminados artificialmente por la electricidad ó por el gas v en los cuales los rayos del sol no penetra nunca. Los mayores restaiirants de la City son precisamente los que se hallan enclavada debajo del piso, y el café más pTande de Londres, el Café de Europa, es tambiéá subterráneo. Si después del lunch siente dcaeds ei londinense de jugar una partida de billar, tiene que acudir asimismo á un establecimiento subterráneo; si quiere afeitarse á cortarse el pelo, también tiene que baJar á las profundidades de la tierra. ¿No resulta curioso aue esta clase de establecimientos, de un uso tan impresemdible, se hallen así situados y no á la vista Al regresar solo de la estación no pude menos de extrañarme de la singular tristeza que me había invadido, sin que pudiera desentrañar su verdadero motivo. Desde el proceso de Versalles, en cuyas peripecias tomé parte tan activa, resultaba muy estrecha mi amistad con el profesor Stangerson, su hija y Roberto Darzac. Debiera haberme agradado particularmente un acontecimiento que parecía satisfacer á todo el mundo. Pensé que la ausencia del repórter debía influir en mi tristeza. Pepe había sido tratado por los Stangerson y por Darzac eomo se trata á un salvador. Y, sobre todo, desde que Matilde había salido de la casa de salud, en donde tuvo que pasar varios meses á consecuencia del drama en que tan decisivo papel desempeñó Pepe, y desde me, ya curada, había leído los debates del proceso en que Rouletabiile aparecía como on héroe milagroso, multiplicaba para su amiguito las atenciones casi maternales. Se había interesado por cuanto le importaba, y, provocando confidencias, sabia acerca de Rouletabiile más que ninguno de nosotros. Matilde había mostrado una curiosidad discreta, pero continua, respecto á un origen que todos ignorábamos y sobre el cual el joven había guardado adusto silencio. Aunque muy sensible á la amistad que le demostraba la pobre mujer, Rouletabiile guardaba con ella una reserva que me extrañó en quien siempre había visto jovial, decidor y muy entero en sus simpatías y en sus aversiones. Más de una vez le dije mi manera de pensar sobre el asunto, y siempre me contestó de manera evasiva, aunque asegurándome que estimaba sobre manera á Matilde, y que estaba dispuesto imaiJEi 1 mti iu mruaananirrm- mm r r r- iiirnr ui ÍULI I: ¡IT t r r r i iiíin nnnm ITI-