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vía la cabeza hacia aquel pensamie ito, lo miraban pasar, alejarse, como se para- uno para considerar con más detenimiento una silueta original que cruza por nuestro camino. Y así como decimos: ¿De dónde viene ese? ¿Adonde va? decíase: ¿De dónde viene el pensamiento de Rouletabille, y adonde va? He dicho que no sospechaba Pepe el color original de su pensamiento; por eso no le molestaba para pasearse, como todo el mundo, en la vida. Asimismo, un individuo que ño se da cuenta de la excentricidad de sus atavíos está del todo á sus anchas, cualquiera que sea el medio por donde circule. Con sencillez natural, aquel niño, irresponsable de su cerebro sobrenatural, expresaba cosas formidables por lo escorzada que era su lógica tanto, que no podíamos nosotros comprender su forma sino cuando ante nuestros maravillados ojos tenía á bien Pepe alargarla y presentarla de cara en su posición normal. Me preguntó Pepe qué pensaba del relato que acababa de hacerme. Le contesté que su pregunta me embarazaba mucho; á lo cual me replicó que probara, á mi vez, á utilizar, como él, el mejor lado de mi razón. -Pues bien- -dije, -me parece que el punto de partida de mi razonamiento debe de ser éste: está fuera de duda que el asesino á quien usted perseguía se ha hallado en cierto momento en la galería. Y me detuve... -Después de tan feliz arranque- -exclamó Pepe- -no debió usted pararse tan pronto. Vamos, un esfuercito... -Probaré. Desde el momento que estaba en la galería y que desapareció de ella, no habiendo podido pasar por una puerta ni por una ventana, preciso es que se haya escapado por otra abertura. Rouletabille me miró con lástima, se sonrió y no titubeó en confiarme que seguía razonando como un zapato ¡No; como un zapato, no: razona usted como Federico Larsán! Rouletabille pasaba por períodos alternativos de admiración y de desdén hacia Federico Larsán; tan pronto exclamaba: ¡Es realmente superior! como decía: ¡Qué imbécil! cuando los descubrimientos de Larsán corroboraban el razonamiento de Pepe ó lo contradecían. Esta era una de las flaquezas del noble carácter de aquel niño extraño. Nos habíamos levantado y me llevó al parque. Estábamos en el patio de honor y nos dirigíamos hacia la salida, cuando si ruido de postigos violentamente abiertos nos hizo volver la cabeza, y vimos en el primer piso del ala izquierda del castillo, en una ventana, una cara coloradísima y del todo afeitada que yo no conocía. ¡Arthur Ranee! -murmuró Pepe. Bajó- la cabeza, apresuró el paso, y le oí decir entre dientes: ¿De modo que estaba anoche en el castillo... ¿Qué ha venido á hacer aquí? Ya que estuvimos algo alejados del castillo, le pregunté que quién era aquel Arthur Ranee y cómo lo había conocido. Entonces me recordá su relato de aquella misma mañana, haciéndome recordar que mister Arthur- W. Raneé era aquel norteamericano de Filadelfia con quien había bebido tanto Champaña en la noche de la recepción del Elíseo. -Pero ¿no iba á marcharse casi en seguida? -Sí; por eso estoy extrañadísimo de verle en Francia, y sobare todo aqur. No vino anoche, ni ha llegado esta mañana: vendría antes de comer, y per eso no lo he visto. ¿Cómo es que no me han avisado los porteros? Hice notar á mi amigo que, respecto de los porteros, no me había dicho aún cómo se las había compuesto para hacerlos poner en libertad. Justamente, nos acercábamos á la portería; los esposos Bernier nos miraban llegar. Una amable sonrisa iluminaba su cara. Parecían no haber conservado ningún mal recuerdo de su detención preventiva. Mi amigo les preguntó á qué hora había venido Ranee. Contestaron que ignoraban la presencia de Ranee en el castillo. Debía haber llegado durante la velada de la víspera, pero no habían oído abrir la verja, dado que el Sr. Ranee, que, según parece, gustaba mucho de andar y que no quería que fuesen á esperarlo en coche, acostumbra á dejar el tren en el burguillo de Saint- Michel; de allí, atravesando la selva, se encaminaba hacia el castillo. Llegaba al parque por la gruta de Santa Genoveva, bajaba hasta ella, pasaba por encima de una verjita, y estalla en el parque. A medida que los porteros hablaban, iba Pepe frunciendo el ceño; parecía descoi tentó, pero descontento de sí mismo. Sin duda le molestaba que, después de haber estado estudian do á los seres y las cosas, del castillo con minucioso esmero, no supiera aún que Ranee acostumbraba á venir á casa de su colega Pidió explicaciones. -Dicen ustedes que el Sr. Ranee acostumbra á venir al castillo... ¿Cuándo ha venido por última vez? -No podríamos decírselo á usted fijamente- -contestó Bernier, el portero, -puesto que nada podíamos saber mien- ij tras estuvimos presos; y, además, porque si ese señor, cuan- do viene al castillo, no pasa por la verja principal, tampoco pasa por ella cuando se marcha... ¿Saben ustedes siquiera cuándo vino aquí por primera vez -Eso, sí, señor; hace nueve años. -De modo que hace nueve años que vino á Francia... y en esa época, ¿cuántas veces, que ustedes sepan, vino aquí? -Tres veces. ¿Cuándo vino por última vez. antes de hoy, sabiéndolo ustedes? -Unos ocho días antes del atentado del Cuarto amarillo Pepe preguntó también, pero esta vez á la mujer: ¿En la ranura del piso? -En la ranura del piso- -contestó ella. -Gracias- -contestó Pepe, -y prepárese usted para esta noche. Pronunció esta última frase con un dedo sobre los labios, para recomendar silencio y discreción. Salimos del parque y nos dirigimos á la posada del Castillejo ¿Va usted algunas veces á esa posada? -A veces voy á comer allí. -Pero ¿también come usted en el castillo? -Sí; Larsán y yo nos hacemos servir tan pronto en una de nuestras habitaciones, tan pronto en otra. 21