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ABC ido a París; sigue la pista de Darzac... También éste ha ido silencio. Vuelvo á cerrar. Otra vez desgarra el aire el sinies í París esta mañana. Todo eso terminará muy mal... Preveo tro clamor. Me visto á toda prisa. Tiempo malísimo; ¿quién el arresto de Darzac para antes de ocho días. Lo peor es que imita esta noche tan cerca del castillo el maullido del gato todo parece ponerse en contra suya: los acontecimientos, las de la tía Arrodillada? Cojo un garrote, única arma de que cosas, los hombres... No pasa una hora sin que se produzca dispongo, y, sin hacer ruido alguno, abro la puerta. una nueva acusación contra ese desgraciado... El juez tiene Heme en la galería; una lámpara de reflector la alumbra sobrados motivos para proceder contra él; tanta ppariencia muy bien; la llama de la lámpara vacila como bajo la acción de culpabilidad es para cegar á cualquiera... de una ráfaga de aire. Siento la corriente. Me vuelvo. De- -Sin embargo, Larsán no es un novato. trás de mí está abierta una ventana, la que se halla en la exr- -Creía yo- -contestó Pepe con gesto despectivo- -que va- tremidad del trozo de galería á la que dan nuestras habitaciolía mucho más el famoso policía... Claro que no es un cual- nes la de Larsán y la mía, galería que llamaré galería vueíquiera... Hasta le he admirado, antes de conocer su método ta para distinguirla de la galería recta á la cual dan las de trabajo: es deplorable el tal método... Únicamente á su habitaciones de la Srta. Stangerson. Esas dos galerías e cruhabilidad debe su reputación; pero carece de filosofía; la zan, formando ángulo recto. ¿Quién ha dejado abierta esa matemática de sus concepciones es muy pobre... ventana, ó quién acaba de abrirla? Voy á la ventana; me in No pude eontener una sonrisa al ver á aquel chicuelo de clino hacia fuera. A un metro próximamente de dicha vendiez y ocho años tratar de principiante á un hombre de unos tana hay un terrado que sirve de tejado á una piececita sacincuenta años que había probado ser uno de los más astutos liente situada en la planta baja. En caso de necesidad puede uno saltar de la ventana al terrado, y de allí dejarse deslidetectives de Europa... -Usted se sonríe- -me dijo Pepe. -Hace usted mal. Le zar hasta el patio de honor del castillo. Quien siguiera ese juro á usted que he de poder más que él, pero tengo que dar- camino, de seguro que no había de llevar consigo la llave de me prisa, pues tiene mucho adelanto sobre mí, adelanto su- la puerta del vestíbulo. Mas ¿por qué imaginarme esa escena ministrado por el Sr. Darzac, y que el Sr. Darzac agravará de gimnasia nocturna? ¿Por haber visto abierta una ventaesta misma noche... Calcule usted: ¡cada ves que viene al na? Acaso no hubiera en todo esto más que el descuido de castillo el asesino, el Sr. Darzac, por extraña fatalidad, se un criado. Cierro la ventana sonriéndome de la facilidad con que imagino dramas sólo por haber visto abierta una venausenta y rehusa indicar el empleo de su tiempo! ¡Cada vez que viene al castillo el asesino! -exclamé. -tana. Nuevo maullido del Animalito de Dios Luego, el silencio; la lluvia ha cesado de azotar los cristales. Todo Por lo visto, ha vuelto... -Sí, durante aquella famosa noche en que se produjo el duerme en el castillo. Ando con infinitas precauciones sobre la alfombra de la galería. Llegado al ángulo de la galería fenómeno... Iba, pues, á conocer el famoso fenómeno al que, desde ha- recta, adelanto la cabeza y deslizo por aquélla una prudente da media hora, aludía Pepe, sin explicármelo. Ya había ojeada. En esa galería, otra lámpara de reflector da una luz que aprendido- á no darle prisa en sus narraciones... Hablaba alumbra muy bien los escasos objetos que se hallan allí: tres cuando se le antojaba ó cuando lo creía útil, preocupándole butacas y algunos cuadros colgados de las paredes. ¿Qué mucho menos mi curiosidad que el hacer un resumen com- hago yo aquí? Nunca ha estado tan tranquilo el castillo. Todo pleto, para sí mismo, de un acontecimiento capital que le in- en él está descansando. ¿Qué instinto es ese que me empuja hacia el cuarto de Matilde? ¿Por qué esa voz que grita en el teresaba. En fin, por medio de las f rasecitas rápidas, me reveló