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j E TODO EL MUNj O, POR CORREO, 5 CABLE, TELÉGRAFO TELÉFONO DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL DE TODO EL MÜN DO, POR CORREO, CABLE TELÉGRAFO Y TELEFONO cubrió la situación en que se encontraba el administrador judicial, Y aquí entra lo más gracioso... Ea vez de denunciarle y llevarle á la cárcel, los señores senadores se asustaron ante el escándalo que iba á estallar, sin pensar que el escándalo, más tarde ó más temprano, era inevitable... Rogaron muy corteses al señor Duez que dimitiera, y le fueron concediendo plazos para la rendición de cuentas... ¿Cuánto tiempo hubiese durado esto? No se sabe... Es posible que las cosas hubieran continuado así por los siglos de los siglos si el Sr. Duez, en un arranque, no se decide á hacer la confesión de sus culpas... -Es inútil que me den ustedes más plazos para rendir las cuentas... ¡Me he gastado el dinero! cyste ha sido otro error, otro pequeño error padecidopor el Sr. Duez... Porque en la misma situación que él se encuentran sus colegas y además un montón de personajes influyentes que los protegen con su cuenta y razón, que á la sombra de esta trascendental ley de Separación se han hecho en Francia fortunas rapidísimas. Si el Sr. Duez congrega á sus compañeros, entre todos le hubieran salvado... ¿Por qué ha preferido el Sr. Duez confesar públicamente su delito? Hoy nos enteramos que las leyes francesas castigan muy suavemente á esta clase de malhechores... El Sr. Duez comparecerá ante los Tribunales, y los magistrados, aunque quieran echarle encima todo el peso de la ley, no podrán imponerle más castigo que una pena que oscilará entre seis meses y dos años de prisión. ¡Caracoles! Y comprenderán ustedes que estafar unos cuantos millones, colocarlos en lugar seguro y poder comérselos tranquilo dos años después en cualquier país del globo es un negocio verdaderamente tentador... ¿No habrá sido éste el plan que se trazara el Sr. Duez al descubrirse voluntariamente? I,o malo será que en estas cuentas sufra algún pequeño error el Sr. Duez, porque está probado que este pobre hombre no ha hecho más que equivocarse en todo. Cuando el juez le tomó declaración y le preguntó á cuánto ascendía la suma estafada, el Sr. Duez, bajando modestamente los ojos, murmuró: ¡Cinco millones! Y vean ustedes... También en esto ha padecido un pequeño error el Sr. Duez... Porque hoy resulta que no son cinco, ¡Son diez millones! Bien es verdad que una equivocación la tiene cualquiera... Por lo visto, el diablillo que se colgó á las barbas del Sr. Duez para alegrarle la tercera juventud... ¡era un diablo de buen apetito! JOSÉ JUAN CADENAS DE NUESTRO CORRESPONSAL ABC ESN PARÍS I OS PEQUEÑOS ERRORES ConiojeróniDEL SfcÑOR DUBZ m Paturot, este buen señor Duez dedicóse desde sus inás verdes años á la coaquista de una posición social. Empleado en los almacenes del Bon Mar che- rayón de novedades, -despachaba finamente el satín falsificado y el madapolán sencillo, dirigiendo miradas lánguidas á las parroquianas. Pero se canse) pronto, convencido de que los chicos de las altas novedades no suelen hacer fortuna, y buscó nuevos horizontes... Este fue el primer error del Sr. Duez, que con un poco de paciencia es posible que hubiese encontrado- al fin una viuda rica, enamorada de su bella barba, que le hubiera redimido de la penosa esclavitud del mostrador. El Sr. Duez dio un salto desde el Bou Marche y se hizo pasante de notario. Al principio pensó que allí estaba la riqueza porque por delante de sus narices pasaban y repasaban los millones de los clientes... Pero los años transcurrían y la fortuna no llegaba... El Sr. Duez envejeció resignado y se contentó con ir tirando. Cuando pensaba en sus sueños ambiciosos suspiraba, niurjnurando; ¡Me. he equivocado! Sí... Aquél fue otro de los errores del señor Duez, que no supo explotar á tiempo sus cualidades de hombre de mundo. y su frelia barba. nombraron administrador de los bienes religiosos y quiso aprovechar los años que le quedaban de su tercera juventud Hizo horrores con los bienes que le fueron confiados, malvendió fincas, se paso de acuerdo con abogados y procuradores y se dedicó á gozar de la vida como un colegial que se apodera en buena edad de la hijuela... El Sr. Duez comenzó por pasear su calva reluciente y sus barbas de judío de monumento por todos los resíauranís donde se hace la noce y las cuentas más económicas pasan de los mil francos... En uno de estos lugares conoció á un pequeño diablillo con faldas, que se le colgó de las barbas, y... ya os podéis figurar todo lo demás... El diablillo se instaló en un hotel, compró tres ó