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arrestar a nadie. Soy un servidor de la verdad, pero la sirvo I Rouletabille füé llamado inmediatamente á la barra, y su á mi manera, como se me antoja... Preserven ustedes á la so- interrogatorio, pues más bien se trataba de un interrogatorio ciedad como puedan; pero no seré yo quien le traiga cabezas que de una declaración, se reanudó. al ver aigo... Si es usted justo, señor presidente- -y lo es usEl presidente: ted, -dirá que tengo razón... ¿No dije antes que llegaría el- -Antes nos ha dicho usted, caballero, que era imposible momento en que comprendiera que no podía yo pronunciar d huir de aquel rincón de patio. Admito con usted, tengo á bien nombre del asesino antes de las seis y media Había calca- admitir que puesto que Larsán se hallaba en su ventana, inlado que ese tiempo sería necesario para avisar yo á Larsás siinado hacia afuera, por encima de ustedes, estuviese aún y para que pudiera tomar el tren de las cuatro y diez y siete en aquel rincón del patio; pero, para hallarse en su ventana, minutos, con dirección á París, en donde sabría ponerse á sal- preciso le había sido salir de aquel patio. Y, siendo así, había vo... Una hora para llegar á París, hora y cuarto para hacer huido. Pero ¿cómo? desaparecer todo rastro de su paso... Todo eso nos traía has a Rouletabille: las seis y media... No verá usted más á Federico Larsán- -d t- -He dicho que no pudo huir normalmente... Huyó, claró Rouletabille mirando á Roberto Darzac. -Es demasiado pues, anormalmente El trozo de patio, también lo he diastuto... Ese hombre se le ha escapado á la justicia siempre cho, no estaba sino casi cerrado, en tanto que el Cuarto de entre las manos... y eso que lo han perseguido mucho... amarillo lo estaba del todo. En el patio, podía uno trepar pero inútilmente... Si es menos hábil que yo- -dijo Pepe rién- por la pared, cosa imposible en el Cuarto amarillo llegar dose solo, pues nadie tenía ya gana de reir, -si es menos hábil al terrado, y desde éste mientras examinábamos el cadáver que yo, lo es más que todos los policías de la tierra. Ese hom- del guarda, penetrar desde el terrado en la galería por la bre, que desde hace cuatro años se ha introducido en la Segu- ventana que da encima. Sólo un paso tenía que dar Larsán ridad y que en ella se ha hecho célebre bajo el nombre y ape- para. estar en su cuarto, abrir su ventana y hablarnos. Esto llido de Federico Larsán, es mucho más célebre bajo otro ape- no era más que un juego para un acróbata de la habilidad llido que usted conoce de sobra. ¡Señor presidente, Federico de Ballmeyer. Aquí tiene usted, señor presidente la prueba de lo que digo. Larsán es Ballmeyer Sacó Pepe del bolsillo de su americana un paquetito, lo- ¡Ballmeyer! -exclamó el presidente. ¡Ballmeyer! -dijo Darzac levantándose á medias. -Ball- abrió y sacó de él una clavija. -Esta es, señor presidente, una clavija que se adapta permeyer... ¡Conque era verdad! ¡Señor Darzac! ¡Supongo que ya no me cree usted loco! fectamente á un agujero que aun se ve en el sostén de la de; Ballmeyer! ¡Ballmeyer! ¡Ballmeyer! No se oía n que recha del terrado. Larsán, que todo lo preveía y que peneste apellido en la sala. El presidente suspendió la audiencia. saba en todos los medios de huida que pudiera haber en torno de su cuarto- -cosa necesaria en individuos de su especie, había hundido previamente esta clavija en aquel sostén. Un Figúrense si fue movida aquella suspensión de audien- pie en el tope que se halla en el ángulo del castillo, otro pie cia. El público tenía con que pasar el rato. ¡Ballmeyer! A sobre la clavija, una mano en la cornisa de la puerta del guartodos les parecía ya asombroso el chicuelo. ¡Ballmeyer! Pero da, y la otra en el terrado, y Larsán desaparecía por los aires... si habían anunciado su muerte unas semanas antes... Por tanto más cuanto que es muy ligero, y que aquella noche lo visto, Ballmeyer se había sustraído á la muerte; como no estaba adormilado por un narcótico, como quiso hacernos oda su vida, se había sustraído á los gendarmes. ¿He de creer. Habíamos comido con él, señor presidente, y, á los recordar aquí las hazañas de Ballmeyer? Por espacio de postres, simuló caerse de sueño, pues