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Un día acabó por decirme: ¡Pero comprenda usted que necesitaba conocer la verdadera nersonalidad de Larsán! -Sin duda: pero ese viaje á Norteamérica... Fumó su pipa y me volvió la espalda. Comprendí que tocaba al mi. -tcno de la Srta. Stangerson Pepe había pensado que aquel misterio que de tan terrible manera ligaba Lar san á Matilde, misterio que en nada era explicado por el género de- vida de Matilde en Francia debía de tener su origen en la vida de Matilde en Norteamérica Y Pepe, deseoso de adquirir pruebas con que taparle la boca á Lar san, había ido á Füadelfia. ¿Qué misterio era ese que había cerrado la boca á Matilde y á Roberto? Al cabo de tantos años, después de ciertas publicaciones de la Prensa escandalosa, ahora que el señor Stangerson lo sabe todo y todo lo ha perdonado, ahora puede decitse. Además, hay para poco rato, y cada cual quedará cu el puesto que debe ocupar, pues no han faltado menguados espíritus que acusaran á Matilde, cuando, en todo este si niestro asunto, desde el principio ha sido ella una víctima. El principio se remonta á una época lejana en que, jo enzuela, vivía con su padre en Füadelfia. Allí conoció, en un sarao, en casa de un amigo de su padre, á un compatriota, á un francés, que supo seducirla por sus modales, su ingenio, su dulzma y su amor. Decían que era rico. Pidió la mano de Matilde al célebre profesor. Tomó éste informes sobre el tal Juan Koussel, y casi en seguida supo que era un aventurero. Ahora bien, ya habrá usted comprendido que Juan Roussel no era sino una de las numerosas transformaciones del famoso iiallmeyer, perseguido en Francia y refugiado en Norteamérica. Pero esto no lo sabían ni Stangerson ni su hija. Esta no lo supo sino en las circunstancias siguientes: el profesor, no sólo le había rehusado á Roussel la mano de su hija, sino que, además, le había prohibido la entrada en su casa. La joven, cuyo corazón se enamoraba por primera vez, y que no veía nada tan hermoso y tan bueno como su Juan, se resintió hondamente. No ocultó su disgusto á su padre, quien la envió, para que se calmara, á orillas del Ohío, á casa de una anciana tía que habitaba en Cincinati. Juan se juntó allá con Matilde, y á pesar de la mucha veneración que sentía por su padre, la joven resolvió burlar la vigilancia de su tía y marcharse con Juan Roussel, decididos á aprovechar las facilidades de la ley americana, para casarse cuanto antes. Se marcharon, pues, no lejos, á Louisville. Allí, una mañana, llamaron á la puerta: era la policía, que deseaba arrestar á Roussel, cosa que hizo, á pesar de los gritos y de las protestas de la hija del profesor Stangerson. Al mismo tiempo, la policía ponía en conocimiento de la joven que su marido no era sino el harto famoso Ballmeyer... Desesperada, después de un vano intento de suicidio, la joven se volvió al lado de su tía, que creyó morir de alegría al verla. Hacía ocho días que, por orden suya, buscaban á Matilde por todas partes, y no se había atrevido á avisar al padre. La joven le hizo jurar á su tía que nada sabría el padre nunca. Esto era justamente lo que deseaba la tía, que se sentía culpable de ligereza en tan grave circunstancia. Un mes después, Matilde volvía al lado de su padre, arrepentida, con el corazón muerto ya por el amor y no deseando más que una cosa: no volver á oir hablar de su marido, el terrible Ballmeyer; llegar á perdonarse su falta á sí misma, y rehabilitarse ante su propia conciencia por una vida de ívabajo sin límite y de abnegación hacia su padre. Cumplió su palabra. No obstante, en el momento en que, después de habérselo confesado todo á Roberto, creyendo difunto á Ballmeyer, pues se había hablado de su muerte, se había concedido la felicidad suprema, al cabo de tan larga expiación, de unirse á un amigo seguro, ¡el destino le resucitaba á Juan Roussel, al Ballmeyer de su juventud! Le había éste hecho saber que nunca permitiría su matrimonio con el Sr. Darzac, y que la seguía queriendo lo cual, por desgracia, era cierto. Matilde no ritubeó en confiarse á Roberto Darzac; e enseñó aquella carta en que Juan Roussel- Federico Larsán- RaUmeyer le recordaba las primeras horas de su unión en aquel reducido y lindo presbiterio, alquilado por ellos en Louisvilíe ...Nada ha perdido de su encanto el presbiterio, ni de su lozanía el jardín El rniserable decía que era rico y emitía la pretensión ¡de llevársela de nuevo allá! Matilde le había, declarado á Darzac que, si llegaba su padre á sospechar se- mojante deshonra, se mataría ella Darzac había jurad imponer silencio á aquel individuo, ya por el terror, ya por la fuerza, aunque tuviese que cometer un crimen... Pero semejante empresa superaba á sus fuerzas, y habría sucumbido sin Rouletabille. En cuanto á Matilde, ¿qué podía hacer trente al monstruo? La primera vez, cuando, después de amenazas que la habían puesto en guardia, se presentó ante ella en el Cuarto amarillo trató de matarlo. Por desgracia suya, ni lo consiguió. Desdeaquel momento se convertía en víctima segura do l ítSS ser invisible que podía tenerla a merced suya hasta la te que vivía en casa de ella, á su lado, sin que ella lo supiese, que exigía citas en nombre del amor de ambos La primera vez había rehusado aquella cita, pedida en la carta de la oficina 40 de lo cual había resultado el drama del Cuarto amarillo La segunda vez, avisada por nueva carta de él, carta llegada por el correo, había huido de la cita encerrándose en el tocador con sus enfermeras. En dicha carta, 1 miserable la decía que, puesto que no podía acudir, en vista de su estado él iría á su cuarto á tal hora... y que, por consiguiente, tomase las necesarias precauciones para que 110 hubiese escándalo... Matilde, sabiendo que todo era de témetele la audacia de Ballmeyer, le había abandonado su cuarto... Aquello fue el episodio de la galería inexplicable La tercera vez, ella era la que había preparado la cita Porque, antes de salir del cuarto vacío de Matilde, la noche de la galería inexplicable Larsán le había escrito, cual debemus recordar, una última carta, dejándola sobre la mesita de la víctima; dicha carta exigía una cita efectiva cuyas fecha y hora fijó él, prometiéndole traerle los papeles de su padre y amenazándola con quemarlos si aun se negaba No dudaba Matilde que tuviera el miserable en su posesión aquellos preciosos papeles, con lo cual no hacía sino renovar una antigua hazaña, pues siempre creyó Matilde que, ayudada por la inconsciente complicidad de ella, había robado él en Fihdclña importantísimos papeles de los cajones del pvofc 33