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sacional demostración. En el momento de ocupar sus asientos los jurados, se notó que parecían haberse interesado mucho en una rápida conversación efectuada entre el abogado Henri- Robert y el director de la Epoque. En seguida fue éste á colocarse en la primera fila de público sentado. Algunos se extrañaron de que no siguiera á los testigos á la sala reservada para ellos. La lectura del acta de acusación se efectuó como casi siempre, sin incidente. No he de relatar aquí el largo interrogatorio que sufrió Darzac. Sus contestaciones fueron á la vez naturales y misteriosas. Todo lo que podía decir pareció natural todo lo que calló pareció terrible para él, aun ante aquellos que sentían su inocencia. Su silencio sobre los puntos que conocemos se irguió contra él, y parecía que aquel silencio había fatalmente de aplastarle. Resistió á las exhortaciones del presidente y del fiscal. Le dijeron que callarse en tales circunstancias equivalía á la muerte. -Bien, pues la sufriré; pero soy mócente. Con esa prodigiosa habilidad que ha cimentado su fama, y aprovechándose del incidente, Henri- Robert trató de engrandecer el carácter de su cliente, por el hecho mismo de su silencio, haciendo alusión á deberes morales que sólo las almas heroicas son susceptibles de imponerse. El eminente abogado logró conveacer á quienes coaocían á Darzac; pero los demás vacilaban. Se suspendió la audiencia, y luego comenzó el desfile de testigos: nada se decía de Rouletabille. Cada vez que una puerta se abría, todas las miradas iban hacia aquella puerta, fijándose después ea el director de la Epoque, quien, impasible, no se movía de su sitio. Por fin le vieron llevar la mano á su bolsillo y sacar de él una carta Este hecho provocó hondo rumor. No es mi intención referir aquí todos los incidentes del proceso. Harto conocen mis lectores el asunto. Tengo prisa por llegar al momento verdaderamente dramático de aquella inolvidable jornada. Ocurrió éste al dirigirle Henri- Robert algunas preguntas al tío Mateo, quien, en la barra de los testigos, negaba, entre dos gendarmes, haber asesinado al hombre verde Llamaron á la mujer y hubo un careo entre los dos esposos. Confesó, llorando, que había sido la amiga del guarda, que su marido había sospechado de ella; pero afirmó que nada tenía que ver éste en el asesinato de su amigo Entonces pidió Henri- Robert que tuviera á bien el tribunal oir inmediatamente sobre ese asunto á Federico Larsán. -En una corta conversación que acabo de tener con Federico Larsán durante la suspensión de la audiencia- -declaró el abogado- -éste me ha hecho comprender que la muerte del guarda podía explicarse de otra manera que por la intervención del tío Mateo. Sería interesante conocer la hipótesis de Larsán. Larsán fue introducido. Se explicó muy netamente- -No veo- -dijo- -la necesidad de hacer intervenir al tío Mateo en todo esto. Ya se lo he dicho al señor de Marquet; pero las palabras más que vivas pronunciadas por el posadero le han hecho mucho daño en el ánimo del señor juez de instrucción. Para mí, el asesinato de la Srta. Stangerson y el asesinato del guarda son un soló y mismo asunto Han disparado tiros sobre el asesino de la Srta. Stangerson, que huía por el patio principal; los que tiraban tiros han podido creer que le habían matado. Lo positivo es que el guarda no hizo más que tropezar en- el momento en que desaparecía detrás del ala derecha del castillo. Allí, el asesino se vio frente á frente con el guarda, el cual quiso sin duda oponerse á su huida. El asesino tenía todavía en la mano el arma con que acababa de herir á la Srta. Stangerson; le dio al guarda una cuchillada en el corazón, y el guarda murió. Esta explicación tan sencilla pareció tanto más plausible cuanto que ya muchos de los que se interesaban por los misterios del castillo habían dado con ella. Se oyó un murmullo de aprobación. -jY el asesino, qué ha sido de él? -preguntó el presidente. -Sin