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VUSTERlObEL CUARTO A AdRILLO Entonces seguimos por la galería ala izquierda pasando por delante de las habitaciones del profesor Stangerson. En el extremo de esa galería, antes de llegar al castillejo, había una pieza, ocupada en aquel momento por el Sr. Ranee. Esto lo sabíamos por haber visto, á mediodía, al norteamericano en la ventana de aquel cuarto que daba al patio de honor. La puerta de dicho cuarto daba en el través de la galería, puesto que el cuarto cerraba y terminaba la galena por aquel lado. En suma, la puerta de aquel cuarto estaba justamente enfrente de la ventana este que se hallaba en el extremo de la otra galería recta, ala derecha, allí donde precisamente habia Pepe colocado al tío Santiago. Cuando volvía uno la espalda á esa puerta, es decir, cuando salía uno de aquel cuarto, veíase toda la galería en hilera: ala izquierda, meseta ó descanso, y ala derecha. Lo único que, naturalmente, no se veía era la ga. lería vuelta (formando recodo) del ala derecha. -Esa galería vuelta- dijo Pepe- -me la reservo yo. Usted, cuando se lo pida, vendrá á instalarse aquí. Me hizo entrar en un gabinetito obscuro triangular, tomarlo de la galería y situado al sesgo, á la izquierda de- la puerta del cuarto de Ranee. Desde aquel rincón podía yo ver lo que ocurría en la galería taia fácilmente como si hubiese estado delante de la puerta de Ranee, y también podía vigilar la puerta misma del norteamericano. La puerta de aquel gabinetito, que había de ser mi punto de observación, tenía cristales esmerilados. Habia. claridad en la galería, en donde todas las lámparas estaban encendidas; hacía obscuro en el gabinete; excelente puesto para un espía. ¿Qué hacía allí sino oficio de espía, de policía inferior? Confieso que aquello me repugnaba. A más de mis instintos naturales, ¿no se oponía la dignidad de mi profesión á semejante tarea? ¡Si me viera mi decano! Si supieran esto en el Palacio de Justicia, ¿qué diría el Consejo de la Orden? A Pepe, ni por asomos se le ocurría que pudiese rehusar el servicio que me pedía y, en efecto, no rehusé; primero, por temor á que me creyera cobarde; luego, porque reflexioné que me era lícito buscar la verdad en todo y por todas partes, como aficionado; y, por fin, porque ya era demasiado tarde para desligarme de aquel compromiso. ¿Por qué no haber tenido antes semejantes escrúpulos? Porque mi curiosidad podía más que todas las objeciones. Además, podía decir que i Da á contribuir á salvar la vida á una mujer; y no hay reglamentos profesionales que puedan prohibir tan generoso intuito. Volvimos por la galería. Al llegar frente al cuarto del señor Stangerson, se abrió la puerta del salón, empujada por el maestresala que hacía el servicio de la comida (desde hacía tres días, el profesor comía con su hija en el salón del primer piso) y como la puerta había quedado entreabierta, vimos perfectamente á- la Srta. Stangerson, que, aprovechando la usencia del criado y el haberse agachado su padre para reoger un objeto que acababa ella de hacer caer, vertía apresuradamente en el vaso del profesor el -J- fie franco XXI EN ACECHO de la galería recta. Cuando se vuelva obscuro el cuadro luminoso que nos ocupa, sabré lo que eso significa. ¿Y entonces? -Entonces me verá usted aparecer en el ángulo de la ga lería vuelta. ¿Y qué haré yo? -Echará usted á andar hacia mi, detrás del hombre, pero ya estaré sobre el hombre y habré visto si su cara entra en, mi círculo -El trazado por el buen lado de la razón -dije yo esbozando una sonrisa. ¿Por qué se sonríe usted? Esa sonrisa huelga... En fin, aproveche para regocijarse los pocos momentos que le quedan, pues le juro que dentro. de un rato no tendrá usted motivos para broma- ¿Y si se escapa el hombre? ¡Mejor que mejor! -contestó flemáticamente P e p e No tengo empeño en cogerle; podrá escaparse bajando á escape la escalera y por el vestíbulo de la planta baja... y. así le hará antes de que haya usted podido llegar á la meseta de la escalera, puesto que estará usted en el fondo de la galería. Ye un Tal acción, que me trastornó, pareció no alterar mucho á Rouletabille. Ya en nuestro cuarto, sin hablarme de la escena ¡lie acabábamos de sorprender, me dio sus últimas instrucciones para aquella noche. Primero, comeríamos. Después de comer, tenía que meterme en el gabinete obscuro y esperar alií cuanto tiempo fuera menester para ver algo -Si ve usted antes que yo- -me explicó mi amigo, -avíseme. Antes que yo verá usted si llega el hombre á la galería recta por otro camino que la galería vuelta, puesto que usted descubre toda la galería recta y yo sólo puedo ver la galería vuelta. Para avisarme, le bastará desatar la abrazadera de la cortina de la ventana de la galena recta que se halla más cerca del gabinete obscuro. La cortina caerá por si misma, velando la ventana y formando inmediatamente un cuadro de sombra allí donde había un cuadro de luz, puesto que está alumbrada la galena. Para hacer tal, le bastará alargar la mano fuera del gabinete ofescuro. Yo, en la galería vuelta que forma ángulo con la galería recta, veo, por las ventanas de la galería vuelta, todos los cuadros de luz que forman las ventanas lo dejaré marcharse después de haber visto su cara fís cuanto necesito: ver su cara. Luego sabré arreglármelas para que quede muerto para Matilde, cuando salga vivo de la refriega. ¡Si lo cojo vivo, acaso no me lo perdonen nunca i iatilde y Darzac! Y deseo conservar la estima de ambos; son bellas personas. Cuando veo á Matilde echar un narcótico en el vaso de su padre, para que no le despierte la conversación que ha de tener ella esta noche con su asesino comprenda usted que su agradecimiento hacia mí sería muy limitado si llevara ante su padre, maniatado, pero con la boca abierta al- hombre del cuarto amarillo y de la galería inexplicable ¡Quizá sea una gran dicha el que, la noche de la galería inexplicable se haya desvanecido el hombre como por encanto! Comprendí esto al ver la cara radiante que de repente puso Matilde al saber que se había escapado Y comprendí que para salvar á la desdichada importaba menos coger al hombre que volverlo mudo, de cualquier modo que fuese. Pero ¡matar á un hombre! ¡matar á un hombre! no es cosa de poca monta. Y además, que no es ése mi cometido. á menos que me dé motivo para ello... Por otro lado, volverlo 23