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ABC ¿Qué es lo que motiva esa certeza, acaso la casualidad... cállese- -me interrumpió sonriéndose Pepe; -cállese, que va á decir una tontería. La seguridad de que vendrá el asesino la tengo desde esta mañana á las diez y inedia es decir, antes de su llegada de usted, y, por consiguiente, antes de que viéramos á Ranee en la ventana del patio de honor... ¿De veras... Pero ¿por qué esa seguridad desde las diez y media? Porque á las diez y media he tenido la prueba de que Matilde hacía tantos esfuerzos anoche para permitirle ai asesino entrar en su cuarto como precauciones había tomado, por mediación mía, el Sr. Darzac para que no entrara en él dicho individuo... ¿Es posible? -exclamé atónito. Y añadí más bajo: ¿No me ha dicho usted que la Srta. Stangerson adoraba al Sr. Darzac? -Se lo he dicho á usted porque es la verdad. -Entonces, ¿no le parece á usted extraño... -Todo es extraño en este asunto, amigo mío; pero crea usted que lo extraño que usted conoce no es nada al lado de lo extraño que le espera... -En ese caso, habría que admitir que la Srta. Stangerson y su asesino tienen entre ellos relaciones, cuando menos, epistolares... r- -Admítalo, amigo mío, admítalo... Ya conoce usted por mí la historia de la carta sobre la mesa de Matilde, carta dejada por el asesino la noche de la galería inexplicable carta desaparecida... en el bolsillo de Matilde... ¿Quién podría pretender que en esa carta no mandaba el asesino á la señorita Stangerson que le diese una próxima cita efectiva y, en fin, que no le ha hecho saber á Matilde, tan pronto como se cercioró de que se ausentaría el Sr. Darzac que dicha cita habría de ser para esta noche? Mi amigo se sonrió de tal manera, que me preguntaba yo si algunas veces no se burlaba de mí. La puerta de la posada se abrió. Pepe se levantó tan repentinamente, que pudiera haberse creído que acababa de recibir en su asiento una descarga eléctrica. ¡Míster Arthur Ranee! -exclamó. Míster Arthur Ranee estaba delante d incotros, y saludaba flemáticamente. r- -Cállese, Ranee, que era uno de los frenólogos más distinguidos del Xuevo Mundo. Había logrado, merced á nuevos é ingeniosos experimentos, hacer dar un paso inmenso á la ciencia de GaH y de Lavater. En ñn, hay que añadir á favor de Ranee, y para explicar la intimidad son que era resibid en el castillo, que cierto día dicho sabio prestó un señalado f av r á Matilde, deteniendo, con peligro de su vida, los caballos desbocados de su coche. Hasta es probable- que á consecuencia de tal a ontecimiento, cierta amistad uniera momentáneamente á Ranee con la hija del profesor; mas en todo esto nada hacía suponer la más mínima historia de amor. ¿De dónde tenía tales informes Larsán? No me lo dijo, pero parecía casi cierto de lo que decía. De haber conocido estos detalles cuando vino Ranee á la posada para saludar á Pepe, es probable que nos intrigara menos su presencia en el castillo; pero, en todo caso, habrían aumentado el interés que sentíamos por aquel nuevo personaje. El norteamericano debía tener unos cuarenta y cinco años. Contestó con gran naturalidad á la pregunta de Pepe. -Cuando supe el atentado, retrasé mi regreso á Norteamérica quería asegurarme, antes de ponerme en camino, de que la Srta. Stangerson no esiaba mortalmente herida, y no me marcharé hasta verla repuesta del todo. Desde aquel momento dirigió Ranee la conversación, evitando contestar á ciertas preguntas de Rouletabille, dándolos, sin que se las pidiéramos, sus apreciaciones sobre el drasna, apreciaciones que no me parecieron muy distintas de las de Larsán; es decir, q e también Ranee creía que Darzac tenía cierta intervención en el asunto No lo nombró, pero no era menester ser i uy linee para comprender lo que había en el fondo de su argumwtacián. Nos dijo- que conocía los esfuerzos del joven Rouletabille para llegar á desenredar la enmarañada madeja del drama del cuarto amarillo. Nos dijo