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MISTERIO SL CUARTO AMARILLO en su cuarto con sus enfermeras ¿Quién ha dado vuelta á la llave del cuarto para dejar entrar al asesino? ¿Las enfermeras? ¿Dos criadas fieles, la vieja doncella y su hija Silvia? Muy improbable es eso. Además, duermen en el cuarto tocador, y la Srta. Stangerson, muy inquieta, muy prudente, según me ha dicho Darzac, vela ella misma por su seguridad desde que ha mejorado lo bastante para dar algunos pasos por su cuarto, de cual no la he visto salir aún. Esas repentinas prudencia é inquietud en Matilde, que habían llamado la atención del Sr. Darzac, también á mí me habían dado que pensar. Cuando ocurrió el crimen del cuarto amarillo, está fuera de duda que la desgraciada esperaba al asesino. ¿Lo esperaba esta noche? Pero ¿quién ha dado vuelta á 1 a llave para abrir al asesino, que está ahí Porque, después de todo, puede y hasta debe temer la llegada del asesino, y, no obstante, tener razones para abrirle la puerta, ¡para verse obligada á abrirle la puerta! ¿Que terrible cita es ésta? Cita de crimen? Seguramente que no es cita de amor, pues Matilde adora á Roberto, lo sé. Todas estas reflexiones surcan mi cerebro cual relámpago que sólo tinieblas iluminara ¡Ah! saber... ¡Si hay tanto silencio detrás de esa puerta, sin duda es porque necesitan silencio! ¿Puede mi intervención Lausai más daño que provecho? Lo ignoro. ¿Quién me dice que mi intervención uo determinaría un: crimen e n aquel- mismo minuto? Ah! ¡ver y saber, sin turbar el silencio! Salgo de la antecámara. Voy á la escalera central, la bajo; heme en el vestíbulo; corro lo más silenciosamente posible hacia el cuartito de la- planta baja, en donde desde el atentado del pabellón duerme el tío Santiago. Lo- encuentro vestido con los ojos abiertos de par en par, casi espantados. Xo, parece extrañado de verme: me dice que se ha levantado porque ha oído el maullido del Animalitb de- Dios y que haloído pasos- en el parque, pasos que se deslizaban ante MI ventana. Entonces miro por la ventana y veo pasar, hace un rato, un fantasma negro Le pregunto si tiene un arma: no, ninguna, desde que el juez de instrucción le cogió su revólver. Le pido que me siga. Salimos al parque por una puertecita trasera. Nos deslizamos á lo largo del castillo hasta el punto que se halla justo debajo del cuarto de Matilde: Allí pego al tío Santiago contra la pared, le digo que no se mueva, y yo. aprovechando el que una nube cubre en aquel momento la íuna, me adelanto frente á la ventana, pero fuera de la luz que de ella sale, pues la ventana está entreabierta ¿Por precaución? ¿Para poder salir más pronto por la ventana, si alguien entrara por una puerta? Pero el caso es que quien saltara por esa ventana correría grandes riesgos de romperse los huesos. ¿Quién r. ie Jice que no tiene una cuerda el asesino? Ha debido de preverlo todo... i Saber lo que ocurre en ese cuarto... ¡Conocer el Silencio de ese cuarto... Vuelvo al tío Santiago y pronuncio una palabra á su oído: Escalera Pensé primeramente en el árbol que, ocho días antes, me sirvió de observatorio, pero en seguida vi que la ventana- está entreabierta de tal manera que nada podría ver esta vez desde el árbol de lo que ocurre en el cuarto. Y, además, que no sólo quiero ver, sino oír y obrar... El tío Santiago, muy agitado, casi tembloroso, de ¿ap: rece un momento y vuelve, sin escalera, haciéndome desde lejos repetidas señas con los brazos para que me llegue a él uanio antes. Al llegar cerca de él me dice en voz baja: r Venga usted! Me hace dar la vuelta al castillo por el castillejo. Allí me dice: -Fui á buscar mi escalera á la sala baja del castillejo, que nos sirve de cuarto trastero al jardinero y á mí; ¡a puerta del castillejo estaba abierta y faltaba la escalera. Al salir, ¡mire usted dónde vi la escalera! Y me mostraba, en el otro extremo del castillo, una escalera apoyada contra los sostenes del terrado, pu. debajo de la ventana que hallé abierta. El terrado me había impedido ver la escalera... Merced á esa escalera, resultaba sumamente fácil penetrar en la galería vuelta del primer piso, y ya no dudé que aquél fue el camino tomado por el desconocido. Corremos á la escalera; pero en el momento de apoderarnos de ella, el tío Santiago me designa la puerta entreabierta de la piececita de la planta baja, formando saliente ea la extremidad de aquella ala derecha leí castillo y que tiene por techo el terrado de que antes hablé. Ei tío Santiago empuja un poco la puerta, mira por dentro v me dice quedísimo: ¡No está ahí! ¿Quién? ¡El guarda! Y añade: Bien sabe usted que el guarda duerme aquí, desde que están haciendo obra en el castillejo... Y con el mismo gesto significativo me designa la puerta entreabierta, la escalera, el terrado y la ventana, cerrada antes por mí, de la galería vuelta. ¿Cuáles fueron entonces mis pensamientos? No había tiempo suficiente para pensar. Más bien que pensar. sentía Claro es, sentía yo, que si. el guarda está arriba en el cuarto (digo si por no tener en este momento, fuera de esa escalera y de ese cuarto, del guarda, vacío, ningún indi- cío que me permita sospechar siquiera del. guarda) ha tenido que pasar por esa escalera y por esa ventana, pues las piezas que se hallan detrás de su nuevo cuarto, por estar ocupadas por el mayordomo y por la cocinera y por las cocinas, le cierran el camino del vestíbulo y de la escalera en el interior- del castillo... si es el guarda quien ha pasado por ahí le habrá sido fácil, bajo cualquier pretexto, anoche, ir á la ga- lería y cuidar de que esa ventana quedara simplemente encajada, de tal suerte que no tuviera más que empujarla d sde fuera para que se abriera, pudiendo así entrar en a galería. Esta necesidad de la ventana no cerrada por dentro reduce singularmente el campo de las pesquisas sobre la personalidad del asesino. Es preciso que el asesino sea de la casa á menos que tenga un cómplice, cosa que no creo. á menos... á menos que Matilde misma haya cuidado de que dicha ventana no se cerrara por dentro... Mas, cuál sería ese espantoso secreto que haría que Matilde se viera obligada á suprimir los obstáculos que la separan de su asesino? Cojo la escalera y volvemos á la parte trasera del castü o. La ventana del cuarto sigue entreabierta; están corridas Jas. cortinas, pero no se cruzan; dejan pasar un volumino. v rayo de luz que llega hasta la hierba del suelo. Bajo la ventana del cuarto apoyo mi escalera. Estoy casi seguro de no haber hecho ruido alguno. Y mientras queda al pie de la escalera el tío Santiago subo yo suavemente, suavemente, con mi garrote. Retengo la respiración; alzo y siento los pies con 18