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BlBLIOTStfl DSL 5 MRÍ 0 A B C la cama, y vieron que no había nadie en el cuarto, salvo mi hija agonizante. ¿Qué opina usted, Sr. Darzac, usted, que nada ha dicho aún? -preguntó el juez. El Sr. Darzac contestó que no tenía opinión. ¿Y usted, señor jefe de Seguridad? Hasta entonces lo único que había hecho el Sr. Dax, jefe de Seguridad, era escuchar y examinar los lugares. Se dignó despegar sus labios; -Sería menester, mientras se da con el criminal, descubrir el móvil del crimen. Esto nos adelantaría algo. -El crimen aparece como bajamente pasional- -contestó el señor de Marquet. -Los rastros dejados por el asesino, el pañuelo burdo y la boina indecente nos hacen creer que el asesino no pertenece á una clase muy elevada de la sociedad. Quizá pudieran informarnos sobre esos los porteros... El jefe de Seguridad prosiguió; se volvió hacia el señor Stangerson, y con ese tono frío que, según mi parecer, es el distintivo de las inteligencias firmes y de los caracteres bien templados, le dijo: ¿No iba á casarse dentro de poco la Srta. Stangerson? El profesor miró dolorosamente á Roberto Darzac. -Con mi amigo, á quien tanto me hubiera gustado poder dar el título de hijo... con don Roberto Darzac... -La Srta Stangerson sigue mucho mejor, y pronto se repondrá de sus heridas. De modo que esto no es más que un aplazamiento del matrimonio; ¿no es así, señor mío? -insistió el jefe de Seguridad. -Así lo espero. ¡Cómo! ¿No está usted seguro? El Sr. Stangerson calló. El Sr. Darzac estaba muy agitado, se veía en el temblor de su mano; á mí no se me escapa nada. El Sr. Dax tosiqueó; lo mismo hace el Sr. de Marquet cuando está perplejo. -Comprenderá usted, Sr. Stangerson, que en tan enredado asunto no desperdiciemos nada, que tratemos de saber todo cuanto se relaciona con la víctima, por insignificante que parezca. ¿Qué es lo que ha hecho á usted creer, puesto que casi podemos afirmar que la Srta. Stangerson vivirá, que ese matrimonio no ha de efectuarse? Ha dicho usted: Espero que sí. Tal esperanza más parece una duda ¿Por qué duda usted? El Sr. Stangerson hizo un visible esfuerzo sobre sí mismo: -Sí, señor, tiene usted razón Vale más que sepan ustedes una cosa que, de ocultársela yo, parecería tener importancia. Además, el Sr. Darzac será de mi parecer. El Sr. Darzac, cuya palidez en aquel momento me pareció del todo anormal, hizo seña de que pensaba como el profesor. Para mí, si el Sr. Darzac sólo contestó por señas, es que no podía pronunciar una sola palabra. -Sepa usted, señor jefe de Seguridad- -prosiguió el señor Stangerson, -que mi hija había jurado no abandonarme nunca y que cumplía su promesa á pesar de mis ruegos, pues varias veces traté de decidirla al matrimonio, como era mi deber. Hacía muchos años que conocíamos al SrrDarzac. Don Roberto Darzac ama á mi hija. En cierto momento, pude creer que era correspondido, puesto que tuve, ha poco, la alegría de oir de boca de mi hija que por fin consentía en un matrimonio que tanto deseaba yo. Ya soy un anciano, señor, y fue para mí una hora bendita la en que supe por fin que, cuando yo faltara, mi hija tendría á su lado, para quererla y continuar nuestras comunes tareas, á un ser á quien quiero y estimo, tanto por sus condiciones morales como por su ciencia. Es, pues, el caso que, dos días antes del crimen, por motivos sin duda secretos, por caprichos, no sé por qué, me anunció mi hija que no se casaría con el Sr. Darzac. Hubo un silencio molesto. El minuto era grave. El señor Dax repuso: ¿Le ha dado á usted alguna explicación su hija? -Me ha dicho que era ya vieja para casarse... que había esperado demasiado, que lo había pensado bien, que estimaba y hasta quería al Sr. Darzac... pero que valía más que quedaran como estaban; que sería feliz viendo al señor Darzac cada vez más íntimo en la