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SL CUARTO ro... Pero la mujer dispara... Sale la bala, y hiere la mano, Ja cual abandona el arma. El hueso rueda al suelo, ensangrentado por la herida del asesino... éste se tambalear va á apoyarse contra la pared, imprime en ella sus rojos dedos, ieme otra bala, y huye... Le ve ella atravesar el laboratorio... Escucha... ¿Qué hace en el vestíbulo... Mucho tarda en saltar por esa ventana... ¡Por fin salta! ¡Corre ella á la ventana y la cierra... ¿Ha visto ú oído algo su padre? Ahora que ha desaparecido el peligro, su pensamiento va á su padre... Dotada de sobrehumana energía, le ocultará todo, si aún es tiempo... Y cuando vuelva el Sr. Stangerson hallará cerrada la puerta del Cuarto amarillo y á su hija en el laboratorio, trabajando... Pepe se vuelve hacia el Sr. Darzac: -Usted que sabe la verdad- -exclamó. -díganos si lian ocurrido así las cosas... -Nada sé- -contestó Darzac. ¡Es usted un héroe! -dice Rouletabille cruzándose ele brazos. -Pero si la Srta. Stangerson estuviese en estado de saber que está usted sobre ese banquillo, le pediría que dijera lo que ella le ha confiado: ¡ella misma vendría á defender á usted... Darzac no dijo una palabra, no hizo un movimiento. Miró tristemente á Pepe. ¡En fin- -dijo este, -puesto que no está aquí la señorita Stangerson. preciso es que esté 3 0! Pero, créame, Sr. Darzac; el único medio de salvar á la Srta. Stangerson y de devolverle la razón es que consienta usted en salir libre... Una granizada de aplausos acogió esta última frase. Ni siquiera trató el presidente de refrenar el entusiasmo de la sala. Koberto Darzac estaba salvado. No había más que mirar á los jurados para convencerse de ello. Su actitud manifestaba altamente su convicción. Entonces exclamó el presidente: -l ero, en fin, ¿qué misterio es ese que hace que la señorita Stangerson, á quien intentan asesinar, disimule semejante crimen á su padre? -Eso, señor presidente, no lo sé... Eso no es de mi incumbencia... El presidente hizo un nuevo esfuerzo cerca de Darzac. ¿Sigue usted rehusando decimos cuál ha sido el empleo de su tiempo mientras atentaban á la vida de la Srta. Stangerson? -ÍCada puedo decir... El presidente imploró con la mirada una explicación de Kouletabille: -Hay derecho á pensar, señor presidente, que la. s ausencias del Sr. Darzac se relacionaban estrechamente con el secreto de la Srta. Stangerson... Por eso el Sr. Darzac se cree obligado á guardar silencio... Imagine usted que Larsán, que en sus tres intentonas hizo cuanto pudo para encaminar las sospechas hacia el Sr. Darzac, haya fijado, justamente, aquellas tres veces, citas al Sr. Darzac en un sitio comprometido, citas en que había de tratarse de misterio... El Sr. Darzac preferirá dejarse condenar á confesar lo más mínimo, á explicar la cosa más insignificante relacionada con el misterio de la Srta. Stangerson. Larsán es lo bastante astuto para haber dado con esa combinación... El presidente, ya más propicio, pero curioso, insiste aún: -Pero, ¿qué misterio puede ser ese? ¡Eso no puedo decirlo! -contestó Pepe saludando al presidente. -Pero creo que ya se sabe lo bastante para poner en libertad al Sr. Darzac... ¡A menos que vuelva Larsán... pero no lo creo... -dijo Pepe con una risotada de nombre de buen humor. Todo el mundo se rió con él. -Todavía una pregunta- -dijo el presidente. -Comprendemos, admitiendo su tesis, que Larsán haya querido hacer recaer las sospechas sobre el Sr. Darzac; pero, ¿qué interés podía tener en que apareciera como culpable el tío Santiago? ¡El interés del policía! señor. El interés de mostrarse astuto aniquilando él mismo las pruebas acumuladas por él. Eso es de mucho ingenio... Esc ardid le na servido muchas veces para desviar sospechas que hubiesen podido recaer sobre él. Probaba la inocencia de uno antes de acusar al otro. Piense, señor presidente, que un asunto como éste debía de haberlo preparado Larsán desde larga fecha. Afirmo que todo lo había estudiado. Si tiene usted curiosidad por saber cómu se había documentado, sabrá usted que en cierto momení se hizo recadero entre el laboratorio de la Seguridad y d Sr. Stangerson, á quien pedían experimentos Así. pudo, antes del, crimen, penetrar dos veces en el pabellón. De tal manera estaba disfrazado, que el tío Santiago, más tarde, no lo conoció; pero encontró ocasión Larsán do birl? r 1 c al tío Santiago un par de zapatos de descho y muí boma vieja que en un pañuelo tenía preparados el viejo, siu duda para llevárselos á un amigo suyo, carbonero en el camino de Epinay... Ya descubierto el crimen, el tío Srmtiago, que reconoció aquellos objetos, se guardó de decir, desde luego, que eran suyos. Eran harto comprometedores, y esto no. explica la turbación del buen hombre por entonces, cuando le hablábamos de ello. Todo eso resulta clarísimo, y he obligado á Larsán á que me lo confiese. Por cierto que no se hri hecho rogar, pues, si es un bandido, cosa que me atrevo á creer, nadie pone en duda que es también un artista... Esc hombre tiene una manera suya, peculiar, de cometer crímenes... Lo mismo hizo cuando el suceso del Crédito Universal y de las barras de oro de la Casa de la Moneda Y me atrevo á decir que habrá que revisar esas causas, señor presidente, pues hay algunos inocentes en las cárceles desde que Tíallmcyer- Larsán pertenece á la Seguridad XXVLIÍ DONDE QUEDA lJfeO AJL O QUE NO SIEMPRE SE PIENSA EN TODO Emoción considerable, murmullos, bravos. El abogado EIJri- Robert pidió que el asunto fuera trasladado á tra sesión para suplemento de instrucción; el fiscal general se asoció á tal deseo. El asunto fue trasladado. Al día siguiente, Darzar era puesto en libertad provisional, -y el tío Mateo se beneficiaba de un sobreseimiento inmediato. En vano buscaron á Larsán. Quedaba probada la inocencia. El Sr. Darzac nudo, por fin, escapar á la espantosa calamidad que le amenazaba. Pudo esperar, después de una visita á Matilde, que, á fuerza de cuidados asiduos, acabaría por recobrar la razón.