Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MlSTCRIO L CUARTO castillo. Por lo menos lo sabemos oficialmente, según sus declaraciones. Para que, con semejante temor, se ausentara de nuevo hoy, preciso era que obedeciese á una voluntad más poderosa que la suya Esto es lo que yo pensaba y esto es lo que dije. Me contestó: ¡Quizá! Pregunté si esa voluntad más poderosa que la suya era la de la Srta. Stangerson; me juró que no y que la decisión de su ausencia había sido tomada por él fuera de toda indicación de Matilde. En resumen, me repitió que no creía en la posibilidad de un nuevo atentado sino por aquella extraordinaria coincidencia observada por él y que, por cierto, le había hecho observar el juez de instrucción Si ocurriera algo á la Srta. Stangerson, dijo, sería terrible para ella y para mí; para ella, que, una vez más, estará entre la vida y la muerte; para mí, por no poder defenderla, caso de ser atacada, y que me veré luego en la necesidad de no poder decir dónde he pasado la noche. Ahora bien, me doy cumplidamente cuenta de las sospechas que contra mí pesan. Tanto el juez como el Sr. Larsán, quien me ha seguido la última vez que fui á París, costándome mucho trabajo verme libre de él, casi me creen culpable. ¿Por qué no revela usted ya el nombre del asesino, exclamé, puesto que lo conoce usted? Al Sr. Darzac le hizo tremendo efecto mi exclamación. Contestó con voz incierta: ¡Yo conocer el nombre del asesino! ¿Quién me lo habría dicho? Le contesté: ¡La Srta. Stangerson! Entonces se puso tan pálido 1; que creí que iba á desmayarse, y vi que había dado en el clavo: ¡Matilde y él sabían el nOmbre del asesino! Ya que se hubo repuesto un poco, me dijo: Voy á dejarle á usted, señor mío. Desde que está usted aquí he podido apreciar su excepcional inteligencia y su ingenio sin igual. Este servicio le pido á usted: acaso no tenga razón en temer un atentado para esta noche; pero, como hay que preverlo todo, cuento con usted para impedir ese atentado... Tome cuantas disposiciones sean necesarias para aislar, para guardar á la Srta. Stangerson. Haga usted que nadie pueda entrar en el cu. arto de la Srta. Stangerson. Vele alrededor de ese cuarto como un buen perro de guardia. No duerma usted; no se permita un solo minuto de descanso. El hombre á quien tememos es prodigiosamente astuto, es quizá el más astuto del mundo entero. Esa misma astucia la salvará si usted vigila pues es imposible que no sepa él que usted vigila, por temor á su astucia misma; y si sabe jiie usted vela no intentará nada. ¿Ha hablado usted de eso al Sr. Stangerson? ¡No! ¿Por qué? Porque no quiero que el Sr. Stangerson me diga lo que ha poco me ha dicho usted: ¡Usted conoce el nombre del asesino! Si á usted, á usted, le ha extrañado lo que acabo de decirle: ¡Quizá venga mañana el asesino! ¡cuál no sería el asombro del Sr. Stangerson si le repitiera las mismas palabras! Quizá no admita que mi siniestro pronóstico esté sólo basado en coincidencias que también á éJ acabarían por parecerle extrañas... Le digo á usted todo esto, señor Rouletabille, porque tengo gran... gran confianza en usted... ¡Sé que usted no sospecha de mí... El pobre hombre, continuó Pepe, me contestaba como podía, soltando trozos de verdad. Padecía mucho. Me compadecí de él, tanto más cuanto que estaba persuadido de que se dejaría matar antes que decirme quién era el asesino, así como la Srta. Stangerson se dejará asesinar antes que denunciar al hombre del Cuarto amarillo y de la galería inexplicable El tal hombre debe de tenerla sujeta, ó debe de tenerlos sujetos de una manera terrible, y nada deben de temer tanto como que llegue á saber el Sr. Stangerson que su hija está moralmente á merced de su asesino Hice comprender al Sr. Darzac que se había explicado suficientemente y que podía callarse, puesto que nada podía decirme. Le prometí velar y no acostarme en toda la noche. Insistió para que organizara una verdadera barrera infranqueable en torno del cuarto de Matilde, alrededor del tocador, en donde dormían las dos enfermeras, y alrededor del salón, en donde, desde la galería inexplicable dormía el Sr. Stangerson; en una palabra, alrededor de todo aquel cuerpo de Casa. No sólo comprendí, por aquella insistencia, que el señor Darzac me pedía que imposibilitara la llegada del asesino al cuarto de la Srta. Stangerson, sino que también hiciera aquella llegada tan visiblemente imposible que se descorazonara el hombre en seguida y desapareciera sin dejar rastro. Así es como expliqué, para mis adentros, la frase final con que se despidió de mí: Cuando yo me haya marchado, podrá usted hablar de sus sospechas para esta no- che al Sr. Stangerson, al tío Santiago, á Federico Larsán, á todo el mundo en el castillo, y organizar así una vigilancia! que, á los ojos de todos, habrá salido de su caletre de usted. Se fue el pobre hombre sin saber ya lo que decía, antemi silencio y mis ojos que le gritaban que había adivinado i A las tres cuartas partes de su secreto. Sí, en efecto, muy descorazonado y muy triste debía estar para haber venido á mí en semejante momento, y para abandonar á Matilde, teniendo como tenía en la cabeza la terrible idea de la coincidencia Ya que se hubo marchado, reflexioné. Pense que era preciso ser más astuto que la astucia misma, de tal suerte, que si se proponía el hombre ir esta noche al cuarto de la señorita Stangerson, no sospechara siquiera que contábamos con su visita. Había que impedir que penetrara en el cuarto, aun cuando fuera menester matarlo: pero al mismo tiempo había que dejarlo adelantarse lo suficiente para que, muerto ó vivo, pudiéramos ver su cara ¡Era menester librar á Matilde deaquel asesinato latente! Sí, amigo mío- -declaró Pepe después de haber dejado su pipa sobre la mesa y vaciado su tazón de sidra, -es preciso que vea yo de manera clarísima su cara, aunque sólo sea para convencerme de que entra en el círculo trazado por mí con el lado más sano y más robusto de mi razón. En aquel momento reapareció la posadera trayendo la tradicional tortilla con jamón. Pepe bromeó un poco con la mujer del tío Mateo, que se mostró muy amable. -Está mucho más alegre- -me dijo- -cuando está en cama su marido clavado por su reuma que cuando está listo y bueno el posadero. No atendía yo á las bronj s de Pepe ni á las sonrisas de la posadera; pensaba en las últimas palabras de mi amigo y en el paso dado por Roberto Darzac. Terminada la tortilla, ya solos de nuevo, Pepe reanudo us confidencias- -Cuando le envié mi telegrama esta mañana, sólo cono- cía el quizá venga esta noche el asesino dicho por el señor Darzac. Ahora puedo decir á usted que vendrá seguramente 22