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BIBLIOTStfl ftfL I4 RI 0 A B C -Señor Darzac- -repuso el juez en tono que denotaba punzante emoción... -Señor Darzac, ¿qué venía usted á hacer anoche, en Epinay, á algunos kilómetros del sitio en que asesinaban á la Srta. Stangerson... Darzac se calló. No bajó la cabeza, pero cerró los ojos, ya porque quisiera disimular su dolor, ya porque temiera que pudiesen leer en su mirada algo de su secreto. -Señor Darzac- -insistió el Sr. de Marquet, ¿puede usted indicarme- el empleo de su tiempo durante la noche pasada? ¡No, señor... -Piénselo bien, pues si persiste en su extraña negativa me veré en la necesidad de detenerle á mi disposición. -Me niego. ¡Señor Darzac, en nombre de la ley, queaa usted arrestado! Apenas había el juez pronunciado estas palabras, cuando vi á Pepe hacer un brusco movimiento hacia Darzac. Iba á hablar, pero éste, con un gesto, le cerró la boca... Además, ya se acercaba el gendarme al preso... En aquel momento se oyó un llamamiento desesperado: ¡Roberto... ¡Roberto... Reconocimos la voz de Matilde, y ante aquel dolorido tono todos nos estremecimos. Hasta el mismo Larsán palideció. En cuanto á Darzac, al oir la voz de Matilde se había precipitado á su cuarto... Detrás acudieron el juez, el gendarme y Larsán; Pepe y yo nos quedamos en la entrada. Espectáculo desgarrador: Matilde, cuyo rostro tenía la palidez de la muerte, se había incorporado sobre el lecho, á pesar de los dos médicos y de su padre... Tendía los brazos temblorosos hacia Roberto, sobre quien Larsán y el gendarme habían puesto la mano... Sus ojos estaban abiertos de par en par... veía... comprendía... su boca pareció murmurar una palabra... una palabra que expiró en sus labios exangües... una palabra que nadie oyó y la enferma se desplomó desmayada... Sacaron vivamente á Darzac fuera del cuarto... Mientras venía un coche que Larsán había ido á buscar, nos detuvimos en el vestíbulo. Grandísima era la emoción que embargaba á todos. El Sr. de Marquet tenía húmedos los ojos. Pepe aprovechó aquel minuto de enternecimiento general para decir á Darzac: ¿No se defenderá usted? ¡No! -contestó el preso- -Pues yo le defenderé... -Imposible- -afirmó el desgraciado con triste sonrisa. -Lo que no hemos podido hacer la Srta. Stangerson y yo, tampoco usted podrá hacerlo... -Sí, lo haré. Y la voz de Rouletabille era en extremo tranquila y confiada. Prosiguió: -Lo haré, Sr. Da- rzac, porque yo sé más cosas que usted ¡Vamos, vamos... -murmuró Darzac casi con ira. -No se asuste; sabré lo únicamente necesario para salvarle Es preciso no saber nada joven... si quiere usted que Je esté agradecido. Pepe movió la cabeza, se acercó á Darzac y le dijo en voz baja: ¡Escuche esto y tenga confianza! Usted sólo conoce el nombre del asesino; la Srta. Stangerson conoce sólo la mi, tad del asesino; pero yo conozco sus dos mitades; conozco al asesino por entero Roberto miró de tal manera á Pepe, que clararsente se veía que no había comprendido nada de cuanto le dijo el repórter. í En eso llegó el coche, guiado por Larsán. A él subieron Dar (zac y el gendarme. Larsán quedó en el pescante. Llevaban el preso á Corbeil. XXV bro, me confió que nada le quedaba por saber en aquella morada, porque ya le había revelado todo su secreto. Llegamos á París á las ocho. Comimos rápidamente, y luego, como estábamos cansados, nos separamos, dándonos cita para el día siguiente por la mañana en mi casa. A la hora convenida entraba en mi cuarto Pepe. Llevaba terno inglés, de cuadritos, gorra, un saco de viaje, y en su brazo descansaba un abrigo. Me