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üe los rastros de que más arriba he hablado, en el gabinetito, dico, me ocupé de otra cosa. Cuando cuatro días más tarde y de la vacuidad de aquel mueble precioso en el laboratorio. aparecieron los diarios de la noche anunciando con estrépito ÜNos dijo que apenas si había visitado el laboratorio; pero que el asesinato de la Srta. Matilde Stangerson, ese nombre de lo que primero le había llamado la atención había sido la for- Matilde me recordó, sin esfuerzo alguno, maquinalmente, las ma extraña del mueble, su solidez, su construcción de hierro, letras del anuncio. Algo intrigado, pedí el número de aquel día jue lo ponía á cubierto de un incendio, y el hecho de que un á la administración; se me habían olvidado las dos últimas mueble como aquel, destinado á conservar objetos de incal- letras: S. N. Al volverlas á ver exclamé: Stangerson... Me culable valor, tuviese en la puerta de hierro puesta su llave metí en un simón y me precipité á la oficina 40. Pregunté: Generalmente, esa clase de muebles no se dejan abiertos. Fi- ¿Tiene usted una carta con esta seña: M. A. T. S. N. El nalmente, aquella llavecita, de cabeza de cobre, sumamente empleado me contestó: No. Insistí, rogándole, suplicáncomplicada, también había llamado la atención del Sr. Roule- dole que buscara aún; me dijo: Esto debe de ser una brotabille, y en cambio nada nos había dicho á nosotros. Para ma... Sí, he tenido una carta con las mismas iniciales, pero nosotros, que no somos unos niños, la presencia de una llave se la he dado hace tres días á una señora que vino á reclasobre un mueble despierta una idea de seguridad; pero para marla. Hoy viene usted; y es el caso que anteayer, un el Sr. Rouletabille, que sin duda es un genio, la presencia de señor, con idéntica desagradable insistencia, me la pidió tamuna llave en una cerradura es indicio de robo. No tardamos bién... Estoy harto de esa broma... Quise interrogar al emen saber la razón de tal sospecha. pleado acerca de los dos personajes que habían reclamado ya Pero antes he de decir que el juez se mostró muy perplejo, la carta; mas, ya quisiera escudarse con el secreto profesional, no sabiendo si debía alegrarse de la nueva luz aportada á la pareciéndole que había hablado de sobra, ó que en efecto le instrucción por aquel reportercillo, ó desesperarse por no ha- cargara aquello que á él le resultaba broma, el caso es que ber dado él con tan importante descubrimiento. Nuestra pro- no me contestó. fesión tiene sinsabores como ese, pero no tenemos derecho á Rouletabille se calló. Todos nos callábamos. Cada uno saser pusilánimes y hemos de pisotear nuestro amor propio caba las conclusiones que podía sobre aquella extraña historia cuando del bien general se trata. Así es que el Sr. de Marquet de la lista de Correos. En realidad, parecía que ahora contáse venció, dignándose por fin añadir sus felicitaciones á las bamos con un hilo para guiarnos por aquel intrincado del jefe de Seguridad, que no escaseaba sus plácemes á Rou- asuntó letabille. El chicuelo se encogió de hombros diciendo: No El Sr. Stangerson dijo: hay por qué. De buena gana le hubiera yo dado un bofetón, -Resulta, pues, casi cierto que mi hija ha perdido esa llasobre todo cuando añadió: ve, que no quiso decírmelo para evitarme toda inquietud, y- -Haría usted bien, señor juez, preguntándole al señor que habrá pedido que le escriba á la lista de Correos la perStangerson que quién solía tener esa llave... sona que haya encontrado la llave. Eso es muy lógico y muy- -Mi hija- -contestó el Sr. Stangerson. -Jamás se separa- natural, pues ya otra vez he sido robado ba de dicha llave. ¿Dónde y cómo? -preguntó el jefe de Seguridad. -Esto cambia el aspecto de las cosas y ya no está confor- -Hace muchos años, en Norteamérica, en Filadelfia. Me me con lo que dice el Sr. Rouletabille- -exclamó el señor de robaron en mi laboratorio el secreto de dos inventos que huMarquet. -Si jamás se separaba de la Srta. Stangerson esa biesen podido enriquecer á una nación... No sólo no supe nunllave, resultaría, pues, que el asesino esperó á la Srta. Stan- ca quién había sido el ladrón, sino que tampoco oí hablar del gerson aquella noche en su cuarto para robarle dicha llave, objeto del robo sin duda porque, para desbaratar los en cuyo