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5 WRI 0 A B C Aquí pongo punto final já la cita que he creído deber hacer del relato del Sr. Maleine, actuario del tribunal de Corbeil. No necesito decir al lector, que cuanto acababa de ocurrir en el laboratorio roe fue fiel é inmediatamente comunicado por Rouletabille en persona. y tal era el pensamiento de Rouletabille, pues, recomendándome que no dijera una palabra, abrazó el tronco con sus jó- venes y vigorosos brazos y trepó. A poco se perdió entre las ramas, y reinó gran silencio Allá, frente á mí, la entreabierta ventana seguía alumbrada. Ninguna sorübra vi pasar por aquella claridad. Por encima de mí, ej árbol seguía silencioso. De repente mi oído per ¡XII cibió, en el árbol, estas palabras: ¡Después de usted... EL BASTÓN DE FEDERICO LARSÁN ¡Después de usted, se lo ruego... Gente hablaba, allá arriba, por encima de mi cabeza; dos Solo, á las seis de la tarde, llevábame el artículo que á toda personas se decían palabras corteses; y, ¡cuál no fue mi prisa había escrito mi amigo en el saloncito que el Sr. Darzac asombro al ver aparecer, sobre la lisa columna del árbol, dos había hecho poner á nuestra disposición. Pepe se quedaba á formas humanas que á poco tocaron el suelo! Rouletabille dormir en el castillo, usando de la inexplicable hospitalidad había subido solo y bajaba acompañado! que le había ofrecido el Sr. Darzac, en quien el Sr. Stanger- ¡Buenas noches, Sr. Sainclair! son, en aquellos tristes momentos, delegaba las cuestiones de Era Federico Larsán... El policía ocupaba ya aquel puesto orden doméstico. No obstante, quiso acompañarme hasta la de observación cuando creía mi amigo ser único en ocuparestación de Epinay. Mientras atravesábamos el parque me lo. Por cierto que ni uno ni otro dedicaron atención alguna dijo: á mi extrañeza. Creí comprender que, desde lo alto de su obLarsán es, en efecto, m uy hábil, y no ha usurpado su re- servatorio, habían asistido á una escena llena de ternura y putación. Ya sabe usted. de qué manera ha conseguido dar de desesperación entre Matilde, tendida en su cama, y el secon los zapatos del tío Santiago... Cerca del sitio en donde ñor Darzac, arrodillado junto á la cabecera. Cada- uno de los notamos las huellas dejos f pasos elegantes y la desaparición dos hombres parecía deducir conclusiones diferentes. Fácil de las de los zapatones, un! hueco rectangular en la tierra hú- era comprender que semejante escena había producido marmeda atestiguaba que había habido allí, recientemente, una cado efecto en el ánimo de Pepe, en favor del Sr. Darzac piedra. Larsán buscó dicha piedra, y, como no la encontrara, en tanto que en el de Larsán semejantes demostracionef imaginó en seguida que lej había servido al asesino para su- eran indicio de refinada hipocresía hábilmente disimulada. jetar en el fondo del estanque el calzado de que el hombre Cuando ya estábamos cerca de la verja del paraup Larsán quería deshacerse. El policía calculaba bien; ya lo hemos vis- nos detuvo: to. No me fijé en semejante indicio; pero justo es decir que- ¡Mi bastón... -exclamó. mi imaginación seguía otro, rastro, pues por el excesivo nú- ¿Ha olvidado usted su bastón: -pregunto Pepe mero de falsos testimonios de su paso dejados por el asesi- -Sí- -contestó el policía. -Lo he dejado junto al árbol. no y por la medida de los pasos del tío Santiago, establecida Y nos dejó, diciéndonos que volvía en seguida... por mí, sin que él lo sospechara, sobre el piso del Cuarto- ¿Se ha fijado usted en el bastón de Larsán? -me preamarillo ya. tenía la evidencia de que el asesino había que- guntó el repórter cuando estuvimos solos. -Es un bastón, nuerido hacer recaer las sospechas sobre el viejo criado. Lo cual he visto ahora... Parece tenerle mucho me permitió decirle á éste, i si recuerda usted, que, puesto que vecito que no lesepara dehasta Diríase que teme que caiga en cariño... no se él... h? V a c 0 hallada una boina en aquel cuarto fatal, dicha manes