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Hasta ahora, siempre le había visto pasearse con las manos en los bolsillos... -Es un regalo- -contestó el policía. ¿Reciente? -insistió Pepe. -Y tanto; como que me lo han hecho en Londres... -Cierto, que acaba usted de llegar de Londres, D. Federico. ¿Permite usted que vea de cerca ese bastón? -Con mucho gusto. Larsán dio el bastón. Era éste de bambú amarillo con puño en forma de pico de cuervo; lo adornaba un anillo de oro. Pepe lo examinaba minuciosamente. -Pues es el caso- -dijo con zumba- -que le han ofrecido á usted en Londres un bastón fabricado en Francia. -Es posible- -contestó Larsán imperturbable. -Lea usted la marca, aquí, en letras minúsculas: Cassette, 6 bis, Opera... Larsán objetó: ¿No hay franceses que hacen lavar su ropa sucia en Londres... Pues lo mismo pueden los ingleses comprar sus bastones en París... Pepe devolvió el bastón. Al dejarme en mi compartimiento, me dijo: ¿Ha apuntado usted las señas en su m entona? -Sí: Cassette, 6 bis, Opera... Cuente usted conmigo, mañana recibirá usted carta mía. En efecto, aquella misma noche veía 30 en París al señor Cassette, dueño de una tienda de bastones y paraguas; y después le e scribía á mi amigo: Un hombre cuyas señas son, sin duda alguna, las de Roberto Darzac; la misma estatura, ligeramente encorvado, idéntica barba, abrigo amarillento, sombrero hongo, vino la noche misma del crimen, á las ocho de la noche, á comprar un bastón idéntico al que nos interesa. Hace dos años que el Sr. Cassette no lia vendido otro igual. El bastón de Larsán es nuevo; de modo que, en efecto, se trata del que le hemos visto. No es él quien lo ha comprado, pues estaba entonces en Londres. Como usted, creo que lo ha hallado en algún sitio no lejano del Sr. Darzac... Pero, entonces, si, cual usted pretende, estaba el asesino en el Cuarto amarillo desde las cinco de la tarde ó quizá las seis, como el drama no se ha efectuado sino á eso de media noche, la compra de ese bastón proporciona una irrefutable coartada al Sr. Darzac. XIU NADA HA PERDIDO DE SU ENCAN 10 EL PRESBITERIO NI DE SU LOZ- VNÍA EL J A K J D Í N soy un héroe. Pero tratábase sin duda, aqiíel día, de un amigo que pedía mi ayuda, y no vacilé. Después de haberme cerdo rado de que el único revólver que poseía estaba en buenas condiciones, me dirigí á la estación de Orleáns. Mab, en el camino, pensé que un revólver constituía una sola arma, y quq el telegrama de Rouletabille pedía más de una; entré, pues, en una tienda de armero y compré un buen revólver de es- caso tamaño, que con mucho placer iba á ofrecer á mi amigo. Esperaba hallar á Pepe en la estación de Epinay, pero nc estaba. Sin embargo, un coche me esperaba, y no tardé en Ocho días después de los acontecimientos que acabo de narrar, el 2 de Noviembre, recibía en mi domicilio de París un telegrama que decía: Venga en seguida á Glandier. Traiga revólvers. Saludos. Rouletabille. Creo haber dicho que en aquella época, que era la de mis comienzos en la abogacía, frecuentaba el Palacio de Justicia más para familiarizarme con los deberes de mi profesión que para defender pleitos que aun no tenía. No podía, pues, extrañarme que dispusiera áe mi tiempo Pepe; además, sat ía él cuánto me interesaban sus aventuras periodísticas en general, y sobre todo el asunto de Glandier. Ocho días hacía que nada sabía de éste, fuera de algunos cuentos fantásticos de la Prensa y de algunoa breves apuntes de Pepe en l Epoque. Estos apuntes hablaban del hueso de pierna de carnero decían que el análisis había, declarado ser sangre humana las señales encontradas en el hueso. Las manchas recientes procedían de sangre de la Srta. Stangerson las antiguas, de otros crímenes que podían remontarse á varios años. Inútil es decir que el asunto ocupaba la Prensa universal. Jamás ningún crimen había intrigado tanto á todos. No obstante, me parecía que adelantaba poco la instrucción; por todo esto, mucho me. hubiera alegrado la invitación de mi amigo, de no haber contenido el telegrama estas palabras: Traiga revolveos. Mucho mes preocupaban estas palabras. Si Pepe rué telé granaba que llevara tales armas, era porque preveía que tení drían 38 %i jjfe tilizarlas Y- lo c tíiesosinav goazaTin ao llegar á Glandier. Nadie en la verja. En el umbral mismo del castillo vi al joven. Me saludó con gesto afectuoso y en seguida me abrazó, preguntándome cariñosamente por mi salud. Ya que estuvimos en el vetusto saloncito de que he hablado, Rouletabille me pidió que me sentara y me dijo: ¡Esto va mal! Se acercó á mí y me dijo al oído r- -Federico Larsán arremete á fondo contra Roberto Darzac. Esto no me extrañaba desde que vual prometido de la señorita Stangerson palidecer ante la huella de sus pasos. Sin embargo, dije en seguida: ¿Y el bastón? -Sigue en manos de Larsán, que no se aparta de él... -Pero ¿no constituye una coartada para el Sr. Darzac? -De ningún modo. El Sr. Darzac, á quien he preguntado hábilmente sobre el particular, niega haber comprado aquella noche, ni ninguna otra, un bastón en la tienda de Cassette... Sea lo que sea- -dijo Pepe, yo nada afirmaría pues el Sr. Darzac tiene tan extraños silencios, que no sabe uno fijamente qué hay que pensar acerca de lo que dice... -En el ánimo de Larsán, ese bastón debe ser objeto muy, precioso, un objeto convincente... Pero ¿de qué manera? Pues, dada la hora en que fue comprado el bastón, no podía hallarse éste en manos del asesino... -Lo de la hora, poco le estorba á Larsán... Puede no adoptar mi sistema, el cual comienza por introducir al asesino en el Cuarto amarillo entre cinco y seis; ¿qué le impide á él hacerlo entrar eñ el cuarto entre diez y once de la noche? Justamente en aquel momento, el Sr. Stangerson y su hija, ayudados- por el ÚQ Santiago, procedían á un interesante J x 15