cosas fondo de mi ser: ¡Ve hasta el cuarto de la Srta. Stangerque me atontaron, pues, en verdad, los fenómenos de, por son! Miro la alfombra, y veo que mis pasos hacia el cuarejemplo, el espiritismo, ciencia aún desconocida, no son más to de Matilde son guiados por pasos que ya han ido allí. Sí, inexplicables que la desaparición de la materia del asesino en sobre esa alfombra, rastros de pasos han traído barro de el momento en que le estaban tocando cuatro. Hablo del hip- fuera, y sigo esos pasos, que me conducen al cuarto de Manotismo como hablaría de la electricidad, cuya naturaleza tilde. ¡Horror, horror! ¡Reconozco los pasos elegantes ignoramos, y cuyas leyes conocemos tan poco, porque, en los pasos del asesino! Ha venido de fuera con semejante aquel momento, el asunto no me pareció poderse explicar más tiempo. Si puede bajarse de la galería por la ventana, merque por lo inexplicable; es decir, por un acontecimiento ex- ced al terrado, también es posible subir á ella. traño á las leyes naturales conocidas. No obstante, de tener o El asesino está ahí, en el castillo, pues los pasos no han 3 0 el cerebro de Rouletabille, tuviera, como él, el presenti- regresado Se ha introducido en el castillo por esa ventana miento de la explicación natural pues el más curioso abierta en la extremidad de la galería vuelta; ha pasado por de todos los misterios de Glandier ha sido la manera natu- delante del cuarto de Larsán, por delante del mío, ha tomado ral con que Rouletabille los explicó Mas ¿quién podía en- por la derecha, en la galería recta, y ha entrado en el cuarto tonces, y aun hoy, vanagloriarse de poseer un cerebro como de Matilde. Estoy delante de la puerta de la habitación de la el suyo? Sólo en otra frente he notado las extrañas é inar- Srta. Stangerson, delante de la puerta de la antecámara; está mónicas protuberancias de la suya: en la de Larsán; y era entreabierta, la empujo sin hacer el menor ruido. Me hallo en preciso mirar muy atentamente la frente del célebre policía la antecámara, y ahí, bajo la puerta del cuarto mismo, veo una para observar dichas protuberancias, en tanto que las de barra de luz. Escucho. ¡Nada! Ningún ruido, ni el de la respiración. ¡Saber lo que ocurre en el silencio que hay detrás de esa Pepe saltaban á la vista- -y valga la frase. puerta! Miro la cerradura; está echada la llave y la llave ha Tengo, entre los papeles que me entregó el joven, una vez terminado el asunto, un cuaderno de apuntes en el que se quedado en la cerradura. ¡Y pensar que acaso esté ahí el asehalla un relato completo del fenómeno de la desaparición sino! ¡Que debe de estar ahí! ¿Se escapará también esta vez? de la materia del asesino y de las reflexiones que inspiró á ¡Todo depende de mí! ¡Sangre fría y, sobre todo, ningún movimiento inútil ó necio! Es preciso mirar dentro de ese mi amigo. Creo preferible someter al lector ese relato z seguir re- cuarto. ¿Entraré por el salón de Matilde? tendría luego produciendo mi conversación con Pepe, pues temería, n se- que atravesar el cuarto tocador, y entonces se escaparía el mejante historia, añadir una palabra que no fuera la expre- asesino por la puerta de la g alería, puerta ante la cual estoy en este momento. sión de- la más estricta verdad. Para mí, esta noche no ha habido aún crimen pues nada explicaría el silencio del cuarto tocador. En esta pieza, dos XV enfermeras velan á la enferma hasta su completa curación. TRAMPA Puesto que tengo la casi seguridad de que está aquí el asesino, ¿por qué no dar la alarma en seguida? Acaso se escapi Extracto del cuaderno de apuntes de Pepe Rouletabille. el asesino, pero quizá le salve la vida á la Srta. Stangersor. La noche pasada, noche del 29 al 30 de Octubre, me des- ¿Y si, por casualidad, el asesino, esta noche, no fuera uíi perté á eso de la una de la madrugada. ¿Fue por insomnio ó asesino? La puerta ha sido abierta para dejarle paso: ¿por por haber oído ruido fuera? En el fondo del parque retum- quién? Y ha sido cerrada: ¿por quién? Ha entrado esta nobaba, siniestro, el maullido del Animalito de Dios Me le- che en ese cuarto cuya puerta estaba ciertamente cerrada con vanto, abro mi ventana. Viento frío y lluvia; tinieblas opacas, llave por dentro, pues Matilde todas las noches se encierra