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MISTERIO L CUARTO AMARILLO tomarla, cuando estaba agachado sobre los mentirosos rasiros sensibles, me levanté de repente, acudiendo al lado bueno de mi razón, y subí á la galería. Allí me di cuenta de que el asesino que habíamos perseguido no había podido, esta vez, ni normal ni anormalmente salir de dicha galería. Entonces, con el lado sano, con la punta robusta de mi razón, si así puedo expresarme, tracé un círculo en el que encerré el problema, y alrededor de aquel círculo escribí estas llameantes letras: ¡Puesto que no puede el asesino estar fuera del círculo, es que está dentro! ¿A quién veo yo en ese círculo? El lado sano de mi razón me muestra, á más del asesino, que debe necesariamente hallarse en él: ¡al tío Santiago, al Sr. Stangerson, á Larsán y á mí! Con lo cual resultaban, incluso el asesino, cinco personajes. Ahora bien, cuando busco en el círculo, ó, si usted prefiere, en la galería, para hablar materialmente sólo cuatro personajes encuentro. ¡Y queda probado que el quinto no pudo huir, no pudo salir del círculo. Por consiguiente, en el círculo tengo un personaje que es dos es decir, que es: A más de su persona, la persona del asesino... ¿Por qué no haber notado eso antes? Simplemente, porque el fenómeno de la duplicación del personaje no se había efectuado ante mi visía. ¿Con quién, de los cuatro personajes encerrados en el círculo, ha podido duplicarse el asesino sin que yo lo vea? No ciertamente con las personas que me parecieron desdobladas del asesino Por eso vi, al mismo tiempo en la galería, al Sr. Stangerson y al asesino, al tío Santiago y al asesino, á mí y al asesino. Por consiguiente, el asesino no puede ser ni el Sr. Stangerson, ni el tío Santiago, ni yo. Además, de ser yo el asesino, supongo que lo sabría; ¿no es cierto, señor presidente... ¿Vi al mismo tiempo á Federico Larsán y al asesino? ¡No... ¡No! Habían transcurrido dos segundos durante los cuales había perdido de vista al asesino, pues éste llegó, según lo tengo apuntado en mis notas, dos segundos antes que el Sr. Stangerson, que el tío Santiago y que yo, al cruce de las dos galerías. Habíale bastado ese tiempo á Larsán para meterse en la galería vuelta, quitarse su barba postiza, volverse y juntarse con nosotros, como si realmente persiguiera al asesino... ¡Cosas más estupendas que esas ha hecho Ballmeyer! De sobra comprende usted que sólo un juego era para él disfrazarse de tal suerte que pareciese, tan pronto con su barba roja á la Srta. Stangerson, tan pronto á un empleado de Correos con un collar de barba castaño que le hacía parecerse al Sr. Darzac, cu a pérdida perseguía Larsán. Sí, el lado bueno de mi razón establecía una unión entre aquellos dos jjersonajes, ó más bien, aquellas dos mitades de personaje no vistas por mí al mismo tiempo Federico Larsán y el desconocido á quien, yo perseguía... p; ra convertirlo en el ser misterioso y formidable á quien buscaba: el asesino Tal revelación me trastornó. Traté de ver claro ocupándome un poco de los rastros sensibles, de las señales exteriores que hasta entonces me habían engañado, y que era preciso, normalmente, hacer entrar en el círculo trazado por la punta robusta de mi razón ¿Cuáles eran, por de pronto, las principales señales exteriores que aquella noche me habían alejado de la idea de un Federico Larsán asesino? i. Había visto al desconocido en el cuarto de la señorita Stangerson, y, corriendo al cuarto de Larsán, encontré á éste aletargado. 2 0 La escalera. 3. Había colocado á Larsán al cabo de la galería vuelta, diciéndole que iba á saltar al cuarto de la Srta. Stangerson para tratar de coger al asesino. Y volví al cuarto de la señorita Stangerson, en donde de nuevo hallé á mi desconocido. La primera señal exterior no me impresionó mucho. Lo probable es que, cuando bajé de mi escalera, después de haber visto al desconocido en el cuarto de la Srta. Stangerson, ya había acabado éste lo que tenía que hacer. Entonces mientras regresaba yo al castillo, entraba él en el cuarto de Federico Larsán, se desnudaba de prisa y corriendo, y, al venir yo á llamar á su puerta, aparecía Larsán adormilado... La segunda señal: la escalera, no me preocupó. Era evidente que, de ser Larsán el asesino, no necesitaba escalera para introducirse en el castillo, puesto que Larsán dormía en un cuarto contiguo al mío; pero aquella escalera estaba allí para hacer creer que el asesino venía de fuera cosa necesaria al sistema de Larsán, puesto que aquella noche no estaba en el castillo el Sr. Darzac. Y, finalmente, aquella escalera podía facilitar la huida de Larsán. Pero la tercera señal exterior me trastornaba por completo. Habiendo yo colocado á Larsán en la galería vuelta, no podía explicar que hubiese aprovechado el momento en que iba yo al ala izquierda del castillo en busca del Sr. Stan- gerson y del tío Santiago, para volver al cuarto de ia señorita Stangerson... ¡Se exponía mucho al hacer tal cosa! Corría riesgo de que lo sorprendieran... ¡El lo sabía... Y á punto estuvo de hacerse agarrar... por haberle faltado tiempo para volver á su puesto, como de seguro esperaba... Preciso era que tuviese, para volver al cuarto, una razón muy necesaria que de repente le asaltara, después de su salida del cuarto, ¡pues de lo contrario no me habría prestado su revólver! Respecto de mí, cuando envié al tío Santiago al final de la galería recta, creía, naturalmente, que Larsán seguía en su puesto al final de la galería vuelta; y el mismo tío Santiago, á quien, además, no había yo dado detalles al irse á su puesto, no miró, cuando pasó por la intersección de las dos galerías, si estaba Larsán en el suyo. En aquel momento, el tío Santiago sólo pensaba en ejecutar rápidamente mis órdenes. ¿Cuál era, pues, aquella razón imprevista que había podido conducir á Larsán por segunda vez al cuarto... Pensé que fuera alguna señal sensible de su paso que le denunciara ¡había olvidado algo muy importante en el cuarto! ¿Qué... ¿Encontró aquella cosa... Recordé la bujía en el suelo y el hombre inclinado sobre aquel suelo... Pedí á la portera, encargada del aseo de aquella habitación, que buscara... y encontró unos lentes... ¡Estos lentes, señor presidente! Y sacó Pepe de su paquetito los que ya conocemos. -Cuando vi estos lentes, quedé espantado... Nunca h ía yo visto lentes á Larsán... Si no se los ponía, era, sin v. ua. que no los necesitaba... Menos los necesitaba entonces en un momento en que la libertad de sus movimintos le era tan indispensable... ¿Qué significaban aquellos lentes... No entraba en mi círculo. ¡A menos que sean lentes de présbite! 3O