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MISTERIO. EL CUARTO AMARILLO prendí, al ver su cara, que, mientras yo dormía, no había desperdiciado el tiempo. ¿La Srta. Stangerson? -pregunté en seguida. -Su estado, aunque muy alarmante, no es desesperado. ¿Hace mucho que ha salido usted de este cuarto? -Al amanecer. ¿Ha trabajado usted? -Mucho. ¿Descubierto qué? -Una doble huella de pasos muy notable y que hubiera podido embarazarme ¿Y ya no le embaraza? -No. ¿Le explica á usted algo? -Sí. ¿Respecto del cadáver increíble del guarda? -Sí; ahora, ese cadáver es del todo creíble Esta mañana, mientras me paseaba alrededor del castillo, he descubierto dos géneros de pasos distintos, cuyas huellas habían sido hechas esta noche al mismo tiempo, paralelamente. Digo al mismo tiempo y. en Verdad, no podía ser de otra manera, pues, de haber venido deirás de la otra una de dichas huellas, siguiendo el mismo camino, más de una vez habría usurpado terreno sobre la otra cosa que nunca ocurría. Los pasos de uno no pisaban sobre los pasos de otro. No, eran pasos que parecían conversar entre sí Esa doble huella abandonaba todas las demás huellas hacia la mitad del patio de honor, para salir de dichopatio y dirigirse hacia el robledal. Salía O del patio, fijos los ojos en mi pista, cuando llegó á mí Larsán. Inmediatamente se interesó mucho por mi trabajo, pues aquella doble huella merecía realmente ser estudiada. Se notaba en ella la doble seña de los pasos del lance del Cuarto amarillo los pasos toscos y los pasos elegantes; pero mientras en el lance del Cuarto amarillo los pa os toscos sólo á orilla del estanque se reunían con los pasos elegantes, para desaparecer luego- -de lo cual habíamos deducido Larsán y ro que aquellos dos géneros de pasos pertenecían al mismo individuo, que no había hecho más que mudar de calzado, -aquí pasos toscos y pasos elegantes viajaban juntos. Semejante comprobación trastornaba mis certezas anteriores. Larsán parecía pensar como yo; razón por la cual estudiábamos ateutamente aquellas huellas, olfateando dichos pasos como perros en acecho. Saqué de lili cartera mis suelan de papel. La primera de ellas, que era la que había recortado sobre la huella del calzado del tío Santiago encontrado por Larsán, es decir, sobre la huella de los pasos toscos, encajó perfectamente sobre uno de los rastros; y la segunda suela, que era el dibujo de los pasos elegantes encajó igualmente sobre la huella correspondiente, pero con una ligera diferencia en la punta. En siana, el nuevo dibujo del paso elegante no difería del rastro de orilla del estanque sino por la punta de la bota. No podíamos deducir que aquel rastro pertenecía al mismo individuo, pero tampoco podíamos afirmar que no le perteneciese. Acaso nu llevara el desconocide las mismas botas. Siguiendo aquella doble huella, tuvimos Larsán y yo que salir del robledal y nos hallamos en las orillas mismas del estanque, visitadas por nosotros cuando las primeras pesquisas. Pero esta vez ninguno de los rastros se detenía allí, y ambos, temando por el senderito, llegaban hasta la carretera de Epinay. En este sitio, nos encontramos con que el camino había sido recientemente alisado, y nada más pudimos ver. Volvimos al castillo sin decirnos una palabra. Nos separamos en el patio principal; pero, á consecuencia de haber seguido el mismo camino nuestro pensamiento, de nuevo nos encontramos ante la puerta del tío Santiago. El viejo estaba acostado, y en seguida vimos que su ropa, tirada sobre una silla, estaba mojada y sucia, y que sus zapatos, idénticos á los que conocíamos, estaban cubiertos de lodo. Ahora bien, el hecho de ayudar á transportar el cadáver del guarda, y de ir luego á las cocinas en busca de un farol no era motivo suficiente para que se mojara así aquella ropa, pues i entonces no llovía, y para que de tal modo se enlodaran aquellos zapatos. Pero había llovido antes y había llovido despités. En cuanto á la cara, tampoco estaba de buen ver. Denotaba extremado cansancio, y desde, el primer momento nos miró el hombre con espanto. Le interrogamos. Primero nos contestó que se había acó vtado inmediatamente después de la llegada del médico, en cu a busca había ido el mayordomo; pero de tal manera le probamos que mentía, que acabó por confesarnos que, en efecí había salido del castillo. Naturalmente, le pedimos explicaciones nos dijo que le había dado un repentino dolor de cabe a y que había ido á tomar el aire; pero que no había pasado ti i robledal. Entonces le describimos todo el camino andado p r él, lo mismo que si hubiésemos seguido sus pasos E 3 anciano se incorporó y se puso á temblar. ¡No estaba usted solo! -exclamó Larsán. Entonces dijo el tío Santiago: 1- ¿De modo que la han visto ustedes? ¿A quién? -pregunté. ¡Pues á la fantasma negra! Y nos contó el tío Santiago que, desde hacía algunas ches, veía á la fantasma negra. Aparecía en el arque á nocs de afianzarla? -No podía; estaba aterrorizado... Apenas si podía seguirla... de media noche y se deslizaba por entre los árboles con increíble flexibilidad. Parece a t r a v e s a r el tronco de los árbol e s dos veces, el viejo, al ver desde su ventana, á la claridad de la luna, aquella aparición, se había levantado, y resuelt i mente, había ido á darle caza. L a antevíspera, á punto estuve de cogerla, pero se desvaneció en un ángulo del castillejo. F i nalmente, aquella misma noche, habiendo, en efecto, salid del castillo, trastornado por la idea del nuevo crimen que acababa de cometerse, había visto, de repente, salir del patio prir cipal mismo á la fantasma negra. P r i m e r o la siguió de lejc- luego se acercó el viejo... y, así, llegó al robledal, al estanqn, y á orilla del camino de Epinay, e n donde desapareció la fantasma ¿N o ha visto usted su cara? -preguntó Larsán. -N o sólo he visto los velos negros... -Y después de lo ocurrido en la galería, ¿cómo no tratar