Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Y añadió, amenazador: el efecto de semejante acusación... Don Roberto Darzac mis- ¡Toda la importancia de esas palabras... para usted mo dice que está usted loco... Si no lo está usted, debe tener no para los demás... pruebas... Pepe, sin emoción alguna, le miraba y respondió- ¡Pruebas, señor presidente... ¿Quiere usted pruebas? -Sí, señor. Una le voy á dar á usted: mande que venga Federico Larsr. -Vamos á ver- -dijo el presidente. -Hablábamos antes de El presidente: aquel rincón del patio que sirvió de refugio al asesino, v nos- -Ujier, llame usted á Federico Larsán. prometía usted decirnos, á las seis y media, cómo huyó el aseEl ujier corrió á la puertecita, la abrió y de apareció... La sino d ¡aquel rincón y también el nombre del asesino. Son las seis y treinta y cinco, Sr. Rouletabille, y aun no sabemos nada. Todo lo diré- -comenzó mi amigo en me. dio de tan solemne silencio que no recuerdo haber visto otro semejante. -líe dicho que aquel rincón de patio estaba cerrado y que era imposible al asesino escaparse de aquel cuadro sin que lo notaran los que andaban en busca suya. Tal es la exacta verdad. Cuando estábamos en aquel rincón de patio, el asesino estaba todavía allí con nosotros! ¡Y no lo vio usted... tal pretende la acusación. ¡Todos lo vimos, señor presidente! -exclamó Pepe, ¡Y no lo detuvieron ustedes... -Sólo yo sabía que era el asesino. ¡Y necesitaba que no fuera arrestado! Por otra parte, en aquel momento no tenía más prueba que mi. razón Sí, sólo mi razón me probaba H que allí estaba el asesino y que le veíamos... He tomado el tiempo que me era indispensable para aportar hoy á esta auf diencia una prueba irrefutable y que afirmo habrá de contentar á todo el mundo ¡Pues hable usted! ¡Hable usted! Díganos el nombre del asesino. -Lo hallará usted, señor presidente, entre los nombres de los que estaban en aquel rincón de patio- -replicó Pepe, que no parecía tener prisa... n. El público comenzaba á impacientarse. -i El nombre! ¡El nombre! -murmuraba la gente. Pepe, con tono que merecía bofetones, dijo: -Tengo mis razones, señor presidente, para obrar con lentitud... El nombre! ¡El nombre! -repetía la muchedumbre. ¡Silencio! -chilló el ujier. El presidente dijo: -i Es preciso que nos diga usted en seguida el nombre del asesino! Los. que estaban en aquel rincón, eran: el guarda, muerto. ¿Era él el asesino? -No, señor. ¿El tío Santiago? -No, señor, puerta había quedado abierta... todas las miradas se fijaror. -i El portero. Bernier? en ella... El ujier reapareció. Llegó frente al presidente y dijo: -No, señor... ¿El Sr. Sainclair? -Señor presidente, Federico Larsán no se halla en la sah- -No, señor... de testigos. Se marchó á eso de las cuatro y media, y nadi. -Entonces, ¿míster Arthur- William Ranee? Pues no que- desde entonces lo ha vuelto á ver. dan más que él y usted. ¿Es usted el asesino? Pepe ritó triunfante: ¡No, señor! ¡Mi prueba! ¡ésa es mi prueba! -En ece caso, ¿acusa usted á míster Ranee? -Expliqúese... ¿Qué prueba? ¡No, señor! -Mi prueba irrefutable. ¿No ve usted que es la huida d ¡Pues no entiendo una palabra... ¿Qué pretende us- Larsán? Juro á usted que no ha de volver... Ya no verá usted ted... Nadie más había allí. más á Federico Larsán... -Sí, señor... Nadie había en el patio ni debajo de él, pero Rumores en el fondo de la sala. había alguien encima, alguien que miraba desde una ventana -Si no se burla usted de la justicia, ¿por qué no habe- ¡Federico Larsán! -exclamó el presidente. aprovechado el momento en que estaba aquí Larsán, en est ¡Federico Larsán! -contestó con voz firmísima Roule- sitio, con usted, para acusarle cara á cara? ¡Siquiera hubier. i tabille. podido contestarle! Y volviéndose hacia el público, que ya murmuraba, le arro- ¿Qué contestación fuera más completa que ésta, señor jó estas palabras con una fuerza de la que no le creía yo presidente... ¡No me contesta! ¡No me contestará nunca! capaz: Acuso á Larsán de ser el asesino ¡y se escapa! ¿Le paree 1- ¡Federico Larsán, el asesino! á usted poca prueba... Un clamor que expresaba asombro, consternación, incr. e- -No queremos creer, no creemos que Larsán. como usté 1 dulidad, indignación y, en algunos, entusiasmo por aquel chi- dice, se haya escapado ¿Por qué se habría escapado? N. cuelo que se atrevía á tanto, llenó la sala. El presidente no sabía que usted iba á acusarle. trató siquiera de calmar la efervescencia. Ya que la calmaron- -Sí, señor, lo sabía, puesto que yo mismo se lo he dich los enérgicos ¡Chist! de los que querían conocer en seguida antes... la continuación de las revelaciones, se ovó claramente á Dar- ¡Usted ha hecho eso... ¡Cree usted que Larsán es el asezac que, dejándose caer sobre su banquillo, decía: sino y le da usted medios para que huya... ¡Eso es imposible! ¡Está loco... -Sí, señor presidente, he hecho eso- -replicó Pepe con orEl presidenta gullo... Yo no soy de la justicia no soy de la policía ¿Se acreve usted á acusar á Federico Larsán? Vea usted soy un humilde periodista y mi oficio no consiste en hace, 29