necesitaba 1 que le creveinte años ha dado mucho que hacer á los jueces y á los ¡yéramos dormido, á fin de que, al día siguiente, á nadie le periodistas; y si algunos de mis lectores han podido olvidar extrañara que yo hubiera sido víctima de un narcótico al coel asunto del Cuarto amarillo el apellido de Ballmeyer mer con Larsán. Desde el momento en que corrimos la misha quedado seguramente en su memoria. Ballmeyer fue la ma suerte, no se fijaban en él las sospechas y se perdían en personificación del estafador de alto vuelo; no había gentle- otra pista. Porque yo, señor presidente, fui dormido de veman más gentleman que él; ningún prestidigitador le iguala- ras por Larsán... De no haber estado en tan triste estado, ba en destreza; no había apache como hoy se dice, más jamás se introdujera Larsán aquella noche en el cuarto de audaz y más temible que él. Recibido en la sociedad más aris- la Srta. Stangerson, y no habría ocurrido la desgracia que tocrática, figurando en los círculos de más difícil entrada, deploramos... robó la honra de la familia y el dinero de los postores con- Se oyó un gemido- era Darzac, que no había podido con na maestría nunca superada por nadie. En ocasiones pe- tener su doloroso quejido... liagudas, no titubeó en echar mano de la navaja y del hueso- -Comprenda usted- -añadió Pepe- -que, teniendo mi cuarde pierna de carnero. Además, nunca se paró en barras, y nin- to al lado del de Larsán, le molestaba mucho, aquella noche, guna empresa fue superior á sus fuerzas. Caído una vez en porque sabía, ó por lo menos podía sospecharlo, que aquella manos de la justicia, se escapó, en la mañana de la vista del noche había de estar en vela ¡Claro que ni por espacio de proceso, echando pimienta en los ojos de los guardias que lo un segundo podía creer Larsán que me era sospechoso! Pero conducían á la audiencia. Más tarde se supo que aquél mis- podía yo sorprenderle en el momento de salir de su cuarto mo día, mientras le andaban buscando los más hábiles poli- para ir al de la Srta. Stangerson. Esperó, aquella noche, pa ra cías de Seguridad, asistía él tranquilamente, sin disfraz al- penetrar en la habitación de la víctima, á que estuviese yo guno, á una primera representación del Teatro Francés. Des- dormido y á que mi amigo Samclair estuviese en mi propio pués salió de Francia para trabajar en Norteamérica, y cuarto ocupado en despertarme. ¡Diez minutos después. s ttn día la policía del Estado de Ohío echó el guante al asom- Srta. Stangerson gritaba, medio muerta! broso bandido; pero al día siguiente se escapaba... ¡Ball- ¿Qué es lo que hizo á usted sospechar entonces eme fuemeyer... un tomo sería necesario para contar sus proezas... ra Larsán el asesino? -preguntó el presidente. y semejante hombre se había convertido en Federico Lar- El lado bueno de mi razón me lo había indicado, sesán... ¡Y aquel chicuelo, Rouletabille, había descubierto tal ñor presidente; por eso lo vigilaba; pero es un hombre treenredo... El mismo joven, que conocía á fondo á Ballme- mendo, y no previ el golpe del narcótico. ¡Sí, el lado bueno iver, le permitía burlarse una vez más de la sociedad, dán- de mi razón me había hecho ver claro! Pero necesitaba una dole medio de escaparse! Respecto de esto Ultimo, no podía prueba palpable; como si dijéramos: verlo al cabo de mis yo sino admirar á Pepe, por saber que su intento era favo- ojos después de haberlo visto al cabo de mi razón recer hasta lo último á Roberto y á Matilde, librándolos del- ¿Qué entiende usted por el lado bueno de su razón bandido sin que éste hablara. -La razón, señor presidente, tiene dos lados: el bueno y Aun no se había repuesto el publico de semejante revela- el malo. Sólo en uno podemos tener confianza: en el bueno. ción, cuando oí á los más impacientes exclamar: Aun ad- Se le conoce á éste porque triunfa de todos los errores en mitiendo que sea Larsán el asesino, ¿cómo salió del cuarto que podamos incurrir. Al día siguiente de la galería inexplicable en momento de verme como el más mísero de los imarillo... hombres que no saben utilizar tu razón por no saber en dónde En esto volvimos á la sala. m i l iWldilMlMrniínrm un tt nrirairrnnunT- nrririiiri irrinmirTinrnmunir im umim n n n innirr- nrinm i n i