dijo que iba de viaje. Cuánto tiempo durará? -le pregunté. -Un mes ó dos... según... No me atreví á preguntarle más. ¿Sabe usted- -me dijo- -la palabra que Matilde pronunció ayer antes de desmayarse... mirando á Roberto... -No, nadie la oyó... ¡Sí; yo la he oído! -replicó Pepe. -Le decía: ¡Habla! -Darzac, ¿hablará? -i Jamás! Hubiera querido prolongar la conversación, pero mi amigo me estrechó la mano fuertemente, y me deseó salud y suerte Apenas si pude preguntarle: ¿No teme usted que durante su ausencia se cometan nuevos atentados... Me contestó: -Nada temo, desde que está preso el señor Darzac. Y me dejó. Ño volví á verle hasta que se vio el proceso Darzac- cuando vino á explicarme lo inexplicable XXVI EN DONDE JPEPE ROULETABILLE ES ESPERADO CON IMPACIENCIA El 15 de Enero siguiente, es decir, dos meses y medio des pues de los trágicos sucesos que acabo de relatar, Ja Epoque publicaba en la primera columna de la primera página el sensacional artículo siguiente: El Jurado del departamento de Sena y Oisa habrá de dai hoy su fallo en uno de los más misteriosos sucesos que registran los anales judiciales. Jamás proceso alguno habrá presentado tantos puntos obscuros, incomprensibles, inexplicables. No obstante, no ha vacilado la acusación en hacer sentar en al banquillo de los acusados á un hombre respetable, estimado, querido de cuantos le conocen, á un sabio joven, esperanza de la ciencia francesa, cuya vida toda ha sido una existencia de trabajo y de probidad. Cuando supo París el arresto de D. Roberto Darzac, un grito unánime de protesta se alzó de todas partes. La Sorbona, deshonrada por el inconcebible acto del juez de instrucción, proclamó su fe en la inocencia del prometido de la Srta. Stangerson. El Sr. Stangerson declaró solemnemente que la justicia se equivocaba, que si pudiera hablar la víctima vendría á reclamar á los doce jurados de Sena y Oisa al hombre á quien deseaba unirse, y que el juez quiere enviar al cadalso. Es de esperar que no tardará en recobrar su razón la desgraciada hija del ilustre profesor. ¿Quieren ustedes, señores jurados, que de nuevo la pierda cuando sepa que el hombre amado ha muerto á manos del verdugo? Estamos deci. lidos a no permitir que doce personas honradas cometan un abominable error judicial. Cierto que coincidencias terribles, que rastros acusadores, que un silencio inexplicable de parte del acusado, que un enigmático empleo del tiempo, que la ausencia de toda coartada han podido arrastrar la convicción de los magistrados, quienes, después de buscar en vano otra culpabilidad se han fijado en el señor Darzac. Aparentemente, son tan tremendos los cargos contra el acusado, que hasta es preciso excusar á un policía tan inteligente y generalmente tan afortunado como el señor Larsán de que se haya dejado cegar por las apariencias. Hasta hoy, todo ha coincidido para acusar al Sr. Darzac ante el juez; hoy vamos nosotros á defenderlo ante el Jurado; y tal será la luz que aportaremos, que el misterio quedará esclarecido. Porque estamos en posesión de la Verdad ROULETABILLE VA DE VIAJE Si. no hemos hablado antes, ha sido porque así lo exigís Aquella misma noche salíamos del castillo Pepe y yo: nada el interés mismo de la causa que queremos defender. Nne- 3 nos retenía en él. Declaré que renunciaba á esclarecer tantos tros lectores no habrán olvidado aquellas sensacionales pesmisterios, y Pepe, dándome un afectuoso golpecito en el hom- quisas anónimas que publicamos sobre el pie izquierdo ¿c liUMIi hVít! H ilttlaill iKlliMUHHUfllírnili n II WT inrrm ¡iinini ni 7 nriT! minrrrmiin inrniniiin i