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BIBLIOTECA perimento de química en la parte del laboratorio ocupada por Jos hornillos. Dirá Larsán que el asesino se deslizó detrás de ellos, por inverosímil que la cosa parezca... Ya lo ha dado á entender al juez de instrucción... Fijándose bien, ese razonamiento es absurdo, dado que el familiar- si hay en esto algún familiar de la casa -debía saber que el profesor no iba á tardar en salir del pabellón; y el tal familiar comprometía su propia seguridad al aplazar sus operaciones para después de dicha salida... ¿Por qué hubiera arriesgado al pasar por el laboratorio mientras seguía allí el profesor? Además, ¿en qué momento se habría introducido el familiar en el pabellón... Sería menester dilucidar todos esos puntos antes de admitir lo imaginado por Larsán. No perderé tiempo en ello, pues tengo un sistema irrefutable que no me permite preocuparme por tales suposiciones. Sólo que, como tengo que callarme por ahora, y en cambio Larsán habla algunas veces, podría suceder que todo acabara por explicarse en contra del Sr. Darzac... ¡de no estar yo aquí! -añadió con orgullo el joven. -Pues hay contra ese Sr. Darzac otras apariencias algo más terribles que esa historia del bastón, tanto más incomprensible cuanto que Larsán lleva tranquilamente en presencia del Sr. Darzac un bastón que, según el policía, ha sido comprado por el Sr. Darzac y que pertenecía á éste... Comprendo muchas cosas en el sistema de Larsán, pero no comprendo aún el bastón. ¿Sigue en el castillo Larsán? -Sí, casi no se ha movido de él. Duerme aquí, como yo, á megos del Sr. Stangerson. Este ha hecho por el policía lo que el Sr. Darzac ha hecho por mí. Acusado por Larsán de conocer al asesino y de haber permitido su huida, el profesor ha querido facilitar á su acusador todos los medios para llegar al descubrimiento de la verdad. Lo mismo hace conmigo el Sr. Darzac. -Pero usted está persuadido de la inocencia del Sr. Darzac. -Creí un momento en la posibilidad de su culpabilidad cuando por vez primera vinimos al castillo. Pero ha llegado el momento de contarle á usted lo ocurrido entre el Sr. Darzac y yo. Pepe se interrumpió para preguntarme si había traído las armas. Le enseñé los dos revólvers. Los examinó, y dijo: Está muy bien y me los devolvió. ¿Los necesitaremos? -le pregunté. -Esta noche, probablemente; pasaremos la noche aquí; ¿es molesto para usted? -Al contrario- -contesté con un gesto que excitó la risa de Pepe. Pero en seguida volvió á su seriedad habitual, diciendo: -El momento éste no es á propósito para reírse; hablemos seriamente. ¿Recuerda usted la frase que me abrió la puerta de este misterioso castillo? -Sí, muy bien: Nada ha perdido de su encanto el presbiterio, ni de su lozanía el jardín. Esa misma frase, medio chamuscada, es la que también encontró usted en los carbones del laboratorio. -En efecto; y, por debajo, la llama había respetado esta fecha: 23 de Octubre No olvide la fecha, es muy importante. Ahora voy á decirle, á explicarle esta extraña frase. Ignoro si sabe usted que la antevíspera del crimen, es decir, el 23, el Sr. Stangerson y su hija fueron á una recepción del Elíseo. Hasta creo que asistieron á la comida dada por el Presidente. De todas maneras, estaban en la recepción, puesto que allí los vi Únicamente por deber profesional me hallaba en dicha ceremonia; tenía que pedirle ciertas indicaciones á uno de los sabios de la Academia de Filadelfia para quienes se daba aquella fiesta. Hasta entonces, nunca había visto al Sr. Stangerson ni á su hija. Estaba sentado en el salón que precede al de Embajadores, y, harto de haber sido zarandeado por tantos nobles personajes, estaba sumido en una especie de ensueño, cuando sentí pasar el perfume de la dama de negro Usted me preguntará: ¿Qué es eso del perfume de la dama de negro? Bástele á usted saber que es un perfume que me ha sido muy grato, por ser el de una señora, siempre vestida de negro, que me demostró maternal bondad en mi niñez. La dama que aquella noche estaba discretamente impregnada del perfume de la dama de negro lucía traje blanco. Era maravillosamente hermosa. Na pude impedir el levantarme para seguirá ella y á su per- 5I 1 R 10 A B C fume. Un hombre, un anciano, llevaba del brazo