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O ABC íos medios violentos. Vertí reciamente un jarro de agua sobre la cabeza de Pepe. Abrió los ojos, ¡por fin! pero ojos sin rida. Sin embargo, ya era aquello una primera victoria. Quise completarla; le di dos bofetadas y lo alcé un poco. ¡Oh, ¡dicha! Sentí que se tersaban sus músculos, y le oí murmurar: ¡Siga, pero no haga tanto ruido... Seguir dándole bofetadas sin hacer ruido me pareció una empresa imposible. De nuevo le pellizqué y le di puñetazos, y pudo sostenerse sobre sus piernas. ¡Estábamos salvados... -Me han dormido- -dijo. -He- pasado un malísimo rato antes de ser vencido por el sueño... Pero, ahora, ya pasó... No me deje usted solo... Apenas hubo terminado esta frase, cuando un grito terrible, cjtie retumbaba en el castillo, desgarró nuestros oídos, un verdadero grito de muerte... ¡Llegamos tarde! -dijo Pepe con verdadera desesperación. Quiso precipitarse hacia la puerta; pero estaba aturdido y rodó contra la pared. Ya estaba yo en la galería, revólver en mano, corriendo como un loco hacia el cuarto de Matilde. En el momento en que llegaba á la intersección de la galería vaelta y de la galería recta, vi á un individuo que se escapaba del cuarto de Matilde y que, á poco, llegó á la escalera. No fui dueño de mí: tiré... el tiro retumbó en la galería; pero el hombre seguía bajando la escalera, corriendo, saltando. Corrí detrás de él, gritando: ¡Detente! ¡detente ó te mato... Al precipitarme á mi vez en la escalera, vi frente á mí, llegando del fondo de la galería ala izquierda del castillo, á Ranee, gritando: ¿Qué ocurre... ¿Qué ocurre... Llegamos casi al mismo tiempo al final de la escalera Ranee y yo; la ventana del vestíbulo estaba abierta; vimos distintamente la forma del hombre que huía; instintivamente descargamos nuestras armas en su dirección; sólo unos diez metros le separaban de nosotros; tropezó y creímos que se iba á c? cr; ya saltábamos por la ventana; pero el hombre emprendió de nuevo su carrera con más agilidad; yo sólo tenía mis calcetines, y el norteamreicano estaba del todo descalzo; ¡de no llegar á él nuestras balas, inútil esperar alcanzarlo nosotros! Disparamos nuestros últimos tiros; seguía corriendo... Pero huía hacia el extremo del ala derecha del castillo, hacia aquel sitio rodeado de fosos y de altas verjas, de donde le iba á ser imposible escaparse, hacia aquel rincón que no tenía íaás salida, delante de nosotros que la puerta del cuartito habitado ahora por el guarda. El hombre, aunque inevitablemente herido por nuestras balas, nos llevaba ahora una delantera de unos veinte metros. De repente, y detrás de nosotros, por encima de nuestras cabezas, una ventana de la galería se abrió y oímos la voz de Pepe que gritaba, desesperada: ¡Tire usted, Bernier, tire! Y otro relámpago brille en la ahora clara noche. La claridad de dicho relámpago nos permitió ver al portero, de pie con su escopeta, en la puerta del castillejo. Había apuntado bien. La sombra cayó Mas, como ya había llegado al extremo del ala derecha del castillo, cayó del otro lado del ángulo del edificio; es decir, que vimos que caía, pero no se tendió definitivamente en el suelo, sino del otro lado del muro que no podíamos ver. Beinier, Ranee y yo llegamos allá veinte sc ndos después. A nuestros pies yacía la sombra, muerta Despertado sin duda cu su letargo por todo aquel ruido, Larsán acababa de abrir la ventana de su cuarto y gritaba, como había gritado Ranee: ¿Qué ocurre... ¿Qué ocurre... Nosotros seguíamos inclinados sobre la sombra, sobre la misteriosa sombra muerta del asesino. Pepe, ya del todo despierto, se reunió á nosotros en aquel memento, y le grité: ¡Está muerto! ¡Está muerto... -Me alegro- -dijo. -Traedlo al vestíbulo del castillo... Pero rectificó: ¡No, no! Llevémoslo al cuarto del