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MISTERIO bZL CUARTO A AARILLO la calle Oberkampf y sobre el asunto de las barras de oro de. la Casa de la Moneda Nos hacían prever la verdad antes que la revelara, ¡por completo el admirable tino de un Federico Larsán. Dichas averiguaciones eran conducidas por el más joven de nuestros redactores, un niño de diez y ocho años: Pepe Rouletabille, que será ilustre mañana. Cuando estalló el asunto Glandier, nuestro repórter se fue allá, hizo que todas las puertas se abrieran ante él y se instaló en el castillo; cosa tanto más sorprendente cuanto que todos los demás representantes de la Prensa se vieron obligados á retirarse. Al ¡lado dé Lac; án buscó la verdad; yió con espanto el tremendo error en que zozobraba la genial inteligencia del célebre policía en vano trató de desviarlo de la pista queseguía: no quiso Larsán consentir lecciones de aquel periodistilla. Sabemos adonde ha conducido al Sr. Darzac tal obcecación. Ahora, es preciso que sepa Francia, es preciso que sepa el mundo, que, la noche misma del arresto de D. Roberto Darzac, el joven Rouletabille penetraba en el despacho de nuestro director y le decía: Me voy de viaje. No sé cuánto tiempo estaré ausente; quizá un mes, dos, tres... acaso no vuelva nunca... He aquí una carta... Si no estoy de vuelta el día en que el Sr. Darzac se presente ante sus jueces, abra usted esta jcarta en plena sesión, después del desfile de testigos: Entiénídase usted para ello con el abogado del Sr. Darzac. Don Ro berto Darzac es inocente. En esta carta está escrito el nombre del asesino y no diré las pruebas, pues voy en busca de ellas, sino la explicación irrefutable de su culpabilidad Y se marchó nuestro redactor. Largo tiempo estuvimos sin noticias suyas; pero un desconocido ha venido á ver á nuestro director, hace ocho días, para decirle: Obre usted según las instrucciones de Pepe Rouletabille, si así lo exigen las circunstancias Esa carta contiene la verdad El qué. esto vino á decirnos no ha querido dar á conocer su nombre. Hoy, 15 de Enero, se efectuará la vista de ese proceso; Rouletabille no ha regresado de su viaje; quizá no lo volvamos á ver. También la Prensa tiene sus héroes, víctimas del deber: el deber profesional, el primero de todos los deberes. ¡Quizá, en este momento, haya sucumbido á ese deber! Sabremos vengarlo. Esta tarde, nuestro director estará en la sesión de Versalles, con la carta: ¡La carta que contiene el nombre del asesino! El retrato de Pepe Rouletabille encabezaba el artículo. del Palacio de Justicia, y se produjo una oleada frenética en la muchedumbre por haber gritado algunos: ¡RouletabilleI ¡Ese es Rouletabille! Algunos testigos, por tener cierto pa- recido con el retrato publicado por la Epoque, fueron acla- i mados también. La llegada del director de la Epoque motiva algunas manifestaciones. Unos aplaudían, otros silbaban Abundaban las mujeres. En la Audiencia, el proceso se desarrollaba bajo la presidencia del Sr. Rocoux, magistrado imbuido de todos los pre- c juicios de los de su casta, pero hombre honrado. Habían pagado lista de testigos. Entre ellos figuraba yo, naturalmente, í u s fá tÍB 8 timmft? Los parisienses que fueron aquel día á Versalles para ú proceso llamado Misterio del Cuarto amarillo no habrán olvidado el gentío que acudió á la estación de Saint- Lazare. No se encontraba sitio en los trenes, y hubo que improvisar transportes suplementarios. El artículo de la Epoque había alborotado todas las cabezas, excitado todas las curiosidades, llevado hasta la exasperación la pasión de las discusiones. Hubo puñetazos entre los partidarios de Rouletabille y los fanáticos de Larsán; pues, cosa extraña, la fiebre de toda aquella gente procedía menos de que quizá fueran á condenar á un inocente que del interés que concedían á su propia comprensión del misterio del Cuarto amarillo Cada cual tenía su explicación, creyendo que era buena, la únicamente verdadera. Todos los que explicaban el crimen como Larsán no admitían que pudiera dudarse de la perspicacia de aquel popular policía; y los que tenían una explicación distinta de la de Larsán pretendían, naturalmente, que debía de ser la de R. oufetabille, á quien no conocían aún. Con el número de la Epoque en la mano, los Larsán y los Rouletabille disputaron agriamente, hasta en las gradas del Palacio de Justicia de Versalles, hasta en la Audiencia. Numerosa fuerza de policía había sido movilizada. El innumerable gentío que no pudo penetrar en la sala quedó por los alrededores, contenido á duras penas por la tropa y los agentes de Orden público, pues estaba ávido de noticias y acogía los rumores más estupendos. En cierto momento corrió el rumor de que, en plena vista, había sido arrestado el Sr. Stangerson, después de haber confesado que había asesinado á su hija... La gente estaba como loca. Todo el mundo esperaba á Pepe Rouletabille. Algunas personas pretendían conocerle. Un joven, provisto de un pase, atravesó el espacio libre que separaba á la gente así como los que, poco ó mucho, habían tomado parte en los extraños sucesos del castillo: el Sr. Stangerson había envejecido diez años; estaba desconocido; Larsán, míster Arthur W. Ranee, con la cara tan colorada como de costumbre; el tío Santiago; el tío Mateo, esposado y entre dos gendarmes; su mujer, llorosa; los Bernier (los porteros) las dos enfermeras, el mayordomo, todos los criados del castillo, el empleado de la oficina de Correos número 40, el empleado del ferrocarril de Epinay, algunos amigos de los Stangerson y todos los testigos de descargo de D. Roberto Darzac. Tuve la suerte de ser llamado de los primeros, lo cual me permitió asistir á casi todo el proceso. Creo inútil decir que la gente estaba como sardinas en ba nasta. Algunos abogados tuvieron que sentarse en las gradas del sitio reservado al tribunal; detrás de los magistrados, con toga encarnada, todos los juzgados de las cercanías estaban representados. El Sr. Darzac apareció en el banquillo de los acusados, entre los gendarmes, tan sereno, tan grande y tan hermoso, que el murmullo con que fue acogido, más bien era de admiración que de compasión. En seguida se inclinó hacia su abogado, Henri- Robert, quien, asistido de su primer pasante, el letrado André Hesse, que entonces debutaba, h; bía comenzado ya á hojear sus documentos. Muchos eran los que esperaban que eí Sr. Stangerson fuera á estrechar la mano del acusado; pero fueron llamados los testigos y abandonaron la sala sin que se produjera e s sen 27 j