á aquella beldad. Todo el mundo los miraba, y oir murmurar: El profesor Stangerson y su hija. Así es como supe á quién seguía. Hallaron á Roberto Darzac, á quien conocía yo de vista. Uno de los sabios norteamericanos, Arthur William Ranee, fue á sentarse, con el profesor Stangerson, en la galería principal, y el Sr. Darzac se llevó á Matilde á uno de los invernaderos. Yo seguía... Hacía aquella noche un tiempo muy suave; las puertas que daban al jardín estaban abiertas. Matilde echó un ligero chai sobre sus hombros, y claramente vi que elíi era la que pedía al Sr. Darzac que penetrara con ella en ía casi soledad del jardín. Seguí aún, interesado por la agitación que demostraba el Sr. Darzac. En este momento se deslizaban, con paso lento, á lo largo de la pared que por aquel lado limita la avenida Marigny. Tomé por el camino centra! andaba paralelamente á mis dos personajes. Luego corté á través de la capa de césped para cruzarme con ellos. La noche era obscura, la hierba ahogaba mis pasos. Se habían detenido junto á un mechero de gas, y parecían, inclinados sobre un papel que tenía en la mano la Srta. Stangerson, leer algo que les interesaba mucho. También me detuve; estaba rodeado de sombra y de silencio. No me vieron, y oí clara, mente á Matilde repetir, doblando el papel: Nada ha perdida dicho esto en tono á la vez tan burlesco y tan desesperado, y, fue seguido de tan nerviosa risa, que creo que esa frase quedará siempre en mi oído. Mas fue pronunciada otra frase por el Sr. Darzac: ¿Habré de tener que cometer un crimen para poseerla á usted? Darzac estaba agitadísimo; tomó la mano de Matilde, la besó largo rato, y, dadas las sacudidas de sus hombros, se me figuró que lloraba. Después se alejaron. Cuando volví a la galería principal- -prosiguió Pepe, -ya no vi al Sr. Darzac, y no había de volverle á ver sino aquí, después del crimen; pero vi á Matilde, á su padre y á los delegados de Filadelfia. Matilde estaba cerca del Sr. Ranee. Le hablaba éste con extraordinaria animación; sus ojos brillaban como luces; pero creo que la joven no escuchaba siquiera lo que le decía Ranee, pues su cara expresaba completa indiferencia. Ranee es un hombre sanguíneo, de cara barrosa; debe de gustarle el gin. Al marcharse el profesor Stangerson y su hija, se fue al buffet y ya no salió de allí. Le seguí á aquel sitio y pude serle útil en medio de tal gentío. Me dio las gracias y me dijo que regresaba á Norteamérica tres días después, es decir, el 26 (al día siguiente del crimen) Le hablé de Filadelfia; me dijo que hacía veinticinco a ños que habitaba dicha ciudad, y que allí había conocido al Sr. Stangerson y á su hija. Se tragó otra copa de Champaña, y otra, y creí que no cesaría de beber en toda la noche. Le dejé cuando le vi casi ebrio. Tal fue mi velada, querido. No sé por qué especie de previsión seguí pensando en el Sr. Darzac y en la Srta. Stangerson de modo que ya puede usted figurarse el efecto que me produjo la noticia del asesinato de Matilde. ¿Cómo no recordar estas palabras? ¿Habré de tener que cometer un crimen para poseerla á usted? No obstante, no fue esta frase la que dije yo al Sr. Darzac cuando le vimos en Glandier. La en que se trata del presbiterio y del jardín lozano, que la Srta. Stangerson parecía haber leído en el papel que tenía en la mano, bastó para hacernos abrir de par en par las puertas del castillo. ¿Creía yo en aquel momento que el Sr. Darzac era el asesino? Me parece no haberlo creído nunca del todo. En aquel momento no pensaba seriamente nada Estaba tan poco documentado... Pero necesitaba que me probase en seguida que no estaba herido en la mano. Ya que estuvimos solos, le conté lo que la casualidad me había hecho sorprender respecto de su conversación con Matilde en los jardines del Elíseo, y al decirle que había oído estas palabras: ¿Habré de tener que cometer un crimen para poseería que conversó con la Srta. Stangerson en eljílíseo había ido ésta, por ía tarde, á la oficina de Correos número o á recoger una carta que era quizá la, que ambos habían leído en los jardines del- Elíseo, y- xjue terminaba con estas palabras: Nada ha perdido de su encanto el presbiterio, ni de su lode su encanto el presbiterio, ni de su lozanía el jardín... Fue rimnimn 1 iitimnninnnrn 1