duda se ha ocultado en un rincón obscuro de aquel patio, y, una vez fuera los que llevaban el cuerpo, pudo tranqvtilamente huir. En aquel momento, desde el fondo del público en pie una voz juvenil se alzó. En medio del estupor general, decía: -Soy del parecer de Federico Larsán en cuanto á la cuchillada en el corazón. Pero difiero de él respecto de cómo huyó el asesino de aquel patio Todo el mundo se volvió; los ujieres se precipitaron, impo niendo silencio. El presidente, irritado, preguntó que quién había alzado la voz, y ordenó la inmediata expulsión del intruso pero de nuevo se oyó la misma voz clara que gritaba: ¡Soy yo, señor presidente; yo, José Rouletabille! XXVII EN DOMDE PEPE ROULETABILLE APARECE EN TODA SU GLORIA. Se produjo tremenda marejada. Se oyeron gritos de mujeres que se desmayaban. Ya no hubo miramientos para la majestad de la justicia Todo el mundo quería ver á Pepe Rouletabille. El presidente gritó que iba á hacer evacuar la sala, pero nadie le oyó. Mientras, Pepe saltaba por encima de la valla que le separaba del público sentado; abriéndose camino con sendos codazos, llegó junto á su director, quien le abrazó con efusión, le cogió su carta de entre las manos, la metió en el bolsillo, penetró en la parte reservada y llegó hasta la barra de los testigos, atropellado, atrepellando, con cara sonriente, feliz, con su redonda y colorada cara iluminada por el brillo inteligente de sus ojos, grandes y redondos. Tenía el mismo traje inglés que llevaba en la mañana de su salida de París, pero ya muy estropeado; de su brazo colgaba su abrigo y en su mano tenía su gorra de viaje. Comenzó diciendo: -Ruego á usted me dispense, señor presidente, pero el transatlántico ha tenido retraso. Llego de Norteamérica. Sov José Rouletabille... Todo el mundo se echó á reir. A todos agradaba la llegada de aquel chicuelo. Parecía á todas aquellas conciencias que acababa dé quitárseles un peso de encima. La gente respiraba, segura de que el repórter traía realmente la verdad... que iba á hacer conocer la verdad... Pero el presidente estaba furioso. Conque es usted José Rouletabille... Pues bien, yo le enseñaré á usted, joven, á no burlarse de la justicia. Y hasta que el tribunal haya deliberado acerca de lo que se ha de hacer con usted, queda á disposición de la justicia. -Justamente, eso es lo que deseo, señor presidente: quedar á disposición de la justicia... á eso he venido, á ponerme á disposición de la justicia... Si mi entrada se ha efectuado en medio de cierto barullo, pido sinceramente perdón al tribunal... Tenga por seguro, señor presidente, que nadie respeta más que yo á la justicia... pero tuve que entrar como podía... Se echó á reir... y todo el mundo hizo lo mismo. Pero intervino Henri- Robert. Comenzó por excusar al joven, lo mostró animado de inmejorables intenciones, hizo comprender al presidente que muy difícilmente podrían pasar sin las declaraciones de un testigo que había residido día y noche en el castillo durante toda la semana misteriosa, de un testigo, sobre todo, que pretendía probar la inocencia del acusado y declarar el nombre del asesino. ¿Va usted á decirnos el nombre del asesino? -preguntó el presidente, más blando ya, pero escéptico. ¡Sólo para eso he venido, señor presidente! A punto estuvieron de aplaudir las más notables personalidades de la sala, pero los ujieres exigieron silencio absoluto. -José Rouletabille- -dijo Henri- Robert- -no ha sido citado regularmente como testigo; mas espero que, usando de su poder absoluto en este recinto, el señor presidente tendrá á bien interrogarle. -Está bien- -contestó el presidente. -Le interrogaremos Pero acabemos primero... -El fiscal se levantó: -Quizá fuera mejor- -hizo notar el representante del ministerio público- -que ese joven nos diga en seguida el nombre del que denuncia como asesino. El presidente aceptó con irónica reserva. -Si el señor fiscal da alguna importancia á la declaración 1 imrarmTT i TBTII mniiT nn iiirrími nnrrr