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ABC mudo sin que la dama me haga confidencia... tarea es ésa hombre á quien no se la dan pero que por cortesía se guarque consiste en adivinarlo todo con nada... Por fortuna, amigo da de emitir la más mínima reflexión sobre cosas que no le mío, he adivinado; ó, mejor dicho, no, he razonado... y al importan. Con mil precauciones en el lenguaje y hasta en las hombre de esta noche sólo le pido que me aporte la figura sen- entonaciones, Larsán y Rouletabille hablaron bastante tiemsible que ha de entrar... po de la presencia de Ranee en el castillo, de su pasado en- -En el círculo... Norteamérica, que hubieran deseado conocer mejor, cuando- -Asimismo, y no ha de sorprenderme su semblante... menos respecto de las relaciones de Ranee con los Stangerson. -Pero creía yo que ya había usted visto su semblante la En cierto momento, Larsán, que me pareció repentinamente noche en que saltó usted al cuarto... indispuesto, dijo con esfuerzo: -Mal... la bujía estaba en el suelo... y, además, toda aque- -Creo, Sr. Rouletabille, que nos queda poco que hacer aquí, lla barba... y que pocas serán las noches que pasemos en estas habita- ¿No la tendrá esta noche? ciones. -Creo poder afirmar que sí la tendrá... Pero hay buena- -Lo mismo digo, Sr. Larsán. luz en la galería, y, además, ya sé ahora ó, mejor dicho, sabe- ¿Significa eso que cree usted terminado el asunto? mi cerebro... y entonces mis ojos verán... -Creo, en efecto, que ha terminado, y que nada nuevo pue- -Si no se trata más que de verlo y de dejar que se esca- de revelarnos- -replicó Pepe. pe... ¿por qué estar armados? ¿Tiene usted un culpable? -preguntó Larsán. ¡Porque, amigo mío, si el hombre del cuarto amarillo y- ¿Y usted? de la galería inexplicable sabe que sé, es capaz de todo! Eii- -Sí ese caso, tendremos que defendernos. -También yo- -dijo Pepe. ¿Está usted seguro de que vendrá esta noche? ¿Será acaso el mismo? ¡Tan seguro como de que está usted ahí... Esta mañana, -No creo, si no ha cambiado usted de idea -dijo el reá las diez y media, la Srta. Stangerson se las ha compuesto lo pórter. más hábilmente del mundo para quedar sin enfermeras esta Y añadió con fuerza: noche; les ha dado libertad por veinticuatro horas, bajo pre- ¡El Sr. Darzac es un hombre honrado i textos plausibles, añadiendo que le bastaba con la compañía- ¿Está usted seguro? -preguntó Larsán. -Pues ye estoy de su padre; y el buen hombre ha aceptado gustoso pasar la cierto de lo contrario... ¿De modo que... la batalla? noche en el cuarto tocador de su hija. La coincidencia de la- -Sí, la batalla. Le venceré á usted, Sr. Larsán. ausencia del Sr. Darzac (después de lo que él me ha dicho) y- -La juventud es atrevida- -terminó diciendo el ilustre pode las precauciones excepcionales de Matilde para rodearse licía riéndose y estrechándome la mano. de soledad, no permite duda alguna. ¡La venida del asesino, Pepe contestó como un eco: tan temida por Darzac, la está preparando Matilde! ¡Atrevida! -Esto es espantoso. Pero, súbitamente, Larsán, que se había levantado para- -Sí. darnos las buenas noches, se llevó las dos manos al pecho y se- -Y lo que hemos visto hacer, ¿es para dormir á su padre? tambaleó. Tuvo que apoyarse en Pepe para no caerse. Se ha- -Sí. bía puesto muy pálido. -En suma, para el asunto de esta noche, ¿no somos más- ¡Hola, hola! ¡Qué tengo aquí! -dijo. ¿Estaré enveque dos? nenado? -Cuatro; el portero y su mujer velan, por lo que pueda Y nos miraba con ojos alocados... En vano le interrogábaocurrir... Creo inútil su vigilia antes Mas