caso el robo no se habría efectuado sino después cálculos de mi ladrón, lancé yo mismo al dominio público ¿el asesinato Pero después del asesinato había cuatro per- aquellos dos inventos, con lo cual resultaba inútil el hurto. sonas en el laboratorio... Decididamente, no entiendo una pa- Desde entonces me volví desconfiado y me encierro lejos de labra en todo eso... todo cuanto trabajo. Todas esas rejas, el aislamiento de este Y el Sr. de Marquet repitió con intensa rabia, la cual de- pabellón, ese mueble que mandé construir, esa cerradura esbía de ser para él el goce supremo, pues no sé si he dicho que pecial, esa llave única, todo eso es el resultado de mis temonunca era tan feliz como cuando no comprendía: res, inspirados por triste experiencia. ¡Ni una palabra! Él Sr. Dax dclaró: ¡Muy interesante! y el Sr. Roule- -El robo- -replicó el repórter- -no pudo efectuarse sino tabille pidió noticias del bolsillo. Desde hacía algunos días, antes del asesinato Esto es indudable por la razón que us- ni el Sr. Stangerson ni el tío Santiago habían visto el bolsillo ted cree y por otras razones que yo creo. Cuando penetró en de Matilde. Algunas horas después habíamos de oír, de lael pabellón el asesino ya estaba en posesión de la llave de ca- bios mismos de la joven, que le había sido robado ó que quizá beza de cobre. ella lo perdiera, y que las cosas habían ocurrido cual acabá- ¡Eso no es posible! -dijo á media voz el Sr. Stangerson. bamos de oirías referir; que el 23 de Octubre, en la oficina- -Tan posible es, caballero, que he aquí la prueba. 40, le habían entregado una carta escrita por algún chusco. Aquel demonio de hombrecillo sacó entonces un número de La había quemado l Epoque con fecha 21 de Octubre (recuerdo que el crimen se Volviendo á nuestro interrogatorio, ó más bien á nuestra efectuó en 3 a noche del 24 al 25) y enseñándonos un anuncio conversación debo apuntar que, habiéndole preguntado el leyó: jefe de Seguridad al Sr. Stangerson en qué condiciones había- Anoche ha sido perdido un bolsillo- de raso negro en los ido á París su hija el 20 de Octubre, día de la pérdida, supigrandes almacenes del Louvre, que contenía varios objetos, mos que había ido á la capital acompañada del Sr. Darzac, entre los cuales había una llavecita con cabeza de cobre. Se á quien no habían vuelto á ver en el castillo hasta el día desdará una crecida recompensa á la persona que la encuentre. pués del trágico suceso El hecho de estar el Sr. Darzac con Dicha persona deberá escribir á la lista de Correos, oficina la Srta. Stangerson en los grandes almacenes del Louvre número 40, á esta dirección: M. A. T. S. N. Estas letras- -cuando desapareció el bolsillo no podía pasar inadvertido y continuó el repórter, ¿no designan á la Srta. Stangerson? fijó nuestra atención Esa llave con cabezaje cobre, ¿no es esta llave? Siempre leo Ya iba á finalizar aquel la conversación entre magistrados, los anuncios. Tanto en mi oficio como en el de usted, señor acusados, testigos y periodistas, cuando se produjo un verjuez, es preciso leer los anuncios personales... ¡Qué de intri- dadero golpe de teatro, cosa que siempre agrada al Sr. de gas ponen de manifiesto... ¡Y cuántas claves para penetrar Marquet. El sargento de gendarmería vino á anunciarnos esas intrigas... Este anuncio, particularmente, por la suerte que Federico Larsán pedía ser introducido, lo cual le fue inde misterio en que la mujer que había perdido la llave, objeto poco comprometedor, se envolvía, me había llamado la mediatamente concedido. Tenía en la mano un tosco par de atención. ¡Qué cariño le tenía á aquella llave! ¡Qué buena re- zapatos enlodados que tiró al suelo. tenía puestos el asesino- -He ahí- -dijo- -los zapatos que compensa prometía! Y medité sobre estas cinco letras: M. A. conoce usted, tío Santiago? T. S. N. Las tres primeras indicaban un nombre de pila; eso ¿Los tío Santiago se inclinó sobre aquel cuero infecto, y esEl bien pronto se comprendía: Mat... Matilde... sí, así debe de llamarse la persona que ha perdido la llave. Pero las dos úl- tupefacto reconoció un par de zapatos que ha tiempo había timas letras no me decían nada. Así es que, dejando el perió- desechado, dejándolos en un rincón del desván. Tan turbado estaba, que tuvo que sonarse para disimular su emoción. 1 iiminniimis ni i