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EL MISTERIO bEL CUARTO AMARILLO cuerpo que cayó al sonar el tiro, le dijo que aquel hombre había sido muerto de una cuchillada que, además, seguía no comprendiendo nada en semejante fantasmagoría, puesto que, si el del cadáver encontrado no era el del hombre que huía y sobre el cual todos tiramos, preciso era que el que huía se hallase en algún sitio. Ahora bien, en el rinconcito del patio en que estábamos todos juntos en torno del cadáver no había sitio para otro muerto ó para otro vivo sin que lo viéramos. Así habló el portero. Pero el juez de instrucción le contestó que mientras estábamos en aquel rincón del patio hacía muy obscuro, puesto que no habíamos podido reconocer la cara del guarda y que para reconocerla habíamos tenido que transportarlo al vestíbulo... A lo cual replicó el portero que, aunque no viéramos el otro cuerpo, muerto ó vivo, teníamos que haberlo pisado, tan estrecho era aquel sitio. Sin contar el cadáver, éramos cinco en aquel rincón del patio... La única puerta que allí daba era la del guarda y estaba cerrada. Hallamos la llave en uno de los bolsillos del hombre... De todas maneras, como aquel relato de Bernier, que á primera vista parecía lógico, era tanto como decir que habíamos matado á tiros á un hombre muerto ya de una cuchillada, el juez pasó á otra cosa. Tuvimos la evidencia de que para el magistrado no habíamos acertado al que huía y de que, según él, aquel cadáver nada tenía que ver con nuestro asunto Para él, el cadáver del guarda era otro asunto. Quiso probarlo sin más dilación y es probable que aquel nuevo asunto correspondía con ideas que, desde hacía algunos días, tenía él acerca de las costumbres del guarda, sobre sus recientes amoríos- con la mujer del posadero del Castillejo, y corroboraba igualmente los informes que sin duda le habían dado respecto de las amenazas de muerte proferidas por él tío Mateo en contra del guarda, pues, á la una de la tarde, el tío Mateo, á pesar de sus quejidos de reumático y de la oposición de su mujer, era arrestado y conducido á la cárcel de Corbeil. Sin embargo, nada se había descubierto en su casa que le comprometiera; pero unas palabras suyas, dichas la víspera imsmaá unos carreteros, que las repitieron, le comprometieron más que si hubiera sido encontrado en su jergón el cuchillo con el que matara al hombre verde Atontados estábamos por tantos acontecimientos tan terribles como inexplicables cuando, para colmo de la estupefacción general, vimos llegar á Larsán, que se había marchado tan pronto como vio al juez y que. volvía acompañado de un empleado de ferrocarril. Estábamos entonces en el vestíbulo, con Ranee, discutiendo acerca de la culpabilidad y de la inocencia del tío Mateo (por lo menos, Ranee y yo discutíamos, pues Rouletabille parecía estar en las nubes, lejos de lo que decíamos) El juez y su actuario estaban en el saloncito verde adonde nos llevó Darzac cuando por vez primera llegamos al castillo. El tío Santiago, flamado por el juez, acababa de entrar en el saloncito; Roberto estaba arriba, en el cuarto de Matilde, con el Sr. Stangerson y los médicos. Larsán entró en el vestíbulo con el empleado. En seguida conocimos Pepe y yo á dicho empleado, por su barbilla rubia. ¡El empleado de Epinay- sur- Orge! exclamé, y miré á Larsán, quien replicó sonriéndose: En efecto, sí, es el empleado de Epinay- sur- Orge. Y dicho esto, el policía pidió al gendarme que guardaba la puerta del salón que lo anunciara al juez de instrucción. Eñ el acto salió el tío Santiago, y Larsán y el empleado fueron introducidos. Transcurrieron unos minutos. Pepe estaba impaciente. De nuevo se abrió la puerta del salón; el gendarme, llamado por el juez de instrucción, entró en el. salón, subió la escalera y la bajó. Entonces, abriendo la puerta del salón, dijo sin cerrarla: -Señor juez, Don Roberto Darzac no quiere bajar. ¡Cómo que no quiere... -exclamó el Sr. de Marquet. -No; dice que no quiere apartarse de la Srta. Stangerson en el estado en que ésta se halla... -Bien; puesto que no viene á nosotros, iremos á él... El juez y el gendarme subieron; el juez hizo seña á Larsán y al empleado de que subieran también: Pepe y yo cerrábamos la marcha. Así llegamos á la galería, ante la puerta de la antecámara de Matilde. El Sr. de Marquet llamó. Una doncella asomó. Era Silvia, una criadita cuyos cabellos, de color de estopa, caían eiT desorden sobre una cara consternada. ¿Está ahí el Sr. Stangerson? -preguntó el juez. -Sí, señor. -Dígale que tengo que hablarle. Silvia fue en busca del profesor. Llegó éste; lloraba; daba lástima verle. ¿Qué más quiere usted? -preguntó al juez. ¿No po- Jría usted en semejante momento dejarme un poco tranquilo? -Caballero- -dijo el juez, -es de necesidad absoluta que ahora mismo hable con don Roberto Darzac. ¿No podría us- ted decidirle á que salga del cuarto de la Srta. Stangerson? De lo contrario, me vería obligado á franquear dicho umbral con todo el aparato de la justicia. El profesor no contestó; miró al juez, al gendarme y á todos los acompañantes como una víctima mira á sus verdugos, y volvió á la habitación de la enferma. En seguida salió Darzac. Estaba muy pálido y muy descompuesto; pero cuando el desdichado vio detrás de Larsán al empleado de ferrocarril, su cara se descompuso más aún; su mirada se volvió- alocada y no pudo contener un sordo gemido. Todos nos habíamos dado cuenta del trágico movimiento de aquella dolorosa fisonomía. No pudimos retener una exclamación de piedad. Comprendimos que en aquel momento ocurría algo definitivo de que dependía la pérdida de Darzac. Único entre todos, Larsán ostentaba cara alegre y demostraba la alegría de un perro de caza que por fin se ha apoderado de su presa. El juez dijo, designando á Darzac el empleado de barbilla rubia: ¿Reconoce usted al señor r- -Le reconozco- -contestó Roberto con voz que en vano; trataba de aparentar firmeza. -Es un empleado de la Compañía de Orleán en la estación de Epinay- sur- Orge. -Este joven- -continuó el juez, -afirma que le ha v lo á! usted bajar del tren, en Epinay... -Esta noche- -terminó Darzac, -á las diez v media... ¡es cierto! Hubo un silencio... 26