podrá serme mos; ya no nos contestaba... Se había dejado caer en una buútil el portero después, si hay homicidio taca y no pudimos sacarle una palabra. Estábamos inquietísi- -Así, pues, ¿usted cree que habrá homicidio? mos, tanto por él como por nosotros, por haber comido de los- Le habrá si él quiere. mismos platos. Acudimos solícitos á Larsán. Ahora ya no pa- ¿Por qué no haber avisado al tío Santiago? ¿No lo em- recía sufrir, pero la cabeza caía sobre su hombro, y sus párplea usted hoy? pados, que no se abrían, nos ocultaban su mirada. Pepe le- -No- -me contestó Pepe con tono brusco. tocó el corazón... Guardé silencio un rato; luego, deseoso de conocer el fondo Hecho esto, mi amigo, que tan preocupado estaba un model pensamiento de mi amigo, le pregunté á quemarropa: mento antes, recobró su calma habitual y me dijo: ¿Por qué no avisar á Ranee? Podría sernos de gran uti- -Duerme. lidad... Y me llevó á su cuarto, después de haber cerrado la puerta- ¡Por lo visto- -me contestó Pepe malhumorado, -quiere del cuarto de Larsán. usted que todo el mundo se entere de los secretos de la seño- ¿El narcótico? -pregunté. ¿Se habrá propuesto la señorita Stangerson... Vamos á comer... ya es hora... Esta no- rita Stangerson dormir á todo el mundo esta noche? che comemos en el cuarto de Federico Larsán... á menos que- -Quizá- -me contestó Rouletabille pensando en otra cosa. esté detrás de Darzac... Parece estar cosido á él. Pero si no- ¡Pero, nosotros... ¡Nosotros... -exclamé. ¿Quién me está ahí ahora, seguro estoy de que estará luego... ¡A ese sí dice que no hemos tragado semejante narcótico? que le voy á dar una lección! ¿Se siente usted indispuesto? -me preguntó Pepe con En aquel momento oímos ruido en el cuarto vecino. sangre fría. -Debe ser él- -dijo Pepe. -No. -Se me olvidaba- -dije. -Cuando estemos con el policía, ¿Tiene usted gana de dormir? ni una alusión siquiera á la expedición de esta noche, ¿verdad? -Tampoco. -Desde luego; obramos solos, por cuentra íri- ír -Pues entonces, amigo mío, fume usted este excelente- ¿Y toda la gloria será para nosotros? puro. Pepe, con su risita zumbona, añadió: Y me dio un habano superior que el Sr. Darzac le había- ¡Tú lo has dicho, gordinflón! ofrecido; él encendió su pipa, su eterna pipa. Encontramos á Larsán en su cuarto y allí comimos con él... Así quedamos en aquel cuarto hasta las diez, sin pronunNos dijo que acababa de llegar y nos invitó á que nos sentá- ciar una palabra. Hundido en una butaca, Pepe fumaba sin ramos á la mesa. La comida transcurrió en medio de general parar, con la frente arrugada y perdida la mirada en el espabuen humor, que achaqué á la casi certeza que tenían Roule- cio. A las diez se descalzó, me hizo una seña y comprendí que tabille y Larsán, cada cual por su lado, de estar por fin en po- también tenía que descalzarme. Ya con sólo calcetines, Pepe sesión de la verdad. Pepe le dijo al policía que había venido yo me dijo en voz apenas perceptible: á verle espontáneamente, y que aprovechaba mi buena volun- ¡Revólver! tad para ayudarle en un largo escrito que aquella misma noche- Saqué mi revólver del bolsillo de la americana. tenía que llevar á l Epoque. Añadió que tomaría el tren de las- ¡Ármelo! -me dijo. once, portador de su trabajo, que era una especie de folletín Lo armé. prx e cual iban referidos los orincipales episodios de los mis- Entonces se dirigió hacia ia puerta cíe su cuarto y la abrió terios de Glandier. Acogió Larsán esta explicación como un con precauciones infinitas. La puerta no rechinó. Llegamos iBrairiítmnniBi! iminniii nrr larrn