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A B C MARTES 22 DE MARZO D a 1910. SDJCiUJN 1. PAü. BIBLIOTECA DE A B C EL PERFUME DE LA DAMA ENLUTADA EL CUAL COMIENZA POR DONDE ACABAD LAS NOVELAS La boda de Roberto Darzac y de Matilde Stangerson se efectuó en París, en la iglesia de Saint- Nicolás du Chardonet, e! 6 de Abril de 1895, en la más estricta intimidad. Algo más de dos años habían transcurrido desde los acontecimientos relatados por mí en una obra precedente, acontecimientos tan sensacionales, que no es temerario afirmar que tan corto espacio de tiempo no ha hecho olvidar el famoso Misterio del Cuarto amarillo... Tan presente estaba todavía en todas las memorias, que seguramente hubiera sido invadida la reducida iglesia por una muchedumbre ávida de contemplar á los héroes de un dfaniei que había apá- sionado al mundo, si no se hubiese guardado absoluto secreto respecto del día de la ceremonia nupcial, cosa relativamente fácil en aquella parroquia alejada del barrio de! as escuelas. Sólo habían sido invitados á la boda algunos íntimos y discretos amigos de los Sres. Darzac y Stangerson. Yo era uno de ellos; llegué temprano á la iglesia, y mi primer cuidado fue, naturalmente, buscar en ella á Pepe Rouletabille. Sentí cierta extrañeza al no verle, pero estaba persuadido de que acudiría; mientras, me acerqué á los letrados Henri- Robert y Andrés Hesse, quienes, en la paz y el recogimiento de la capillita Saint- Charles, hablaban quedo de los incidentes más curiosos del proceso de Vefsalles, evocados en su recuerdo por el acto que estaba á punto de efectuarse. Yo les escuchaba distraídamente, examinando las cosas que me rodeaban. -i Qué triste es esta iglesia! -decía uno de aquellos dos señores. -Vetusta, agrietada, medio caída, sucia, pero no de esa suciedad augusta de los siglos, que es el más hermoso adorno de la piedra, sino de esa polvorienta basura que parece una especialidad de los barrios Saint- Víctor y Bernardinos, en cuya encrucijada se halla singularmente engastada esta iglesia, tan sombría por fuera como lúgubre por dentro. El cielo, que parece más alejado de este santo lugar que de los demás sitios, vierte na luz avara que con trabajo llega á los fieles á través de la suciedad secular de los ventanales. En aquella obscuridad fúnebre, en un sitio que parecía haber sido inventado sólo para los ritos consagrados á los difuntos, iban á celebrar su matrimonio Roberto Darzac y Matilde Stangerson... Sentí honda pena, y, tristemente impresionado, me pareció de mal agüero aquel sitio. A mi lado, los letrados seguían conversando; Henri- Robert confesaba á Hesse que no había quedado tranquilo sobre la suerte de Roberto Darzac y de Matilde Stangerson, aun después del feliz éxito del proceso de Versalles, sino cuando supo la muerte, oficialmente comprobada, del implacable enemigo de los nuevos esposos: Federico Larsán. Quizá recuerden los lectores que algunos meses después del proceso se produjo la terrible catástrofe del Dordogne, paquebote transatlántico que hacía el servicio entre el Havre y Nueva York. Con niebla, de noche, en los bancos de Terranova, el Dordogne fue acometido por un barco cuya proa entró en el compartimiento de las máquinas. El paquebote se fue á pique en diez minutos. Apenas si unos treinta viajeros, cuyos camarotes se hallaban sobre cubierta, pudieron meterse en las chalupas disponibles. Al día siguiente fueron recogidos por un barco de pesca que regresó en seguida á Saint- Jean. Después, el Océano arrojó de su seno centenares de muertos, entre los cuales fue reconocido Larsán. Los documentos que descubrieron, cuidadosamente cosidos y disimulados en las ropas de un cadáver, atestiguaron, esta vez, que Larsán había vivido. Por fin Matilde Stangerson se veía libro, de aquel fantástico esposo á quien, merced á las facilidades de las leyes norteamericanas, se había unido en secreto, en horas imprudentes de su harto confiada juventud. Aquel abominable bandido, cuyo verdadero nombre, ilustre en los fastos judiciales, e n Ballmeyer, y que al casarse con ella declaró llamarse Juan Roussel, ya no vendría á erguirse criminalmente entre ella y el que desde hacía tantos años, silenciosa y heroicamente la amaba. He recordado, en el Misterio del Cuarto amarillo, todos los detalles de aquel famoso asunto, uno de los más curiosos que registran los anales criminales, y que hubiera tenido trágico desenlace sin la intervención casi genial de aquel reporfecillo 3 e diez y ocho años, Pepe Rouletabille, que fue el único que descubrió, bajo las facciones del célebre agente de Seguridad Federico Larsán, á Ballmeyer en persona... La muerte accidental y, podemoé decirlo, milagrosa del miserable parecía haber puesto término á tantos acontecimientos dramáticos, y no fue una de las menores causas de la rápida curación de Matilde Stangerson, que estuvo á punto de perder la razón á consecuencia de los misteriosos horrores de Glandier. -De todo jesto resulta, querido amigo- -decía el Sr. Henri- Robert á su colega Andrés Hesse, cuya mirada inquieta