casa, pero sólo como amigo. ¡Eso es extraño! -murmuró el Sr. Dax. Extraño! -repitió el iuez. El Sr. Stangerson, con melancólica sonrisa, dijo: -Por este lado no darán ustedes con el móvil del crimen El Sr. Dax: -En todo caso, el móvu nu es el robo. -Respecto de eso, ni la menor duda cabe- -exclamó e juez de instrucción. En aquel momento se abrió la puerta del laboratorio y el sargento de gendarmería trajo una tarjeta al juez de instrucción. El Sr. de Marquet la leyó y lanzó una sorda exclamación; después dijo: ¡Esto sí que es curioso! ¿Qué es ello? -preguntó el jefe de Seguridad. -La tarjeta de un repórter de ÍEpoque, don José Rouletabille, con estas palabras: Uno de los móviles del crimen ha sido el robo. El jefe de Segundad sonrió: ¡El joven Rouletabille... Mucho he oído hablar de él; pasa por ser ingenioso... Hágalo usted entrar, señor juez. Entró D. José. Le había yo conocido en el tren que, aqut Ha misma mañana, nos había llevado á Epinay- sur- Orge. Casi á pesar mío se había introducido en nuestro compartimiento y prefiero decir en seguida que sus maneras, su desparpajo y su pretensión de entender algo en un asunto en el que nada entendía la justicia me lo habían hecho antipático. No me gustan los periodistas; son espíritus destartalados y atrevidos de quienes hay que huir como de la peste. Esa clase de gente se lo cree todo permitido y no respeta nada. El á quien me refiero parecía tener unos veinte años, y el desenfado con que se había atrevido á discutir con nosotros me io había hecho particularmente odioso. Además, tenía una manera de expresarse que probaba que se burlaba descaradamente de nosotros. De sobra sé que el diario l Epoque es un órgano influyente con el cual no hay que ponerse de malas, pero haría muy bien ese diario en no tomar redactores que estén aún mamando. Entró, pues, en el laboratorio D. José Rouletabille, nos saludó y esperó á que le pidiera el juez que se explicara. ¿Usted pretende, señor mío- -le dijo el juez, -conocei el móvil del crimen, y que ese móvil, contra toda evidencia, sea el robo? -No, señor juez, no he pretendido tal cosa. No digo que ei móvil del crimen sea el robo; es más, no creo que sea ese el móvil -Entonces, ¿qué significa su tarjeta de usted? -Significa que uno de los móviles del crimen ha side el robo. ¿Quién le ha informado á usted? ¡Esto! Si tiene usted á bien acompañarme. El joven nos pidió que le siguiéramos al vestíbulo, lo cual hicimos. Allí, se fue hacia el gabinetito de aseo y pidió al juez que se pusiera de rodillas á su lado. -Dicho gabinete recibía luz por la puerta de vidrieras, y cuando estaba abierta la puerta, la luz que en él penetraba era suficiente para alumbrarlo bien. El Sr. de Marquet y el Sr. Rouletabille se arr üdillaron sobre el umbral. El joven designaba un sitio de Ja baldosa. -Ya hace algunos mas- -dijo- -que las Daldosas de cate gabinete no han sido lavadas por el tío Santiago; se conoce esto por la capa de polvo que las cubre. Ahora bien, vea usted en ese sitio la señal de dos anchas suelas y de esa ceniza negra que por todas partes acompaña los pasos del asesino. Dicha ceniza no es sino polvo de carbón que cubre el sendero que es menester seguir para venir directamente, por la selva, de Epinay á Glandier. Usted sabe que en ese sitio hay unos cuantos carboneros y que allí se fabrica mucho carbón de leña. Esto es lo que ha debido hacer el asesino: penetró aquí por la tarde, cuando no quedaba nadie en el pabellón, y perpetró el robo. ¿Pero qué robo? ¿Dónae ve usted un robo? -exclamamos todos al mismo tiempo. -Lo que me ha puesto sobre el rastro del robo- -continuó el periodista... ¡Es esto! -interrumpió el Sr. de Marquet, quien seguía arrodillado. -Sin duda- -dijo Rouletabille. Y el Sr. de Marquet explicó que, en efecto, había en el íTBroiFl Hl ¡H U M U S iin i IIBIUI HH HI l i e a i i11 nri rnnríirniinninH n