cuatro automóviles, dio banquetes á las amigas menos afortunadas, entró á saco en los talleres de los modistos y en los eseaparates de las joyerías, y luego se dedicó á íecorrer las villas Je aguas y á epatará, la galería en las mesas del treinta y cuarenta, jugando como una desesperada y perdiendo los miles de francos á centenares. El Sr. Duez echaba mano de los fondos ¿le las Congregaciones confiados á su eustoflia, y el pequeño diablillo continuaba la liímidación... Más tarde, el Sr. Duez pensó gue podría reponer aquellos quebrantos con unas cuantas jugadas de Bolsa, y se iiundió de hoz y de coz en los misteriosos abismos del templo de la Rué Vivienne. Pero cuando se juega por necesidad se pierde por obligación, y el pobre Sr. Duez sio acertaba con la jugada salvadora ni una vez siquiera... I ¿as gentes comenzaron á escamarse, algunas denuncias llega u hasta el ministro de Justicia, hubo un debate en la Cámara y se nombró una comisión investigadora qtte á las primeras de cambio desy El Sr. Duez estaba ya calvoqueharto de es perar la posición con soñó... I, e Ahora bien, el período en que la sensacional proposición surge es de menuda agitación y, por ende, infecundo. Todas las cosas que no se relacionen directa y estrschámente con la sinfonía política, esta nuestra política de pegadizos y remiendos, están condenadas á caer en el vacío. Además, la cuestión del divorcio no puede interesar al Gobierno, que es como decir á la mayoría parlamentaria; y, por otra parte, toca de lleno al problema religioso, que t palpitante aún, amenaza provocar la guerra civil, cuyas consecuencias no sería fácil prever. ¿Tendrá por esta vez tal proposición el éxito que no logró la primera? ¡Quién aventurará una afirmación! De esto no entienden ni quieren entender las clases populares, que se desentienden por completo de la cuestióncomo si no les interesase en nada. Todavía es de notar cómo el pueblo es conservador y á su manera respeta los usos y sentimientos tradicionales. Así es fórmula consagrada el casamiento tal como se ha transmitido de padres á hijos. El aldeano constituye su familia por hábito, por interés y por amor, y en cualquiera de los casos se sujeta á ías inveteradas prescripciones, acatándolas corno medio de llegar á los fines. Y compelido á nealizar un acto de cierta trascendencia, cree firmemente que ese acto es la resultante, la síntesis de todos los esfuerzos que la ley simplifica. Por su parte, la mujer portuguesa es, pot su índole, pasiva, indulgente, resignada, poseyendo en el más alto grado la clara comprensión de sus deberes maternos. De todo se infiere que la cuestión del du vorcio, considerada en sus líneas generales, es por lo menos prematura, fuera de los escollos en que se puede encallar, si no se sabe borrar todo carácter religioso al asunto, para presentarlo únicamente como acontecimiento político. Y aun así, ¿quién se atreverá á llevar el gato al agua? H O R Ó S C O P O C U R I O S O Hay mucha gen- A B C EN LISBOA Por segunda CUESTIÓN BATALLONA vez va á ser debatida en el Parlamento la cuestión del divorcio. Al cabo de algunos años, el diputado que hubo de plantearla en la Cámara renueva su proposición. No hay para qué decir que tal cuestión, á más de ser trascendente, revístese de solemnidad. Pero n o tiene la oportunidad de su parte. Y en el terreno legislativo, como en todo, hay que ser oportuno, saber escoger la ocasión pro- picia, el llamado momento psicológico. -te que no cree en los vaticinios, y a sean hechos por una sitapie gitana de buenaventura, ya proferidos por una vidente graduada en quiromancia. Para cualquier mortal, metido en carnes, alegre, bonachón, que sólo conoce el lado bueao de la vida tranquila, tales profecías sólo merecen una sonrisa de incredulidad Pero un poeta, un hombre nervioso, un c i r nista en fin, no puede escuchar auguríoa sin cierta emoción inteusa, ¡Ahí va la bomba! El día 9 ha nacido en Lisboa el futuro presidente de la República portuguesa. ¿Ha de oir la gente el horóscopo sin es tremecerse? Corresponde este vaticinio á una famosa pitonisa que en esta capital es muy consultada. Nada se pierde con apuntar el hecho y tomar nota de esta efemérides para los aficionados del porvenir. Mas calculando que el eximio varón que acaba de abrir los ojos al mundo venga- como se supone- -á presidir los destinos de su país en edad provecta, ó, aún mejor, cuando los cabellos y la barba blaacos le imprimaa una línea de austeridad decorativa, tenemos que esperar al menos medio siglo. En verdad, esta criatura no ha venido para nosotros. Que nuestros bisnietos esperen el cumplimiento del vaticinio y que lo discutan después. ArFoN o GAYO