guarda... Pepe llamó á la puerta del guarda... Nadie contestó... cosa que á mí no me extrañó, naturalmente. -Es evidente que no está ahí- -dijo el repórter; -de lo contrario, ya habría salido... Pues llevemos el cuerpo al vestíbulo... Desde que llegamos junto á la sombra negra tan obscura se había puesto la noche, efecto de una gruesa nube que ocultaba la luna, que sólo podíamos tocar la sombra, sin distinguir sus líneas. ¡Y, no obstante, nuestros ojos tenían prisa por saber! El tío Santiago, que acababa de llegar, nos ayudó á transportar el cadáver hasta el vestíbulo del castillo. Allí, lo depositamos sobre la primera grada de la escalera. Había yo sentido sobre mis manos, durante el trayecto, la sangre caliente que manaba de las heridas... El tío Santiago se fue á las cocinas y volvió con un farol. Lo inclinó sobre la cara de la sombra muerta y reconocimos al guarda, á aquel á quien el posadero del Castillejo llamaba el hombre verde y á quien, una hora antes, había yo visto salir del cuarto de Ranee, con un bulto bastante pesado. Mas lo que yo había visto, sólo á Pepe podía decirlo, cosa que hice minutos después. No puedo pasar en silencio la inmensa estupefacción- -no diré el cruel chasco- -que demostraron Rouletabille y Larsán, quien se había juntado á nosotros en el vestíbulo. Tentaban el cadáver... miraban aquella cara muerta, aquel traje verde del guarda... y uno y otro repetían: ¡Imposible... ¡Es imposible! Es más, Pepe exclamó ¡Es cosa de volverse idiota! El tío Santiago mostraba una pena estúpida acompañada de lamentos ridiculos. Afirmaba que había error, que no podía ser el guarda el asesino de su ama. Tuvimos que hacerlo callar. Ni por la muerte violenta de su hijo habría gemido más, y expliqué aquella exageración de buenos sentimientos por el miedo que tenía de que creyéramos que se alegraba, pues todo el mundo sabia que el tío Santiago detestaba al guarda Noté que, de todos nosotros, que estábamos á medio vestir y con los pies descalzos ó con sólo calcetines, únicamente el tío Santiago estaba completamente vestido. Pero Pepe no soltaba el cadáver; de rodillas sobre las losas del vestíbulo, alumbrado por el farol del tío Santiago, des nudaba el cuerpo del guarda... Descubrió su pecho: estaba ensangrentado. Y, de repente, tomando de manos del tío Santiago el farol, acercó su luz á la herida. Entonces se levantó y dijo en tono extraordinario, en tono de ironía brutal: ¡Este hombre, á quien ustedes creen haber matado á tiros, ha muerto de una cuchillada en el eorazón! Creí, una vez más, que Pepe se había vuelto loco, y, á mi vez, examiné el cadáver. Entonces pude ver que, en efecto, ninguna herida de bala tenía el cuerpo del guarda, y que sólo la región cardíaca había sido penetrada por una hoja aguda. XXIII LA DOBLE PISTA Aun no había vuelto del estupor que me causaba semejante descubrimiento, cuando mi amigo me tuó un golpecito en el hombro y me dijo: -Sígame usted... ¿Adonde? -A mi cuarto. ¿Para? -Reflexionar. Confesé que, por mi parte, me hallaba en la imposibilidad, total, -no sólo de reflexionar, sino de pensar; y en aquella noche trágica, después de acontecimientos cuyo horror no era igualado sino por su incoherencia, me explicaba difícilmente cómo, entre el cadáver del guarda y la Srta. Stangerson, quizá en la agonía, podía Pepe tener la pretensión de reflexionar Y esto es lo que hizo, no obstante, con la sangre fría de los grandes capitanes en medio de las batallas. Cerro la puerta de su cuarto, me indicó una butaca, se sentó tranquilamente frente á mí, y, naturalmente, encendió su pipa. Le miraba reflexionar... y me dormí. Cuando desperté, ya era de día; eran las ocho. Ya no estaba allí Pepe. Su butaca, frente á mí, estaba vacís. Me levanté y comencé á estirar mis miembros, cuando se abrió la puerta y entró mi amigo. En seguida COM- v