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MISTERIO EL CUARTO polvo de las baldosas, al laclo de las dos suelas, la huella reciente de un pesado paquete rectangular, y que era fácil distinguir el dibujo del bramante que lo sujetaba... -Pero esto me prueba que ha estado usted aquí, Sr. Rouletabille; sin embargo, había yo dado orden al tío Santiago de no dejar entrar á nadie; tenía por misión guardar estos sitios. -No riña usted al tío Santiago; he venido- aquí con don Roberto Darzac. ¡Ah... -exclamó, descontento, el Sr. de Marquet, mirando de reojo al Sr. Darzac, que seguía mudo. -Cuando vi el rastro del paquete al lado de la huella de ias suelas, ya no dudé del robo- -repuso Roületabille. -El ladrón no había venido con un paquete... Ese paquete lo había hecho aquí, sin duda con los objetos robados, y lo había depositado en ese rincón, con objeto de cogerlo en el momento de huir; también depositó, al lado del paquete, su pesado calzado pues, como es fácil ver, ningún rastro de pasos conduce á- ese calzado y las suelas están una ál lado de otra, cual suelas en descanso y vacias de sus pies Así se comprendería- por qué el asesino, cuando huyó del cuarto amarillo, iro dejó rastro alguno de sus pasos en el laboratorio ni en el vestíbulo. Después de haber penetrado con su calzado en el cuarto amarillo, se lo quitó, sin duda porque le molestaba ó porque quería hacer el menor ruido posible. El rastro de su paso de ida por el vestíbulo y el laboratorio ha sido borrado por el lavado, que después efectuó el tío Santiago, lo cual nos conduce á hacer entrar al asesino en el pabellón por la ventana abierta del vestíbulo durante la primera ausencia del tío Santiago, antes del lavado efectuado á las cinco y media. El asesino, después de quitarse un calzado que sin duda alguna le molestábanlo llevó en la mano al gabinetito y allí lo dejó desde el umbral, pues no hay rastros de pies desnudos ó encerrados en calcetines, ó en otro calzado Dejó, pues, su calzado al lado del paquete. Ya, entonces, se había realizado el robo. Luego regresa el hombre al cuarto amarillo y se desliza bajo la cama, en donde sigue perfectamente visible el rastro de su cuerpo sobre el piso y hasta sobre la esterilla, la cual ha sido en ese sitio ligeramente enrollada y arrugada. Es más, briznas de paja recientemente arrancadas dan más testimonio de la estancia del asesino bajo la cama. -Sí, sí, eso ya lo sabemos- -dijo el Sr. de Marquet. -El volver debajo de la cama prueba- -continuó aquel chicuelo- -que el robo no era el solo móvil de la presencia del hombre No me diga usted que se metió allí por haber visto por la ventana del vestíbulo, ya al tío Santiago, ya á la señorita Stangerson, disponiéndose á entrar en el pabellón. Mucho más fácil era para él subir al desván y allí oculto esperar una ocasión para marcharse, si su intención hubiera sido huir i No, no! Era preciso que el asesino estuviese en el cuarto amarillo, Aquí intervino el jefe de Seguridad: ¡No está mal eso, joven! Le felicito á usted... y si no sabemos aún cómo salió el asesino, ya seguimos paso á pa o su entrada aquí y vemos io que ha hecho: robar. Mas ¿qué ha robado? -Cosas sumamente preciosas- -contestó el repórter. En aquel momento oímos un grito que partía del laboratorio. Acudimos allá y vimos al Sr. Stangersor, quien, con írirada alocada y miembros agitados, nos designaba una especie de biblioteca que acababa de abrir y que apareció vacía. Después se dejó llevar al amplio sillón que estaba delante de su mesa y gimió: Esta es la segunda vez que me roban... Y por su mejilla rodó una lágrima. -Sobre todo- -recomendó, -que no sepa nada de esto mi hija... El golpe sería aún más terrible que para mí... Lanzó un profundo suspiro, y en tono de dolor que nunca olvidaré exclamó: -Después de todo, ¿qué importa... con tal que ella viva ¡Vivirá! -dijo con voz extrañamente impresionante Roberto Darzac. -Y conseguiremos que vuelvan á usted los objetos robados- -dijo el Sr. Dax. ¿Pero qué había en ese mueble? r- Veinte años de mi vida- -contestó sordamente el ilustre profesor, -ó, mejor dicho, de nuestra vida, pues mi hija me había ayudado. Sí, nuestros más preciosos documentos, las relaciones más secretas sobre nuestros experimentos y sobre nuestros trabajos desde hace veinte años estaban encerrados ahí. Era una verdadera selección entre los muchísimos documentos que llenan este cuarto. Es una pérdida irreparable para nosotros y me atrevo á decir que también para la ciencia. Todas las etapas por las cuales he tenido que rasar para, llegar á la prueba decisiva del aniquilamiento de ia materia habían sido esmeradamente enunciadas, rotuladas, anotadas, ilustradas con fotografías y con dibujos. Todo ello estaba colocado ahí. El plan de tres nuevos aparatos, uno para estudiar: la disminución, bajo la influencia de la luz ultra- violeta, de. los cuerpos previamente electrizados; otro que había de hacer, visible la disminución eléctrica bajo la influencia de las partículas de materia disasociada contenida en los gases de las. llamas; un tercero, muy ingenioso, nuevo electroscopio condensador diferencial; toda la colección de nuestras curvas traduciendo las propiedades fundamentales de la substancia intermedia entre la materia ponderable y el éter iiupondera ble; veinte años de experimentos obrc la química intra- áió- i mica y sobre los equilibrios ignorados de la materia; un manuscrito que quería yo publicar con este título: Los metales que padecen. ¡Qué sé yo! El hombre que vino aquí me lo ha llevado todo... mi hija y mi obra... mi corazón y mi alma, Y el gran Stangerson se echó á llorar como un niño. Le rodeábamos en silencio, emocionados por tan tremenda desgracia. El Sr. Darzac, acodado en la butaca en que el profesor se había como derrumbado, en vano trataba de disimular sus lágrimas, lo cual estuvo á punto de hacérmelo simpático, á pesar de la instintiva repulsión que su extraña actitud y su alteración, á veces inexplicable, me habían inspirado por. dicho enigmático personaje. Únicamente el Sr. Roületabille, cual si su precioso tiempo y su misión sobre la tierra no le permitiesen compadecerse de la miseria humana, se había acercado muy sereno al mueble vacío, y enseñándoselo al jefe de Seguridad, no tardó en romper el religioso silencio con que honrábamos la hondísima pena del gran Stangerson. Nos dio algunas explicaciones que para nada nos servían acerca de cómo llegó á convencerse de lo. del robo, por el descubrimiento simultáneo que hizo 13