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iguales, y la vivienda de aquellos infelice; era de tan reducidas dimensiones, que resultó imposible de todo punto hacer la fotografía. Aquellas gentes vivían en una suF OLOR CALLADO ¡Qué instructiva es perficie total de unos seis metro? en cuadro, la carta que me lias distribuida en cuatro rincones, donde por escrito! Esos pueblos del Norte de España, mucho amor á la limpieza que tuvieran sus región que compite en belleza con Suiza, moradores no era dado practicarla. están evidentemente por civilizar, L, a des ¡Infelices hermanos nuestros! No eran de confianza, el odio más bien, hacia el mé- los más desventurados. Tenían un pedazo dico, contrasta con la ciega confianza y de pan seguro, muy seco y escaso, pero pau entusiasta admiración, por el curandero. al cabo, como el que tiene un condenado en Los procedimientos brutales de esos perso- su calabozo. najes para sacar el sol de la cabeza y levanMi acompañante joven profesional acostar paletillas y curar el ínal de ojo, contras- tumbrado á recogYcon su instantánea cuatan con la salvaje indiferencia con que son dros pintorescos y artísticos, se lamentaba tratadas las pobres mujeres. Fecundísimas, de no habsr podido complacerme, y aterratrabajadoras, humildes y sufridas, me las do pensaba en la posibilidad de que tuviera describes coinb símbolo del dolor callado, algún día que vivir de aquel modo. Todos hondo, que no solloza, y solamente cuando estamos expuestos á caer en brazos del do desborda rompe en aullidos estremecedores. lor que abruma, que abate, que nos hace ¡Pobrecillas! Segúu me dices, aun en la llorar por dentro, calladamente, sin gemí casa del labrador rico no se sientan á la dos, sin lágrimas, sin estremecimientos de mesa; comen las sobras, soportan los más protesta. rudos trabajos y en ocasiones emigran para Basta recordar nuestras grandes, nuestras obtener rendimiento de sus enormes ubres. verdaderas penas, aquellas que nadie co Cuando llegan á las capitales de provincia noce y nadie, por lo tanto, ha de compren ó á la soñada corte suelen transformarse en der y consolar, para que adivinemos lo que seres bravos, exigentes, que hacen sufrir sufrirán calladamente esos infelices á los verdaderas torturas á las familias. Es una cuales la miseria decente y vergonzosa les ley compensadora, sin duda, pero no por quita todo derecho á la queja. ello menos dura é injusta. Pero nosotros podemos y debemos exteCuando oigo decir que tenemos que civi- riorizar esas evitables amarguras, tenemos lizar Marruecos con urgencia no puedo me- la obligación de iuvestigar dónde se hallan nos de pensar en la tarea que nos queda por realizar en llanuras y montañas españo as. Pero en el inextricable laberinto de casas infectas y malsanas, donde, consumidos por la tuberculosis y otras infecciones evitables agonizan centenares de seres, hallarías cuadros todavía más terribles que los que me describes en tus cartas. Por fortuna para tus pobres protegidos, tienen éstos á la puerta de sus chozas y cabanas la naturaleza bravia, el sol y el aire que ventea y sanea el cuerpo; pero en ciertos barrios de Madrid la vida parece una maldición. Ya te has enterado de la santa empresa que han emprendido caritativas damas (es posas en su mayoría de médicos ilustres) visitando á los pobres enfermos procedentes délos dispensarios antituberculosos que funcionan en Madrid. Aun suponiendo que no se consiguiera en estos centros benéficos otras ventajas que la de poner de relieve el mal (y son muchas más y muy positivas las obtenidas) bastaría para acreditarlos. I,o s relatos de tan bondadosas señoras me conmovieron profundamente. En una modesta casa vivía una madre tuberculosa, con tres hijos de corta edad, dos de ellos enfermizos y muy en peligro. El padre trabajaba sin descanso, siéndole imposible soportar los gastos extraordinarios de la curación de su pobre mujer. Pensé hacer una fotografía de aquel interior. ¿No se reproducen las escenas del placer ó del crimen? Pues no estaría de más presentar en su triste desnudez el dolor callado, que sólo descubren y alivian las almas piadosas y buenas. En una de las callejas del Madrid viejo, donde tiene necesariamente que entrar sin compasión la piqueta, penetramos el fotógrafo y yo en una obscura y maloliente casuca. A los estrechos corredores se abrían las puertas de cada zaquizamí. Para llegar al que buscábamos había que ascender por una estrechísima escalera de peldaños des- LA DUQUESA DE AOSTA VISITANDO EL CARTAS A PEPE bascar el posible remedio y convertirnos en abnegados misioneros del progreso y del bien por ¡os campos y por la ciudad, -despertando á los egoístas con grandes y conmovidos clamores. LOS BAÑOS DE SOL Y LA TUBERCULOSIS p n un número anterior se ha publicado una vista de la escuela para niños débiles de Buenos Aires, donde se practican los llamados baños de sol. El doctor Malgat, de Niza, después de ocho años de observaciones continuadas en tuberculosas, á los cuales ha sometido en los primeros grados de la dolencia á este tratamiento, ha demostrado las ventajas de la insolación del cuerpo, ó, por lo menos, del torso desnudo durante veinte minutos solamente, pues una duración mayor puede no convenir. El resultado ha sido aumentar el número de respiraciones y pulsaciones, bajar la presión arterial, aumentar la cantidad total de orina en las veinticuatro horas y provocar la perspiración cutánea. En las adenitis tuberculosas, en los linfáticos y en los tuberculosos en primer grado ha obtenido un 100 por ioo de curacio- INSTITUTO ORTOPÉDICO DE ÑAPÓLES