que el Sr. Stangerson le había puesto al corriente de los acontecimientos que se habías d sarrollado en la galería inexplicable Adivinábase, al escuchar á Ranee, que todo lo explicaba por Roberto. Varias veces manifestó su pesar de que el señor Darzac estuviese justamente ausente del castillo en momentos en que tan misteriosos dramas ocurrían en él, y comprendimos lo que e, sto quería decir. Finalmente, emitió la opinión de que el Sr. Darzac había estado muy bien inspirado, nauy hábil al instalar él mismo en Glandier al Sr. Rouletabille, quien no dejaría, tarde ó temprano, de descubrir al asesino. Pronunció esta última frase con visible ironía, se XX levantó, nos saludó y salió. UN HECHO DE LA SEÑORITA bTANGERSON Pepe, por los cristales de la ventana, lo miró alejarse y dijo: Vaya un tipo! ¿Me reconoce usted, caballero? -preguntó Rouletabille Le pregunté: al gentleman. ¿Cree usted que pasará la noche en el castillo? -Muy bien- -contestó Ranee. -En seguida he reconocido Me dejó estupefacto el joven al contestarme que esto le en usted al chicuelo que bebió Champaña conmigo en el Elí- era del todo indiferente seo. (Cara congestionada de Pepe al oirse llamar chicuelo. Y No diré en qué pasamos la tarde. Bástele saber al lector he bajado de mi cuarto para venir á estrechar su mano. Es que fuimos á pasearnos por el bosque, que Pepe me llevó á la usted un alegre chicuelo. gruta de Santa Genoveva y que, durante todo aquel tiempo, El norteamericano tiende la mano; Pepe desarruga su mi amigo afectó hablarme de todo menos de lo que le preocuceño, estrecha riéndose aquella mano, me presenta á míster paba. Así llegó Ja noche. Estaba extrañadísimo de ver que no Arthur William Ranee y le invita á almorzar con nosotros. tomaba Pepe ninguna de las disposiciones que yo esperaba. -No, gracias. Almuerzo con el Sr. Stangerson. Se lo hice observar cuando, ya cerrada la noche, nos hallamos Ranee habla perfectamente el francés, casi sin acento. en nuestro cuarto. Me contestó que todas sus disposiciones- -Creía no volver á tener el gusto de ver á usted. ¿No se estaban ya tomadas y que esta vez no podía escapársele el proponía salir de Francia al día siguiente ó á los dos días de asesino. A las dudas que emití, recordándole la desaparición la recepción del Elíseo? del hombre en la galería y dejando además entender que el Pepe y yo, en apariencia indiferente á aquella conversación mismo hecho podría renovarse, replicó: que tal esperaba él, fortuita, estamos atentos á cada palabra que dice el norte- y que no deseaba otra cosa aquella noche. No insistí, por saber por experiencia cuan vana é inoportuna hubiera sido mi americano. La cara afeitada y amoratada del hombre, sus párpados insistencia. Me confió que, desde las primeras horas del día, carnosos, ciertos gestos nerviosos, todo demuestra, todo prue- él y los porteros habían establecido una vigilancia tal, que ba que es un alcohólico. ¿Cómo ese triste individuo puede ser nadie podía acercarse al castillo sin que le avisaran; y que, el comensal del Sr. Stangerson? 2 Cómo puede tener intimidad caso de que nadie viniese de fuera, tranquilo estaba respecto de los de dentro con el ilustre profesor? Dos días después supe por Larsán, á quien, como á nosEl reloj de Pepe marcaba las seis y media en aquel momenotros, había sorprendido é intrigado la presencia de Ranee en to se levantó, me hizo seña de que le siguiese, y, sin tomar el castillo, que sólo desde hacía unos quince años bebía el nor- precaución alguna, sin tratar siquiera de atenuar el ruido de teamericano, es decir, desde que el profesor y su hija salie- sus pasos, sin recomendarme que guardara silencio, me conron de Filadelfia. En tiempo en que los Stangerson residían dujo á través de la galería; llegamos á la galería recta y la en Norteamérica, habían conocido v tratado mucho á Arthur seguimos hasta la meseta de la escalera, la cual atravesamos IBfflffilIMliaiBIIIlil FUI nrr larn; -m- nrinn nnrrrniinTTnnin