registraba la iglesia, -de todo esto resulta que en la vida hay que ser optimista. Todo se arregla, hasfa las desgracias de la Sra. Stangerson... Pero, ¿nué le ocurre, que no hace usted más que volver la cabeza hacia atrás, registrándolo todo con la vista. ¿Espera usted á alguien? -Sí- -contestó el Sr. Hesse. ¡Espero á Federico Larsán! El Sr. Henri- Robert se rió cuaui o la santidad del lugar permitía; pero yo no me reí, por no estar lejos de pensar como el Sr. Hesse. Cierto que estaba á cien leguas de prever la espantosa aventura que nos amenazaba; mas cuando veo en mi imaginación aquella época y descarto cuanto desde entonces he sabido, cosa que, desde luego, trataré de hacer honradamente en el transcurso de este relato, no dejando aparecer la verdad sino á medida que la conocimos nosotros, recuerdo muy bien la curiosa emoción que me agitaba entonces al pensar en Larsán. -Amigo Sainclair- -dijo el Sr. HenriRobert al notar mi singular actitud, -no piense usted lo mismo; lo que dice mi colega es una broma... -Acaso no- -contesté. Y, casi sin darme cuenta, me puse también á mirar por la iglesia. En verdad, 1 aptas veces habían creído muerto á Larsán cuando se llamaba Ballmeyer, que bien podía resucitar una vez más ba o la personificación de Larsán. ¡Aquí tenemos á Rouletabille! -dijo Henri- Robert. Apuesto á que está más tranquilo que ustedes. -Muy pálido está- -hizo notar el señor Hesse. El repórter se llegó á nosotros y distraídamente nos estrechó la mano. -Buenos días, Sainclair; buenos días, señores... No llego tarde, creo... Me pareció que su voz temblaba... Se alejó en seguida, se aisló en un rincón y le vi arrodillarse en un reclinatorio como un niño. Ocultó su cara, pálida, en sus manos, y rezó. Ignoraba o que fuera devoto Rouletabille, y su ardiente plegaria me extrañó. Cuando alzó de nuevo la cabeza, sus ojos estaban llenos de lágrimas. No las ocultaba, sin preocuparle lo que ocurría en torno suyo; estaba por completo entregado á su oración y quizá á su pena. ¿Qué pena? ¿No parecía natural que se sintiera dichoso al presenciar una unión de todos deseada? La felicidad de Roberto Darzac y de Matilde Stangerson, ¿no era obra suya... Acaso llorara de placer. Se puso en pie y fue á esconderse detrás de un pilar. Me guardé de seguirle, pues comprendí que deseaba estar solo. Además, en aquel momento, Matilde, dando el brazo á su padre, efectuaba su entrada en la iglesia. Detrás de ellos venía Roberto. ¡Qué cambiados estaban los tres! Pero, cosa extraordinaria, Matilde resultaba más hermosa aún. Cierto que ya no era aquella magnífica mujer, aquel mármol vivo, aquella antigua divinidad, aquella fría beldad pagana que en las fiestas oficiales de la tercera República, á la que la obligaba á asistir la situación oficial de su oadre, excitaba un discreto murmullo de admiración. Parecía, al contrario, que la fatalidad, a! hacerle expiar tan tarde una imprudencia cometida tan joven, no la había precipitado en una momentánea crisis de desesperación y de locura sino para hacer que se quitara aquella careta de piedra detrás de la cual se ocultaba un alma en extremo delicada y tierna. Y esta era el alma que, á mi parecer, irradiaba aquel día sobre el puro óvalo de su cara, en sus ojos llenos de una tristeza feliz, sobre su frente lisa como el marfil, en la que se leía el amor á cuanto era bello y bueno. En cuanto á sus atavíos, confieso que me sería imposible decir siquiera de qué color era su vestido. Pero, en cambio, lo que siempre recordaré es la extraña expresión que de repente tomó su mirada al no descubrir entre nosotros á aquel á quien buscaba. Pareció 1 o recobrar por completo la calma sino cuando, por fin, hubo visto á Rouletabille detrás de un pilar. Le sonrió y después nos sonrió á nosotros. Continuará DE NUESTRO CORRESPONSAL ABC ENLONDRES I AMARINA INGLESA El presupuesto de Marina para el ejercicio de 1910 á 1911 es de 41 millones de libras esterlinas, la suma mayor aue hasta ahora había sido consagrada oara mantener la supremacía naval de la Gran Bretaña. Una parte de esta cantidad, que asciende á 13 millones, será destinada á pagar las nuevas construcciones, que, como se sabe, consisten en cinco Dreadnouqhts, siete cruceros pequeños y 20 torpederos. Esto, en realidad, y dada la forma como fue acogido el proyecto por el país desde que se dio á conocer, constituye un verdadero éxito, y cabe preguntar ¿es éste un éxito de los liberales? La respuesta es concluyente y categórica, no lo es desde ningún ounto de vista, puesto que los liberales hicieron saber al cuerpo electoral durante las pasadas elecciones que la Marina inglesa era lo bastante fuerte para hacer frente á cualquier combinación que en contra suya intentasen dos potencias extranjeras, política ésta que es tradición- en Inglaterra. Pues bien, mientras íanto, los consen adores opinaban lo contrario y decían que la escuadra había sido descuidada por los liberales, aue era insuficiente v aue era necesa- rmn TnWl mT IBrir TTinnn UI í I T r i r i itBirrrminT- mrTnmi np- -mniimi iirirürTii un- rmni- Hn n nm