extrañas... Hasta la fecha, nunca he, visto á Larsán boina debía parecerse á la suya, como también me permití con bastón... ¿Dónde ha hallado ese bastón? No es natuhc ana descripción de pañuelo, en todo semejante al que que nunca lleva bastón no dé ya un paso le vi utilizar. Hasta aquí i estamos conformes Larsán y yo; ral que un hombredel crimen- de Glandier... El día de nuessin bastón, á raíz: pero ya no lo estamos en lo demás, LO CUAL VA Á SER TERRI- tra llegada al castillo, tan pronto como nos vio guardó su reBLE, pues camina de buena! fe hacia un error que será menes- loj en el bolsillo y recogió del suelo su bastón. Quizá hice mal ter combatir con nada... j en no darle importancia á esto. Me sorprendió el tono profundamente grave con que proAhora estábamos fuera del parque; Pepe no decía nada... nunció mi amigo estas últimas palabras. Ciertamente que seguía pensando en el bastón de Larsán, me lo probó cuando, al bajar la cuesta de Epinay, me dijo: Y repitió: I- ¡Sí, TERRIBLE, TERRIBLE... Mas ¿puede llamarse com- -Federico Larsán llegó á Glandier antes que yo; comenbdñr con nada á combatir I con la idea? zó sus pesquisas antes que yo, ha tenido tiempo suficiente En aquel momento pasábamos por detrás del. castillo. Ha- para saber cosas que yo no sé ¿Dónde ha hallado ó enbía cerrado la noche. Una ventana del primer piso estaba en- contrado ese bastón... treabierta; dejaba paso á cierta claridad, así como á algunos Y añadió: ruidos que fijaron nuestra atención. Nos adelantamos hasta- -Es probable que su sospc r. -mas que su sospecha, su Jlegar á la rinconada de una puerta que se hallaba bajo a razonamiento, -que tan directamente atañe á Roberto Darventana. Con una palabra pronunciaba en voz baja, Roule- zac, esté robustecido por algo palpable que él ve, y que yo nc íabille me hizo comprender que aquella ventana daba al cuar- veo... ¿Será ese bastón... ¿Dónde demonios ha encontrado to de la Srta. Stangerson. Los ruidos que nos habían detenido ese bastón... se callaron, y luego G repitieron un momento. Eran gemidos e En- Epinay hubo que esperar veinte minutos al tren; entraahogados... Sólo tres palabras llegaban distintamente á nos- mos en un cafetín. Casi en seguida, se abría de nuevo la puerotros: ¡Mi pobre Roberto! Pepe, poniendo su mano so- ta detrás de nosotros, y entraba Federico Larsán blandiendo bre mi hombro, me dijo aljoído: el famoso bastón... -Si pudiéramos saber lo que se está diciendo en ese cuar- ¡Lo encostré! -nos dijo riéndose. to, pronto terminarían mis pesquisas. Los tres nos sentamos á una mesa. Pepe no cesaba de mi rar el bastón; tan absorto estaba, que no advirtió una seña Miró en torno suyo; la sombra de el pradillo cercado de no alcanzábamos á ver más lejos quela noche nos envolvía; que le hizo Larsán á un empleado del ferrocarril, un jovenárboles que detrás del castillo se extendía. De nuevo habían zuelo con una barbilla rubia mal peinada. El empleado se lecesado los gemidos. vantó, pagó lo que había tomado, saludó y salió. Ni yo hubie- -Ya que no podemos ir- -prosiguió Pepe, -tratemos si- ra dado importancia á aquella seña, de no haberla recordado días después, al reaparecer el de la barbilla rubia en uno de guiera de ver... Y me llevó, haciéndome) seña de que ahogara mis pasos, los momentos más trágicos de este relato. Entonces supe que al otro lado del pradillo hasta el esbelto tronca de un ro- el tal era un agente de Larsán, encargado por éste de vigilar busto abedul, cuya línea blanca se destacaba de las tinieblas. las idas y venidas de los viajeros en la estación de EpinayDicho abedul se alzaba justo enfrente de la ventana que nos sur- Orge, pues nada descuidaba Larsán de cuanto creía pointeresaba, y sus primeras ramas llegaban casi á la altura del der serle útil. primer piso del castillo. Desde lo alto de aquellas ramas poMiré á Rouletabille. día verse lo que ocurría en el cuarto de la Srta. Síangerson; ¿Usted con bastón, D. Federica? ¿Desde cuándo. nTilSf ni TiíTliími E umnTuninaTi i